José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • El presidente malherido luchará hasta el final, por temor a un horizonte prófugo o encerrado

Begoña Gómez pasará  las vacaciones estivales más desagradables de su vida. Sin pasaporte, sin posibilidad de salir de España y obligada a presentarse cada quince días en los juzgados de Plaza de Castilla, y lo que es peor, en una tensión creciente a la espera de conocer qué decide la Audiencia Provincial sobre su causa. Si archiva o sigue adelante. Si abre juicio oral y si se solventará con un jurado popular, posibilidad que espanta a la señora y a su defensa.  Los cinco magistrados de la sección 23 que han de pronunciarse sobre recursos y quejas  se lo toman con calma. Lo lógico es que quisieran sacarse de encima este marrón cuanto antes. Pues no. Hasta septiembre al menos no despejarán el sendero de la causa que más inquieta a Pedro Sánchez junto a la de su hermano, ese virtuoso de la batuta nacional, que ha sido el primero de la famiglia en caer. El cerco se estrecha. Primero la Fiscalía, después Ferraz, más tarde Moncloa y ahora el círculo personal del presidente.

“Pretenden derribar al Gobierno”. Raudo estuvo el ministro Óscar Puente en su desapasionado análisis de la sentencia. Su tradicional rebuzno, su infaltable regüeldo, ya tan tedioso de no ser porque emana de un miembro del Ejecutivo. Algo impensable salvo en la Argentina de Kirchner, la creadora de la vía del lawfare para bloquear la alternancia democrática. Puente va más allá de hacerle la pelota a su ‘puto amo’. Busca a codazos un hueco en la sucesión, un rincón destacado en el centro de la foto para cuando todo estalle, para cuando se consume el hundimiento, para el postsanchismo. Es tan patoso y tan cermeño que apenas lo disimula.

Dice Elma Saiz, portavoz del Gobierno, que esta condena de David Sánchez alias ‘Azagra’ es consecuencia de la denuncia de un sindicato fascista y quizás golpista. Miente la buena señora, pues fue Podemos, en 2017, quien levantó la voz en Extremadura ante el nepotazo que se venía venir. La sentencia de la Audiencia Provincial de Badajoz es clara y concisa: ese puesto fantasma de las Artes Escénicas ni era necesario, ni urgente, estaba vacío de contenido, se otorgó sin concurso  y se diseñó a la medida del beneficiado. Que, por cierto, ni siquiera lo ocupó. Nunca fue a trabajar, pues apenas conocía el lugar en el que se emplazaba su despacho. Residía fiscalmente en Elba (Portugal), donde jamás vivió. Se refugiaba en La Moncloa, donde aparcaba la furgo y se pasaba las horas aporreando el piano, según comentaban los pobres funcionarios de la casa. Ni oficio, ni beneficio, ni asistencia al centro de trabajo, ni resultados. Un jeta. Nueve años de inhabilitación que le cierran las puertas a un empleo público. ¿Dónde lo colocará su hermano? ¿En Telefónica? ¿En Correos? Honor y gloria a la juez Biedma, objeto de todo tipo de agresiones, acoso, insultos y persecuciones por parte de la cloaca de Cerdán y Leire, ambos carne de condena. Y leve reproche a los jueces que siguen reaccionando con melifluos lamentos frente a las arremetidas del poder, cada día más agresivo conforme avanzan las causas en torno a la figura del número ONE.

Toca ahora Begoña, la esposa del presidente, que pudo asistir la semana pasada, junto a su marido, a la graduación de su hija mayor en Londres, merced a una generosa disposición del suplente del juez Peinado, quien, a su regreso de vacaciones, no ha demorado en reclamarle a la señora que ‘acredite’ que únicamente utilizó el pasaporte para desplazarse a la capital británica, conforme figuraba en la autorización judicial y no se entretuvo en otras ocupaciones. El instructor no le quita ojo pero la Audiencia de Madrid no tiene prisa. Hasta septiembre no resolverá recursos y quejas de modo que toca un verano de sufrimiento. Dos años lleva pendiente de juzgado de la Plaza de Castilla. “Tiene casi peor aspecto que Pedro, y eso que ella se retoca mucho, se pincha con botox y eso», cotillean las marujas del partido, gente inquebrantable.

Preparen los indultos

El problema es la incertidumbre, esa ‘luz de gas’ que denuncian los portavoz oficiales, desde miembros del Ejecutivo a la banda de verborreicas marsopas que conforma el coro mediático del gran narciso.  El ataque a los órganos de la Justicia ha vuelto en su máxima expresión como argumento defensivo para ir preparando el momento de disponer indultos a cascoporro. Si el sanchismo tiene ya casi 130 imputados, hagan la cuenta. Quizás para todos menos para Koldo que no cae bien.

Sánchez, de momento, acusa el golpe y ha decidido tomarse las vacaciones más largas de su mandato. Casi cinco semanas, desde el 28 del presente hasta final de agosto. Sus homólogos europeos son más prudentes. Meloni se toma semana y media y Macron, como Metz,  apenas dos semanas. Le esperan al superhéroe de las libertades unas jornadas muy severas hasta que dé con sus huesos en la tumbona. Son fechas de citas judiciales inhóspitas y ferozmente comprometidas. Han de desfilar ante Pedraz desde Mercedes González, todavía directora general de la Guardia Civil y su Dao, el de ‘ponerse de perfil cuando haya casos políticos’, pasando por Cristina Narbona, presidenta del PSOE; Julito Martínez, el testaferro de Zapatero, que quizás protagonice alguna sorpresa; o Juanma Serrano, el amiguísimo del ONE, que depondrá en el Senado, si lo tiene a bien, sobre la fundación de las cloacas. Un rosario momentos muy desabridos, con más escenas de suspense y tensión que la filmografía completa de Hitchcock.

Gibraltar, como en el franquismo

Por eso se va. Abonado a las fugas, se ha largado a París, para arreglar lo de Ucrania y celebrar con Macron la fiesta Nacional francesa (aquí evitó arrancar el año, junto al Rey, en la ceremonia de la Pascua Militar). Luego a Gibraltar, donde Albares le ha preparado una ceremonia ampulosa  para lo que llaman ‘la demolición de la verja’, trasunto paleto, como todo lo del petulante señorín de Exteriores, de la ‘demolición del muro de Berlín’. Como en los tiempos del franquismo, en cuanto asoma el verano, toca hablar de Gibraltar.

La excusa ahora es ese acuerdo fronterizo, amañado entre Londres y Bruselas, con Madrid como testigo bobo, que no es más que una entrega, una rendición, una farsa, que supone la definitiva renuncia española a la soberanía del Peñón. Asunto que a la sociedad española le importa más bien lo justito, pero que Sánchez aprovecha para darse pisto de líder planetario que pone fin a otro episodio de la detestable dictadura, cuando sabido es que la verja la levantó el Reino Unido a principios del siglo pasado para evitar contagios de la gripe española. Así de agobiados se ven en La Moncloa, que han de recurrir incluso a las mismas maniobras propagandísticas que se manoseaban en tiempos de la oprobiosa.

El Gobierno inmóvil

Y mientras tanto, para simular que mantiene un cierto nivel de actividad, ese intragable espejismo, el Gobierno juguetea con iniciativas nacidas para fracasar, como la senda de déficit, el rescate de RTVE (más millones para insultar a la oposición), la financiación autonómica… meras engañifas para atontar a incautos, un ruidito estropajoso para dar la impresión de que late algo de vida en la agonía gubernamental.  Hay ministros que pisan menos su despacho que el hermanísimo el suyo, que jamás lo encontró. En el Gabinete hay jornadas oficiales sin acto alguno desde hace semanas. Se esconden, van por ahí con su pandi, se pasean con lo nuestro, holgazanean de lo lindo. Jamás sirvieron para otra cosa, la verdad.

El único que se mueve es Sánchez, con una agenda ficticia más fuera que dentro, sin más objetivo que rumiar no sólo la defensa de su señora sino la forma de impedir que una elecciones limpias le arrojen del poder el próximo año. “Hasta el 27 y más allá”, corea ahora en los mítines. No es un cántico estrambótico, un gritito desesperado. Es la determinación de un tipo malherido, con más costurones judiciales que cornadas Morante y convencido de que lejos de la Moncloa su horizonte se teñirá de negro. Quizás primorosamente recluido en una de esas celdas donde no asoma el sol. Podrá al fin leer, su gran afición. Ábalos, por ejemplo, se lo pasa muy bien.