Gorka Maneiro-The Objective

  • Los herederos políticos de los asesinos son hoy socios de Sánchez y amenazan con gobernar Euskadi

Se han cumplido 29 años desde que un terrorista de ETA disparó a bocajarro contra la sien de Miguel Ángel Blanco, tras tenerlo atado de pies y manos durante dos días, tiempo que duró la tortura, práctica en la que los etarras siempre fueron expertos de tanto ejercitarla; Miguel Ángel tenía 29 años cuando recibió el disparo que acabó horas después con su vida, así que ha pasado casi tanto tiempo desde que lo asesinaron como el que pudo vivir él.

El asesinato fue ejecutado por un miembro de ETA, Francisco Javier García Gaztelualias Txapote, que fue el que le disparó en la cabeza, y contó con la colaboración indispensable de José Luis Geresta Mujika, que fue quien obligó a Miguel Ángel a permanecer de rodillas mientras recibía el disparo realizado por su compañero de fechorías; fueron tan valientes como acostumbraban: mientras uno inmovilizaba al aterrorizado Miguel Ángel, atado de pies y manos y con una venda en los ojos, el otro lo ejecutaba a corta distancia para asegurar su muerte, mientras Irantzu Gallastegui vigilaba el vehículo donde huirían. El execrable asesinato no podría haberse realizado sin la colaboración del resto de los miembros del comando ni la orden expresa de José Javier Arizcuren Ruiz, alias Kantauri, ni sin la colaboración de los responsables políticos del crimen: miembros de la Mesa Nacional de Herri Batasuna, cargos públicos de la organización política, y hasta votantes que votaban no por despiste sino con conocimiento de causa y como vía práctica para lograr sus objetivos políticos (territorialidad, independencia de Euskal Herria, socialismo, euskera) y para acabar con sus enemigos: la Constitución Española, los partidos constitucionalistas, los demócratas que nos enfrentábamos a ellos y, en general, la España democrática. Esto nuestros jóvenes no lo saben pero deberían saberlo.

Asesinato a cámara lenta

El 10 de julio de 1997, Irantzu Gallastegui, alias Amaia, aborda a Miguel Ángel con una pistola y lo obliga a introducirse en un coche. ETA comunica a Egin, su diario amigo, que ha secuestrado a un concejal del PP y amenaza con asesinarlo en 48 horas salvo que el Gobierno de España ceda al chantaje y acerque a todos los presos de ETA a cárceles vascas; pero ni la cesión al chantaje habría servido, dado que la decisión de asesinar al joven edil estaba ya tomada. El padre de Miguel Ángel se entera cuando llega a su domicilio, informado por los periodistas que se agolpan en la puerta, en una imagen que tenemos grabada a fuego y que forma parte de la historia de España. Antes ETA había asesinado a más de 800 personas e iniciado la persecución de cargos públicos del PP y del PSOE para «socializar el conflicto» y presionar a los dos principales partidos para que cedieran a sus objetivos; diez días antes la Guardia Civil había logrado la liberación de Ortega Lara, enterrado en un zulo durante año y medio, y al que ya habían decidido dejar morir de hambre. Al no haber logrado sus objetivos y como venganza, tratan de dar el golpe más fuerte que uno pueda imaginarse, aunque no era la primera vez que asesinaban a un secuestrado: en este caso, la víctima sería un joven de 29 años, de familia humilde y trayectoria política desconocida, sin escoltas y sin posibilidad de defenderse, el cual sería ejecutado a cámara lenta tras anunciarlo 48 horas antes. Esto nuestros jóvenes no lo saben pero deberían saberlo.

Yo me enteré del secuestro en una casa adonde fuimos a pasar unos días unos amigos, todos de poco más de veinte años. La noticia nos sobrecogió a todos y nos amargó el encuentro, como nos había amargado antes otros momentos de nuestra vida la banda terrorista ETA. Por eso yo colaboraba ya con Denon Artean Paz y Reconciliación, una de las primeras organizaciones que decidió salir a la calle para condenar los atentados. A partir de conocerse el secuestro se produjo en Euskadi y en el conjunto de España una movilización popular sin precedentes. Los más ingenuos pensábamos que los terroristas no cumplirían su amenaza y, más ingenuos aún, que sus colaboradores políticos pedirían a ETA detener el secuestro o, al menos, que se desvincularían del crimen. Miles de vascos entramos en la Parte Vieja donostiarra para tomar la calle donde habitualmente se reunían sus simpatizantes y nos acercamos a la sede de HB, protegida por ertzainas, algunos de los cuales se quitaron el pasamontañas para abrazarnos, para exigir parar el asesinato o para echárselo en cara. Pero ETA cumplió su amenaza: a Miguel Ángel lo encontraron moribundo en una pista forestal cercana a Lasarte-Oria tras recibir dos disparos en la cabeza, tras permanecer atado de pies y manos y con una venda en los ojos durante dos días y dos noches. Esto nuestros jóvenes no lo saben pero deberían saberlo.

Una terrorista en el Congreso

ETA había superado todos los límites imaginables, aunque ya los había traspasado antes al asesinar a sangre fría a ancianos, mujeres y niños, miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, militares, jubilados, amas de casa, miembros de la Judicatura, políticos, taxistas, obreros, trabajadores de humildes establecimientos, militantes democráticos, gente que pasaba por allí y a todo aquel que se interpuso entre sus balas y sus objetivos totalitarios. Hoy ETA ha desaparecido como organización terrorista pero sus herederos políticos están representados en el Congreso de los Diputados; su actual portavoz, Mertxe Aizpurua, que ya había sido condenada por apoyar el terrorismo años antes, era editora de Egin cuando Miguel Ángel fue asesinado.

Zapatero, el negociador con la banda

Tras el crimen, pensamos que ETA había firmado su propia sentencia de muerte, y que semejante salvajada no podría quedar impune. Pero el PNV, temeroso de la «españolización» de la sociedad vasca, quiso salvar los muebles de la causa nacionalista y que ETA no desapareciera sin obtener rédito político. Así que los partidos y los sindicatos nacionalistas firmaron el infame Pacto de Lizarra, con el objetivo de expulsar a los constitucionalistas de los gobiernos e ir avanzando en los objetivos de ETA, mientras la banda se mantenía a la espera: si se cumplía su hoja de ruta, no necesitaba utilizar las armas. Sin embargo, al tiempo, ETA se mostró insatisfecha y retomó sus actividades terroristas. Sólo después, con el encarcelamiento de sus principales dirigentes, la aprobación de la ley de partidos, la ilegalización de Batasuna y la unión de los demócratas pudo acabarse con ETA. Zapatero, sin embargo, reinició sus conversaciones con ETA y lo que pudo ser su derrota incondicional, total y definitiva se convirtió en sólo una derrota parcial, lo que dejó insatisfechas a muchas de sus víctimas.

Hoy sus herederos políticos tienen representación en el Congreso de los Diputados, son socios de Sánchez y amenazan con gobernar Euskadi. Por su parte, los restos mortales de Miguel Ángel descansan en Faramontaos, una pequeña aldea de Galicia, junto a los de sus padres; allí fueron trasladados en secreto en 2007, tras sufrir su tumba una cruel campaña de ataques y profanaciones por parte de simpatizantes de la mafia. Esto nuestros jóvenes no lo saben, pero deberían saberlo.