Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Lo de eliminar seres humanos, si lo apruebas, deberías hacerlo serio, grave, incluso cabizbajo. ¿Las pajarracas de Massachusetts? Felices. Varias de ellas visten bata blanca. ¿Qué les pasará por la cabeza? ¿Que por fin pueden agarrar a esa cosa empeñada en ser persona y reventarla sin consecuencias? Error

El regodeo con el aborto quizá lo entiendan en los círculos del infierno. En los Estados Unidos continúa la carrera de los atletas del mal, deseosos de romper la cinta de meta para seguir y saltar por el precipicio. Abortar sin límites, hasta el parto, parece una afición del mundo anglosajón, pero no nos engañemos. El ‘wokismo’, la adopción de cualquier causa para convertirla en una guerra entre opresores y oprimidos, irradia su idiotez perversa, desde la academia estadounidense, al Occidente entero. Siempre pueden alegar que las universidades más prestigiosas del mundo (cuando lo eran) se limitaron a reflejar el oscuro, mortecino brillo de la intelectualidad europea del siglo XX. Al principio, porque los intelectuales llegaron huyendo de los nazis. Después, porque establecida la teoría crítica en la academia, los nuevos esquemas de pensamiento necesitaban teorías y piezas discursivas que encajaran. Y lógicamente las buscaron en Europa.

No sigo por ahí, la columna entera sería una digresión. Se trataba de nuestro escalofrío por la alegría de unas tías que aprueban paulatinas extensiones del aborto. Recordará el lector lo que pasó con las ministras y diputadas del PSOE zapaterino en el Congreso, cuando se abandonó la ley más prudente que ha existido sobre el asunto, la de fundamentación más compartida, la de Felipe González. No su desbordamiento por extralimitaciones de jueces con vocación legisladora. Sí, hombre, los que se inventaron el «cuarto supuesto», jueces constructivistas, jueces activistas, jueces por la demagogia, jueces por mis dídimos. En vez de presentarse a las elecciones para poder modificar las leyes según la ley, prefieren retorcerlas para que encajen en su ideología, aunque el resultado se dé de patadas con la letra y el espíritu de cada norma violada. Tuvimos una violación judicial en manada.

Entonces Zapatero activó a sus gobernantas, que tampoco necesitaban especial motivación. Se aprobó el aborto dentro de un plazo, liquidando el sistema de los tres supuestos. Sobre el papel todo es discutible, pero entonces presenciamos la reacción estremecedora, la misma que hemos visto en las tías de Massachusetts, eufóricas en torno a la gobernadora cuando firma, no una nueva ley, sino una nueva moral. O no tan nueva: es el undécimo Estado del país que permite abortar sin límite. Hay un límite natural; no sé si lo marcarán en el momento que el bebé asoma. Al no poder el progresismo hacer otra cosa que avanzar, lo siguiente es el asesinato de niños nacidos, cuya edad también se irá ampliando, quizá hasta los cincuenta. Ya tiene nombre en la medicina woke: «aborto postparto».

Aquello sí era una fiesta, y no París. Cómo reían, cuánto júbilo en sus caras, cómo se abrazaban entusiasmadas las diputadas zapateras. Cómo dejaban constancia de su aberración. Lo de eliminar seres humanos, si lo apruebas, deberías hacerlo serio, grave, incluso cabizbajo. ¿Las pajarracas de Massachusetts? Felices. Varias de ellas visten bata blanca. ¿Qué les pasará por la cabeza? ¿Que por fin pueden agarrar a esa cosa empeñada en ser persona y reventarla sin consecuencias? Error.