Editorial-El Correo
- La escandalosa retirada de la sanción al goleador de EE UU tras una ‘llamada’ de Trump a la FIFA es una intolerable injerencia y un abuso de poder sobre el fútbol
La jugada más controvertida del Mundial que se disputa en Estados Unidos, y la que probablemente quedará para la historia de los escándalos del fútbol, se ha decidido en un despacho, fuera de los campos de juego: la suspensión de la sanción impuesta a Folarin Balogun, el goleador de la selección de EE UU, para que pudiera estar disponible para el partido de octavos de final ante Bélgica de esta pasada madrugada. Las presiones de Donald Trump a la FIFA, tras una llamada telefónica a su presidente, Gianni Infantino, han dejado sin efecto la expulsión del jugador en la eliminatoria anterior, a causa de un plantillazo a un rival de Bosnia Herzegovina. La retirada del castigo es el reflejo de una intolerable injerencia de la Casa Blanca en el deporte y de la debilidad de la Federación Internacional para plantarse ante las exigencias caprichosas de un magnate que reconoce su absoluto desconocimiento del reglamento -«no sabía qué demonios era una tarjeta roja», admitió ayer sin sonrojo-.
El hecho de que Trump, pese a todo, reconociese que pidió «una revisión» al ‘capo’ del organismo que rige los designios futbolísticos revela el alcance de su despótico mandato. La confirmación de Infantino de enmendar la decisión del árbitro, revisada y ratificada a través del VAR, destapa la endeblez del sistema, en clara crisis de credibilidad en la parte decisiva del campeonato. Supone toda una desautorización al colegiado y a su tecnología insignia, concebida para garantizar la justicia aunque sea en una polémica moviola. Valores vapuleados por un Infantino que ha pasado de la adulación al presidente estadounidense, culminada al otorgarle el Premio de la Paz de la FIFA después de quedarse sin el Nobel del Comité Noruego, a la total sumisión.
Si la Casa Blanca arbitra, gana el abuso de poder y pierde el ‘fair play’ por goleada. A pesar de la indignación de la Federación belga, la UEFA y destacados referentes deportivos, se ha consumado un escándalo que recuerda por la polvareda al protagonizado por el jeque de Kuwait en el Mundial de España del 82: Fahid Al-Ahmad Al-Sabah, hermano del emir del país del Golfo Pérsico, interrumpió el choque con Francia para quejarse por un gol que acabó anulado tras haber subido al marcador. El fútbol necesita reglas claras y en este Mundial se están perdiendo por la fuerza desmedida del negocio, ya sea por la proliferación de las pausas de hidratación, que facilitan hacer más caja con la publicidad, o por cacicadas que se daban por superadas. Y todo, a costa de sacrificar un grandísimo espectáculo.