Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

Primero se dijo que no hubo ningún informe que advirtiera del peligro que se cernía sobre Ceuta. Cuando quedó claro que esa versión dejaba a los servicios de información e inteligencia a los pies de los caballos y abría una brecha profunda entre los ministerios de Defensa e Interior que solo conseguían cerrar el ínclito Patxi López y sus mariachis, se pasó a la segunda versión, que admitía la existencia de los informes, pero se insistía en que eran normales, los habituales en estas fechas veraniegas de trasiego migratorio, nada que justificase la adopción de medidas extraordinarias de protección y defensa. Luego se demostró que, muy lejos de una situación de normalidad, los informes hablaban de un «riesgo extremo» en la frontera, con la posibilidad cierta de avalanchas de migrantes, ordenados, apoyados y dirigidos por la propia Policía marroquí y sus hábiles servicios de información. Entonces, al ministro Marlaska no se le ocurrió nada mejor que enviar una carta al jefe de la Policía pidiéndole explicaciones. ¿Qué es lo que no entiende? ¿El propio contenido del informe que advertía con claridad meridiana del «riesgo extremo» –recuerde que ‘extremo’ no es sinónimo de ‘mínimo’ o de ‘exiguo’–, o el hecho de que el desgraciado informe no llegara a su mesa, si es que no llegó, claro, o que en el asalto intervinieran los ‘leales’ marroquíes?

Porque, o no llegó a su mesa, y entonces deberían rodar inmediatamente las cabezas de quienes lo impidieron, o no lo entendió y entonces debería rodar la suya. ¿A usted qué le parece? ¿Se cree, de verdad, que puede existir un solo funcionario en toda la Administración pública española con la desidia necesaria y la inconsciencia suficiente para atreverse a perder por los pasillos del Ministerio un informe de semejante importancia y tamaña urgencia? ¿No es más verosímil que alguien no quería darle la razón a la ministra díscola de Defensa y pensaba –y esperaba y deseaba– que el informe no saliera a la luz pública y evitar así que se conociera la tremenda mentira y el inmenso ridículo que conlleva su aparición? Pues vaya prodigio de ingenuidad y vaya alarde de ineptitud.

¿Y, ahora, qué va a hacer el ministro y el Gobierno, porque esto les afecta a todos? ¿Van a pedir explicaciones a Marruecos? ¿Van a adoptar medidas de retorsión o se van a limitar a seguir diciendo, contra toda evidencia, que Marruecos es un socio amigo y leal en el que puede confiar sin recelo? ¿Van a decir alguna verdad, aunque sea por equivocación y nos van a contar de una vez por todas cuáles son las razones que justifican su tierna docilidad y su incomprensible sumisión a un Gobierno extranjero al que nada –al menos nada que sea confesable– debemos?

¿Hasta qué nivel va a exigir responsabilidades en su Ministerio o se va a conformar con quedar como un inepto ante la opinión pública? ¿Se va a comer él solo el marrón o apuntará al presidente, a quien el caos de Ceuta ha abrasado ya más que Ábalos, Koldo, la amnistía, Berni, Leire, su mujer, su hermano y el fiscal general… todos juntos y a la vez?

Marlaska tiene la oportunidad de hacer, al final de todo, un servicio a su país, a su pueblo, a la Constitución que juró defender, a su honor, a su biografía y a su propia conciencia. Él sabe lo que tiene que hacer. ¿Lo hará? No le queda mucho tiempo, debe darse prisa. Esto es insoportable. El primero, para él mismo.