Rosario Morejón Sabio-El Correo

Doctora en Psicología y analista de relaciones internacionales

  • El desorden preside sus costosas iniciativas y su promesa de éxito choca con la realidad

Bienvenido, pero pórtate bien!», dice el nuevo pasaporte estadounidense en el que aparece el retrato de Donald Trump. De edición limitada para conmemorar el 250 aniversario de la independencia del país, el 4 de julio, resume por sí solo el cariz de los fastos por la Declaración ante el Congreso de las 13 colonias de 1776 en busca de libertad. Hasta ahora, ningún presidente en ejercicio había aparecido en los pasaportes. La conmemoración de la independencia de Estados Unidos de América se reduce a la celebración de su mandatario. La trumpización de la arquitectura de la capital federal, la voluntad de imprimir su efigie en un billete de banco, las veleidades en la Casa Blanca y en el orden del mundo destrozan las esperanzas de moralidad exigida por uno de los padres fundadores, Alexander Hamilton (1757-1804), a cualquier futuro presidente.

En el número 68 de ‘Federalist Papers’, en 1787, Alexander Hamilton escribía a propósito de la función presidencial: «No es exagerado afirmar que habrá una probabilidad constante de ver este puesto ocupado por personalidades remarcables por sus capacidades y sus virtudes». El modo de nombramiento, añadía,««ofrece la certeza moral de que la función de presidente recaerá raramente sobre un hombre que no esté dotado, con un grado eminente, de la cualidades requeridas».

Con Donald Trump, la apuesta de los padres fundadores sobre la ejemplaridad de los presidentes de EE UU está perdida. Constatado su ejercicio del poder, ¿quién defiende las virtudes de un mandatario asociado a la corrupción y a una sed de enriquecimiento más que evidentes? Estas se traducen ya en una ganancia cifrada por la revista económica ‘Forbes’ en 1.200 millones de euros para la familia del inquilino de la Casa Blanca. Con el aumento constante del perímetro del poder ejecutivo, sancionado por un Tribunal Supremo dominado por el principio de una presidencia casi imperial, el desprecio del derecho y de los hechos, la disolución del conflicto de intereses es la vitola del segundo mandato del magnate de las inmobiliarias.

Rodeado de cortesanos en busca de favores, Donald Trump se ha desentendido de las limitaciones, obligaciones, exigencias que pesaban sobre sus predecesores. Ha suprimido partes enteras de los ‘checks and balances’ (frenos y contrapesos) desde su vuelta el 20 de enero de 2025, en nombre de la lucha contra un fantaseado ‘Estado profundo’. Alimenta una maquinaria hagiográfica en la que se regodea sin pudor y muestra un estilo de gestión ante las dificultades en el que abandona sus proclamaciones de matamoros de opereta, da una patada, se desinteresa y se retira. Como en Ucrania o en Gaza. Su estela de muerte y destrucción es su vela de cumpleaños para unos EE UU en declive.

El 250 aniversario del país llega en mal momento, ya que el abandono de las ‘virtudes’ coincide con los errores de una presidencia que ha perdido una parte de los recursos del primer mandato, especialmente en cuestiones económicas, y que se ha emponzoñado en una guerra contra Irán convertida en un fiasco. Sin duda esto explica por qué los festejos chocan con la tristeza, el pesimismo, el desánimo de muchos estadounidenses. Según estudios del Pew Research Center, el 59% de los encuestados están convencidos de que los días gloriosos de su nación pertenecen al pasado.

El mismo Pew Research Center recuerda que EE UU es uno de los raros países estudiados en el que mayor número de adultos creen que «la moralidad y la ética» de sus conciudadanos son malas (53%) frente a los que piensan que son buenas (47 %). Donald Trump, indiscutiblemente, forma parte de esta crisis de valores y principios democráticos. Otra investigación del Public Religion Research Institute también destaca el déficit de virtud que Trump encarna. Solamente un cuarto de los estadounidenses (24%) se dice «extremadamente orgulloso» o «muy orgulloso» del ejemplo moral que EE UU brinda al resto del mundo frente al 50% que piensa lo contrario. El orgullo nacional se ha vuelto un tema de polarización: el 69% de los votantes republicanos lo reivindican para esta celebración mientras que la mayoría de demócratas, 51%, lo rechaza, según un sondeo de AP-NORC Center.

La promesa de éxito de Donald Trump se ha topado con la realidad. El presidente se había comprometido a conseguir unos resultados válidos para, al menos, el «medio siglo» por venir, pero el balance decepciona y su palabra está cada vez más desacreditada. En los últimos seis meses de su presidencia, el desorden se ha apoderado de sus costosas iniciativas. Especialmente el desmoronamiento de la estrategia de seguridad nacional publicada en diciembre de 2025. Tras el acuerdo de alto el fuego alcanzado a mitad de junio con Irán que recoge las prioridades del régimen en el poder en Teherán más que las de EE UU, su relectura resulta particularmente difícil, especialmente la convicción de que «la fiabilidad de Washington seguirá haciendo del país el socio mundial de primera opción».