Manuel Montero-El Correo
- No se trata de que los nacionalistas se vean forzados a usar los símbolos que odian, sino de que quieran impedir las expresiones públicas de los que desean utilizarlos
De aquellos polvos vienen estos lodos». Este refrán se refiere a que decisiones, actuaciones o dejaciones de otros tiempos son la causa directa de circunstancias perniciosas actuales. Para el uso en que se lo va a emplear aquí, se afirma que los actos del pasado, incluso cuando fueron dejación, llevaban implícitas las consecuencias dañinas. Estas no pueden considerarse efectos colaterales imprevisibles. Y son perniciosos y malsanos, por mucho que guste mirar hacia otro lado.
Los lodos: estas últimas semanas se repiten las agresiones de la izquierda abertzale a símbolos que no les gustan. Han combatido que en el País Vasco se lleven camisetas de la Selección española, las txoznas de Barakaldo anunciaron que no atenderían a quienes las vistieran (sin que les cerrasen el chiringuito, pese a tal apología de la discriminación), más de una pancarta llamó «enemigos del pueblo» a jugadores vascos de la Selección española: «Oyarzabal, Merino, Unai, Niko, Zubimendi. Herriaren Etsaiak». Por su confección, no parecían fruto de una mala noche, sino alarde meditado. Las autoridades no corrieron a quitarlas.
Las ciudades del país han sido reticentes a colocar pantallas para ver partidos de la selección, pese a la demanda. Cuadrillas de mozalbetes han recorrido agresivas alguna localidad contra el apoyo a la selección. En algunas fiestas han proliferado gritos contra la misma.
Los lodos de los últimos tiempos son más (referidos al uso cuasi coactivo del euskera o a la proliferación de simbología batasuna de apoyo a terroristas), pero sirven los ejemplos anteriores para describir el lodazal en el que estamos chapoteando.
Por supuesto, no se discute el derecho de los nacionalistas, o quien quiera, a no usar la simbología asociada a España, ni plantea ningún problema que no vean los partidos de la selección y que alardeen de ello; tampoco su reivindicación pública de una selección vasca o el apoyo a los equipos que se enfrentaron a España. Allá cada cual. Están en su derecho.
El problema radica en la presión contra quienes quieren usar los símbolos de la selección, ver los partidos, o en el incalificable insulto amenazante a los jugadores. Dejan claro que sobrevive una noción unidimensional de los vascos de rasgos totalitarios. Quieren imponer su visión identitaria. Que esto no sea un país plural, en el que cada uno pueda expresar sus inclinaciones, sino que sea monolítico, pétreo, persiguiendo la simbología española entre quienes quieren utilizarla. No se trata de que los nacionalistas se vean forzados a usar los símbolos que odian, sino de que quieran impedir las expresiones públicas de quienes desean utilizarlos.
Estamos ante un proceso de discriminación ideológica e identitaria. Agreden para impedir que existan expresiones alternativas. Al ver las ‘ekintza-taldeak’ (‘squadra d’azione’) corriendo calles para perseguir símbolos españoles, o bares donde puede verse el partido de España, cabe imaginar las reuniones fanatizadas en las que los herederos de las juventudes hitlerianas deciden emprenderla contra «los enemigos del pueblo», reciben instrucciones, así como la soberbia ideológica que les justifica agredir, molestar, entender que aquí sobran enemigos y que su obligación es ir a por ellos.
Mención aparte reciben «las ventanillas para pedir en castellano» en las txoznas, de obvia intención discriminatoria, que usan de forma incalificable (¿y consentida?) el espacio público.
El submundo creado desde el terrorismo transmite sus valores y el nacionalismo ‘civilizado’ sigue riéndole las gracias
Los polvos que trajeron estos lodos: el pasado de las décadas terroristas en las que la izquierda abertzale difundió una noción totalitaria del País Vasco; la aquiescencia del nacionalismo moderado que, como compartía nociones identitarias (o no se atrevía a discrepar), miró para otro lado pese a las brutalidades sociales que se desplegaban; el mantenimiento de tales comportamientos parafascistas en la etapa posterrorista, en las que el nacionalismo ‘civilizado’ sigue riéndoles la gracias; el blanqueamiento de la antigua Batasuna, admitida en el juego de partidos como si fuese un partido democrático; la inexistencia de un proceso de desbarbarización ideológica, tipo desnazificación, para construir una convivencia democrática, sin escuadrones de discriminación ideológica.
Las ‘ventanillas para pedir en castellano’, de obvia intención discriminatoria, usan de forma incalificable el espacio público
Dicen que la mayoría de los jóvenes vascos ignoran qué fue ETA o tienen un conocimiento impreciso. Sin embargo, el submundo batasuno que se creó desde el terrorismo ha sobrevivido y transmitido sus antivalores y la fascinación por una concepción totalitaria del País Vasco, del que quieren eliminar pluralidad e imponer sus criterios, siempre estrechos y discriminatorios, sin que sean censurados por la mayoría del sistema político. ¿Por no meterse en líos? ¿Porque, en el fondo, están de acuerdo? Aquí tenemos Hitler para rato.
Es difícil acabar con el fascismo; imposible si no se intenta.