Rosa Martínez-Vozpópuli

  • Confunden la libertad de expresión con impunidad para humillar y la militancia con una bula papal

A cierta izquierda nunca le parten la cara por ser insoportable. Siempre se la parte el fascismo. Da igual que lleve media hora borracho, buscando bronca, insultando a todo el que se cruza, llamando fascista al portero, al camarero, a la chica que le pide que se marche y probablemente también a la máquina de tabaco. Si al final alguien le da un guantazo, ya no estamos ante una pelea de madrugada entre personas que deberían haberse ido a dormir tres copas antes. Estamos ante el regreso de las camisas pardas.

Esta semana hemos asistido a una transformación extraordinaria. Un hombre aparece en redes con la cara destrozada, la nariz vendada y el puño en alto. Asegura que ha sufrido una agresión ultraderechista y recuerda que, antes de perder el conocimiento, alguien le llamó «rojo». Inmediatamente llegan los abrazos políticos, los «no pasarán», las citas solemnes sobre el fascismo y los medios dispuestos a convertir una bronca nocturna en un episodio de la resistencia antifascista.

Después apareció un vídeo de los momentos previos y un testigo ofreció una versión bastante menos heroica: alcohol, provocaciones, insultos y veinte minutos buscando un conflicto con cualquiera que intentara apartarlo. La Policía seguía investigando y todavía no había una versión oficial que permitiera determinar quién golpeó, cómo empezó todo ni cuál fue el móvil, pero algunos ya habían resuelto el caso antes de que los agentes terminaran de mirar las cámaras.

Te expulsó el capitalismo

En ese momento no se sabía todavía toda la verdad. Lo que sí estaba claro es que antes de preguntar qué había pasado se proclamó al mártir. Y que para cierta izquierda la ideología funciona como certificado automático de inocencia. Si eres de los suyos, no puedes ser un borracho impertinente, un provocador profesional o sencillamente un maleducado. Eres un disidente perseguido. No te echaron de un local porque estuvieras dando la noche: te expulsó el capitalismo. No te abuchearon porque llevaras una hora insultando al público: intentaron silenciarte. No te dieron una bofetada después de encararte con media discoteca: sufriste violencia política.

También resulta enternecedor que, en mitad del relato heroico, aparezca la sanidad pública como argumento político. El hospital te cura la nariz, te cose la ceja y, por lo visto, certifica también que los golpes eran fascistas. Uno entra en Urgencias con un traumatismo facial y sale con el diagnóstico, el vendaje y la motivación ideológica de sus agresores perfectamente aclarada. Qué eficacia. A este paso, el parte médico incluirá una casilla para marcar si la contusión fue de derechas, de extrema derecha o directamente franquista.

Es una forma muy cómoda de vivir. Uno nunca tiene que preguntarse si se ha comportado como un macarra, porque la culpa siempre pertenece a una fuerza histórica superior. El fascismo se ha convertido en el comodín que evita mirarse al espejo. Sirve para explicar un mal resultado electoral, una crítica, una denuncia, un despido, una discusión en un bar y, por lo visto, hasta una resaca con traumatismo facial.

Impunidad para humillar

La superioridad moral ayuda mucho. Hay personas que llevan años actuando en televisión y en redes como si tuvieran licencia para insultar porque sus ideas son nobles. Confunden la libertad de expresión con impunidad para humillar y la militancia con una bula papal. En un plató pueden llamar criminal, fascista o basura a quien tienen delante y siempre habrá un presentador que cambie de tema, un compañero que les ría la gracia y una legión de seguidores celebrando la valentía. Luego salen a la calle y descubren una cosa desconcertante: fuera del estudio no hay moderador, fuera de X no existe el botón de bloquear y a la gente le importan bastante menos sus principios que sus modales.

Conviene aclararlo porque algunos solo entienden los matices cuando se los dibujan con ceras: que alguien sea insoportable no autoriza a partirle la cara. Una agresión no se vuelve aceptable porque la víctima sea un imbécil. Pero ser víctima de una agresión tampoco convierte automáticamente al agredido en Nelson Mandela ni a quienes le golpearon en una célula neonazi. Para hablar de violencia política hace falta algo más que una venda, una ideología y un relato escrito antes de que aparezcan los vídeos.

Lo verdaderamente revelador es la necesidad inmediata de convertir cualquier consecuencia personal en persecución colectiva. «Me han pegado por mis ideas» suena mucho mejor que «me he comportado como un energúmeno y la situación acabó de la peor manera». La primera frase te coloca en la Historia. La segunda te obliga a pedir disculpas, revisar tu conducta y quizá dejar el chupito sobre la barra.

Y eso es lo que algunos no soportan: la posibilidad de no ser héroes. La sospecha de que nadie intenta callarlos, de que no representan a los oprimidos y de que el mundo no conspira contra su admirable conciencia política. A veces no te insultan por tus ideas. A veces no te echan por tus principios. A veces no caes mal porque seas valiente, incómodo o peligrosamente lúcido. A veces, sencillamente, el problema eres tú.