Antonio R. Naranjo-El Debate
  • Da la sensación de que lo peor de la catedrática y de su consorte aún no se conoce

La actualidad con Sánchez es una trituradora, lo que en realidad le beneficia: cualquiera de los episodios protagonizados por él o los suyos, en cualquier ámbito y tiempo, le hubiera costado la carrera política incluso antes de que comenzara, de no ser porque se yuxtaponen hasta el infinito hasta parecer un formato de telerrealidad en el que el espectador siempre quiere más. Por inmundo que sea el capítulo de ayer, el de hoy lo superará y el de mañana dejará ambos en paños menores: de Zapatero a David, de David a Begoña y de ahí al infinito, siempre.

Como nadie se para a establecer las consecuencias naturales inmediatas de cada uno de ellos, el siguiente anula el dictamen implacable y desplaza el foco al siguiente, que a su vez sufrirá el mismo fenómeno, en un bucle infinito exculpatorio que tendrá fin algún día y será cruel, a la altura del daño provocado, pero, mientras, le permite sobrevivir.

En los últimos días, El Debate ha publicado sendas informaciones que, por sí solas, paralizarían Francia, Alemania, el Reino Unido o Italia y pondrían muy difícil la continuidad de sus primeros ministros: La Moncloa no desmiente que la esposa y las hijas de Pedro Sánchez hayan utilizado el Falcon para asuntos propios y, para que no se note, intenta convertir la confesión de ello en una especie de explicación exculpatoria. Esto es, que no hay registros de todo ello porque allí solo se anota lo que hace el presidente del Gobierno.

Es decir, utilizarían los aviones que no hay para apagar incendios letales porque son familia del presidente del Gobierno, pero no quieren contarlo porque no son cargos públicos, según el modus operandi habitual del personaje, que es presidente las 24 horas al día para lo que quiere, pero luego tiene vida privada para lo que no quiere aclarar.

El regreso desde Bristol en un avión comercial, revelado por OK Diario, es la prueba definitiva de esa bellaquería y del pánico a que tantas tropelías no queden, en el ocaso de su vida política, impunes: si ahora viajan en vuelos regulares, ¿por qué no antes? La decencia pública impone que se sepa toda la verdad y que, de la manera que sea, trascienda a la opinión pública el número exacto de vuelos que hubiera podido hacer la familia de Sánchez, con fecha, destino y acompañantes. Y aún más, en el caso de Begoña Gómez, incluyendo otros viajes en líneas comerciales que hayan necesitado de escolta y del uso del pasaporte diplomático.

Porque si servirse de recursos públicos para fines privados es inaceptable, la sospecha de que algunos de los destinos no sean confesables añade más urgencia a las aclaraciones. ¿Dónde ha viajado, doña Begoña, que tanto le cuesta contarlo? Si nada tuvieran que esconder nuestros Kennedy de polígono, nada callarían.

Pero qué no habrá ahí como para que un simple avión les dé tanto miedo como una vulgar sauna. Quizá, y solo es intuición, lo peor de la catedrática no sea eso tan escandaloso que le ha llevado a sentarse ante un jurado popular por dos delitos que, más allá de sus consecuencias penales, son una vergüenza: la suya y la de su marido, cómplice y beneficiario de todo lo que haya hecho esta señora.