Rebeca Argudo-ABC

  • En un momento como el actual, de absoluta tropelía y sensación de «qué más puede pasar», la figura prevista para desfacer entuertos parece diseñada para obstaculizar soluciones

No soy yo demasiado fan de la figura jurídica de moción de censura. Prefiero, soy una romántica, el clásico método del libre y pacífico concurso electoral periódico. Con sus candidatos y sus campañas, sus urnas y sus papeletas. La fiesta de la democracia, ya saben. Entiendo que sea legítima por su cualidad de constitucional (aparece regulada en el artículo 113 y desarrollada en el Reglamento del Congreso en los artículos 175 a 179), y reconozco el sentido de su existencia como recurso extraordinario (incido en lo de extraordinario) de control político. Pero tengo mis dudas respecto a su actual articulación. En su momento, inspirada en el modelo alemán y con el fin de evitar la posibilidad de inestabilidad similar a la de la Segunda República, se diseñó como «moción constructiva». Eso implica que, además de la voluntad mayoritaria de deponer al presidente, es imprescindible que se incluya un candidato alternativo. Uno que, en caso de mayoría absoluta, resulta automáticamente investido. Así pues, se articularon dos mecanismos (mayoría absoluta y candidato alternativo) para evitar que deviniese en subterfugio caprichoso en manos de una oposición desleal. Por eso me resulta paradójico que sean precisamente esos dos requisitos los que, en un caso como el actual (con un gobierno débil, cercado por los casos de corrupción, carente de confianza), dificulten una eventual iniciativa en ese sentido que llegue a buen puerto. Porque hoy, junto a un gobierno poco confiable, lo que tenemos es un montón de minorías con excesiva influencia. Y, frente a ellos, una oposición fragmentada. Así, esos dos mecanismos «constructivos» se ven convertidos en obstáculo para el propio sentido de la medida: controlar al poder, retirar la confianza parlamentaria y deponer al presidente sin necesidad de esperar a las elecciones previstas. ¿Por qué? Pues porque las minorías sobrerrepresentadas no van a verse en una igual con un gobierno que no necesite de su apoyo para alcanzara aritméticamente la mayoría que no ha alcanzado convenciendo en las urnas. Algunos (pongamos que hablo de formaciones dizque tabernarias) incluso coquetean con la desaparición. ¿Cómo van a votar en contra de su supervivencia o su influencia? Y la oposición, dividida, podría ver al obligado candidato como ‘handicap’ para votar a favor, interpretando la moción de censura en términos de elección entre uno u otro, y ninguno nuestro (lo vimos en 2023 con la presentada por Vox). Así, en un momento como el actual, de absoluta tropelía y sensación de «qué más puede pasar», con un presidente capaz de irse de vacaciones durante una invasión o carcajearse en el hemiciclo mientras se le exige una cuestión de confianza, la figura prevista para desfacer entuertos parece diseñada para obstaculizar soluciones: hace fuerte a la suma de débiles.