Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli

  • Urge la articulación de un pilar europeo capaz de realizar operaciones con cierta autonomía sin depender de EE.UU.

            La reciente cumbre de la OTAN se ha cerrado con más pena que gloria y, de hecho, su principal resultado es que haya tenido lugar. El nuevo (des)orden mundial requiere una redefinición de la que sigue siendo la alianza militar más poderosa del planeta. Esta organización nació hace setenta y siete años con un objetivo muy claro, la defensa de unos principios y valores sólidos, como la democracia, el respeto a los derechos humanos y el libre comercio, amenazados por la Unión Soviética, que representaba una visión económica, social y política totalmente opuesta. Tras la implosión del comunismo ruso y la llegada de un escenario internacional multipolar, la Alianza Atlántica se ha visto obligada a adaptarse a este nuevo paisaje y no parece que la acompañe el éxito en esta necesaria reestructuración de su doctrina estratégica y de sus fundamentos ideológicos y éticos. Emmanuel Macron, con la típica soberbia francesa, afirmó en noviembre de 2019 que estaba en “muerte cerebral”, lo que no contribuyó precisamente a actualizarla y fortalecerla.

Hoy sigue existiendo y funcionando sobre todo por la guerra de Ucrania porque la invasión rusa de la otrora república soviética ha puesto de relieve que la amenaza a la seguridad de Europa procedente de Moscú sigue presente y es muy real. De hecho, países tradicionalmente neutrales como Suecia y Finlandia se han incorporado por el temor que les suscita su gigantesco vecino. Sin embargo, la OTAN dista de ser un conjunto de Estados que comparten un enfoque común y están dispuestos a actuar en bloque si, tal como reza su tratado, uno de ellos se ve atacado por una potencia hostil. Nadie pondría actualmente la mano en el fuego, por ejemplo, asegurando que Donald Trump se lanzaría al cuello de Vladimir Putin si al autócrata ruso le diera por invadir Estonia o Letonia. El airado reproche del presidente norteamericano a sus socios europeos de que no contribuyen lo suficiente a la defensa conjunta y sus bravatas sobre retirarse de la Alianza han obligado a los gobiernos de la Unión Europea a incrementar su presupuesto para sus fuerzas armadas de manera sustancial, incluso a los más reacios, como es el caso de España, cuyo cabeza del Ejecutivo va por ahí galleando como supuesto líder global del progresismo antifascista frente a Estados Unidos, cubriéndose de ridículo y causando vergüenza ajena a millones de sus conciudadanos.

         Credibilidad e influencia

La circunstancia de que en Washington mande un equipo cuyo jefe considera que la isla bajo soberanía danesa de Groenlandia debería serle entregada graciosamente, que Canadá tendría que pasar a ser una estrella más de la bandera estadounidense y que se pavonea diciendo que Giorgia Meloni le suplicó hacerse una foto con él, no ayuda a la cohesión y la buena armonía en el seno de la OTAN. La Alianza no debe ser definida exclusivamente por sus enemigos, sino que ha de disponer de unos cimientos políticos y morales compartidos y ser consecuente con ellos más allá de los intereses particulares de sus integrantes. Por desgracia, no es ese el caso, y en cuestiones tan cruciales como el apoyo a Zelenski, el conflicto de Gaza o la intervención americano-israelí en Irán las posiciones han sido muy dispares, lo que resta credibilidad e influencia a la organización como actor internacional. Varios Estados Miembros de la UE se negaron a la utilización de las bases americanas situadas en su territorio durante el ataque a Irán, lo que provocó la cólera de Donald Trump que les acusó de deslealtad, enrareciendo aún más la atmósfera de la relación entre aliados.

Si las partes de una estructura que debe ser estable y previsible andan entre sí a la greña, es inevitable que sea percibida como débil y poco fiable por parte del resto de la comunidad internacional. Por consiguiente, urge una revisión a fondo de la naturaleza y propósito de la OTAN a la luz de los grandes cambios geopolíticos acaecidos en la última década, tanto en lo que se refiere a la contribución de cada signatario del tratado a su sostenimiento como a la base conceptual y normativa que le preste sentido. La articulación de un pilar europeo capaz de realizar operaciones con cierta autonomía sin depender de Estados Unidos es una pieza indispensable de una Alianza Atlántica verdaderamente preparada para afrontar los desafíos del siglo XXI.