Editorial-El Correo
- La negativa de su alcalde a poner pantallas para la final del Mundial revela la necesidad de gobernar para todos y la incoherencia de aspirar a ser sede en 2030
La decisión del Ayuntamiento de Bilbao, liderado por Juan Mari Aburto (PNV), de negarse a instalar pantallas gigantes para seguir la final del Mundial que disputa España este domingo le deja en un clamoroso fuera de juego. Evidencia una preocupante falta de coherencia institucional en una ciudad que ha ratificado sus aspiraciones a ser sede mundialista dentro de cuatro años, con San Mamés como gancho y estadio icónico. Pero, sobre todo, es un desplante hacia los miles de aficionados que merecen disfrutar del acontecimiento deportivo sin los aparentes complejos de sus gobernantes. Seguidores que, por el contrario, sí que podrán vibrar en comunidad con el partido de la selección en el resto de capitales vascas, gracias a los montajes organizados en San Sebastián por el también jeltzale Jon Insausti y en Vitoria por la alcaldesa socialista Maider Etxebarria. Las instalaciones anunciadas en Barakaldo, Portugalete, Eibar, Irún y la propia Pamplona, gobernada por Joseba Asiron (EH Bildu), confirman el tirón del evento y la fuerte demanda por disfrutarlo con naturalidad. Además, esta cita histórica ofrece un fuerte acento vasco sobre el césped.
La legitimidad y el debido respeto al cargo de alcalde, como a cualquier otra autoridad institucional en Euskadi, nacen de la obligación de gobernar para la ciudadanía en su conjunto. Una ciudad con vocación abierta como Bilbao no se puede gestionar en exclusiva para una parte del electorado ni bajo criterios ideológicos que corren el riesgo de ignorar la pluralidad. Desoír una petición multitudinaria de colocar pantallas en espacios públicos es alejarse de la realidad y asumir, seguramente de forma errónea, que determinados recelos políticos se comparten en la calle.
Ampararse en que ese dispositivo ya lo organiza un tercero, en este caso el PP, para no hacerlo como Ayuntamiento parece una maniobra para estigmatizar la asistencia al evento deportivo más importante del año, en línea con la postura oficial de la dirección jeltzale de dar la espalda a un equipo donde, por cierto, vascos y navarros tienen un papel estelar. Se puede aplaudir a Simón, Laporte, Oyarzabal, Nico, Merino y Zubimendi cuando juegan con La Roja, y más en un acontecimiento colosal como es la final de un Mundial, y también cuando van convocados con la Euskal Selekzioa. Pero lo que España se juega este domingo es rematar un campeonato que, precisamente, Bilbao ha solicitado albergar en 2030, por más que una parte de sus gestores se empeñe en no salir a ganar el partido desde el pitido inicial.