Miquel Escudero-El Correo

  • Me quiero fijar en el estúpido miedo a la sensibilidad varonil y a su posible feminización, comenzando por creer que la crianza de los bebés es patrimonio exclusivo de las madres

A lo largo de la historia de la humanidad, y hasta hoy mismo, muchos justifican sus actitudes en razón de su sexo. En particular, por el hecho de ser varones no pocos acentúan la rudeza de su comportamiento, en la creencia de asegurarse ser temidos o respetados. No pocos seres humanos han crecido no ya sin ternura, sino sin que su padre los mirara siquiera, como a seres invisibles. Las ideas extraviadas de que los hombres no lloran, ni atienden cariñosamente a sus hijos, ni hacen nada en casa pervive todavía en muchos lugares. ¿Tienen otro fundamento que no sea el de una inercia secular en la visión de lo que es ser de verdad un varón o una mujer, en función de su sexo natal?

En su libro ‘El padre en escena’, la antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy señala que, según las estadísticas, los machos de los grandes simios no son unos cuidadores fiables para sus crías recién nacidos, sino una amenaza potencial. No veamos en esto, claro está, un fatalismo para los seres humanos. Me quiero fijar en el estúpido miedo a la sensibilidad varonil y a su posible feminización, comenzando por creer que la crianza de los bebés es patrimonio exclusivo de las madres. Es cierto que ellas los paren, pero nadie sobra en el cuidado generoso. El tiempo dedicado a los niños no se pierde. Este tiempo de convivencia vivido con alguna intensidad permite establecer un vínculo emocional sólido; guarda un formidable poder transformador.

Blaffer Hrdy destaca que las sociedades en las que los hombres pasan más tiempo en contacto con madres y niños son menos belicosas y presentan índices de violencia más bajos. Se sienten más seguros de ellos mismos.