Rosa Martínez-Vozpópuli
- Tal vez me había perdido una guerra, un cambio de régimen, la anexión de Ceuta a Marruecos, la dimisión del Gobierno de Sánchez
He pasado unos días enferma con uno de esos virus sin prestigio que no te llevan al hospital ni inspiran mensajes de ánimo, pero te dejan fuera de combate. No puedes decir que has vencido a nada, porque lo único que haces es dormir, despertarte para tomar un paracetamol, beber dos tragos de agua y volver a dormir con la dignidad de una croqueta abandonada en el sofá. El domingo por la mañana me encontré algo mejor y cometí el error de mirar las noticias.
Cerca de 50.000 personas habían entrado en Ceuta desde Marruecos por tierra y por mar. Cincuenta mil. En una ciudad de poco más de 80.000 habitantes. La Guardia Civil se había visto desbordada, más de 70 personas habían muerto y, cuando yo abrí los ojos, más de 48.000 de los que habían entrado ya habían regresado a Marruecos. Todo había ocurrido con la velocidad de esas pesadillas en las que la casa se llena de gente, nadie sabe quién ha abierto la puerta y de pronto todos desaparecen dejando el salón hecho unos zorros.
Intenté reconstruir lo sucedido, pero las explicaciones eran más confusas que mis sueños con fiebre. Unos hablaban de invasión, otros de crisis humanitaria, otros de mafias y otros parecían más preocupados por evitar que nadie pensara mal de Marruecos, ese pueblo hermano, socio fiable y pariente político al que hay que querer aunque un jueves te eche abajo la puerta con 50.000 personas detrás y Marlaska te pida que no dramatices.
Un churro de alta seguridad
Marlaska aseguró que Marruecos no era una amenaza para Ceuta ni para España, sino un socio “absolutamente fiable”. Debe de ser una nueva definición de fiabilidad que todavía no ha llegado a la Real Academia. Algo parecido a cuando una amiga te deja tirada en mitad de la carretera, se lleva tu bolso y después vuelve para ayudarte a buscarlo.
Después vi que la Guardia Civil estaba instalando una barrera flotante de 500 metros en el mar del Tarajal. Se trata de una estructura neumática con boyas, parte visible sobre el agua y otra sumergida para dificultar el paso. Es decir, un churro de piscina de alta seguridad. Porque todos sabemos que una persona capaz de lanzarse al mar de noche, nadar durante horas y arriesgar la vida para llegar a España ve un tubo flotando y piensa: “Hasta aquí, Ahmed, no hagamos ninguna locura”.
A esas alturas empecé a preguntarme si de verdad había estado enferma tres días o había permanecido en coma varios años. Tal vez me había perdido una guerra, un cambio de régimen, la anexión de Ceuta a Marruecos, la dimisión del Gobierno o la construcción de una frontera nacional con material de aquagym. Necesitaba una referencia temporal. Algo que me permitiera comprobar que seguíamos en agosto de 2026 y no había despertado en una secuela de Mad Max producida por RTVE. Encendí la televisión. Seguían hablando de Ayuso y el ático.
Respiré tranquila. No era una prueba definitiva, porque algunos medios podrían seguir hablando de Ayuso y de un ático durante décadas, aunque Ayuso viviera ya en una residencia de ancianos y el ático se hubiera convertido en museo de la memoria democrática. Pero, al menos, reconocí el paisaje. Estaban las mismas caras, los mismos gestos de escándalo y la misma gente explicándonos por decimocuarta vez que esta vez sí, ahora sí, definitivamente, la presidenta de Madrid estaba acabada.
Adonis en el TikTok
Me faltaba comprobar qué hacía Pedro Sánchez. Acudí a TikTok, esa herramienta imprescindible para conocer el estado de la nación, y allí estaba nuestro Adonis presidencial recomendando su lista de canciones para el verano desde un sofá blanco de Moncloa. Habían entrado decenas de miles de personas en Ceuta, había decenas de muertos, Europa convocaba una reunión de emergencia y el presidente consideró que era el momento adecuado para contarnos qué estaba escuchando estas vacaciones.
Entre sus recomendaciones estaban Quevedo, Charli XCX y Melani. Una selección musical “bastante ecléctica”, explicó con esa sonrisa suya de hombre que siempre parece estar satisfecho de algo que los demás no conocemos. Cualquier persona normal podría intranquilizarse al ver a un señor madurado recomendando canciones para adolescentes. Yo me tranquilicé. Sánchez seguía haciendo exactamente lo que hace siempre: posar como si gobernara otro, hablar como si acabara de llegar y comportarse como el encargado de redes sociales de sí mismo. Todo seguía igual.
Y entonces me pasó por la cabeza una idea bastante inquietante: quizá habría sido mejor estar de verdad en coma y despertar dentro de cinco años. La idea fue fugaz. El miedo no tanto. Imaginen abrir los ojos en 2031, acercarse a la ventana y ver a todas las vecinas con burka mientras Pedro Sánchez, en chándal y desde el Palacio de la Moncloa, recomienda el nuevo reguetón del verano para celebrar que Marruecos continúa siendo nuestro socio más fiable. Me tomé otro paracetamol. Esta vez no era por el virus.