Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Trump conmemora el 250 aniversario del país celebrándose a sí mismo
La víspera del 4 de julio, Donald Trump se fue al monte Rushmore y dio un discurso «con Washington, Jefferson, Lincoln y Roosevelt sobre mis hombros». A su espalda, la iluminación de la montaña subrayaba el hueco a la izquierda de Lincoln: queda sitio para otro padre fundador. El discurso de Trump fue un anticipo del que dio horas después en la celebración del 250 aniversario de la independencia en el National Mall: una mezcla de excepcionalismo, mitología historicista, militarismo, autobombo y repentinas advertencias anticomunistas lanzadas en dirección a las elecciones de noviembre. El discurso se retrasó por las altas temperaturas y las tormentas sobre Washington. Los de protección civil debieron de pensar que para el público morir fulminados por un rayo sería necesariamente la peor opción. Unos días antes, el presidente se había mostrado preocupado por la meteorología: «Va a hacer más de 40 grados y voy a salir a dar un discurso realmente largo solo para demostrar que puedo hacer cualquier cosa».
Trump aprovechó el aniversario de la independencia para insistir en que con él llega la edad dorada para Estados Unidos. Curiosamente, se repite estos días en la prensa estadounidense una modalidad de artículo que constata que los extranjeros que viajan al Mundial, especialmente los europeos, se sorprenden al comprobar que el país funciona, las ciudades son abiertas y dinámicas y la gente se muestra amigable con los visitantes. Lo extraño es que el propósito de estos artículos no parece ser celebrar el asombro foráneo sino asombrar a la baja autoestima interna. ¿Y esa necesidad? Trump aseguró en Washington que Estados Unidos es, abro comillas, la nación más extraordinaria, la más excepcional y más increíble que ha existido, la más fuerte y poderosa, el mejor pueblo del planeta, la mayor fuerza en favor de la paz y la justicia, la república más antigua sobre la Tierra, una nación, en fin, de vencedores. Sin embargo, los padres fundadores hablaron de una nación de iguales con derechos inalienables. Con sus criptomonedas, sus ataques a los jueces y su Air Force One regalado por Catar, Trump encarna la refutación de muchos de los valores ilustrados que explican 1776. Merecía una enorme tormenta eléctrica el espectáculo del 4 de julio en Washington, que no tuvo tanto que ver con el discurso presidencial como con su subtexto: «Este ha sido un proceso histórico exitoso y providencial que doscientos cincuenta años después llega hasta aquí, hasta 2026, hasta mí mismo: ¡mírenme bien!»
Josu Ternera
El relato, teoría y práctica
El fin de sus procesos judiciales en Francia acerca a ‘Josu Ternera’ a su extradición. El histórico miembro de ETA no interpreta la situación en términos jurídicos sino narratológicos. Lo sabemos porque ha hablado con ‘Berria’ y ha situado su posible entrega a las autoridades españolas como una maniobra para cerrar el relato de la derrota de ETA. ‘Josu Ternera’ se define como un trofeo de guerra y el relato igual se cierra con alguien colocándolo en una balda. Hace tres años, lo que le explicaba al mismo medio del mismo modo –«hay que situarlo en el relato del ganador y los perdedores»– era la polémica por el estreno en San Sebastián del documental aquel de Évole. Bueno, eso y el estreno en 2003 de ‘La pelota vasca’, la película de Medem. También el relato. Conseguir una abstracción con apariencia de complejidad que pueda aplicarse a todo para darte invariablemente la razón es un recurso habitual en el pensamiento fanatizado.
Más interesante resulta el modo en que el ya septuagenario exterrorista asegura que, aunque regrese a la cárcel, no podrán arrebatarle la relación que ha forjado durante los últimos años con sus hijos y nietos. Como si uno se diese cuenta al final de lo que es importante en la vida. Lo extraño es no seguir razonando, a partir de ahí, en términos de ganadores y perdedores, sobre los hijos y nietos de los demás. En el documental aquel, Évole le preguntaba a ‘Josu Ternera’ si su vida dedicada a ETA había tenía sentido. Él contestaba que decir que no a eso «sería monstruoso». La repregunta se hacía sola, pero no se hizo: «Exactamente».