Marta Rivera de la Cruz-El Español
  • Cuando ha llegado el momento de protestar, los españoles han buscado la bandera.

Cuando en el mes de julio se extinguieron las últimas cenizas de las celebraciones del Mundial, pensé que íbamos a tardar algún tiempo en volver a ver las calles tomadas por banderas de España.

Ya habíamos vibrado con el gol de Ferrán, ya habíamos gritado con el pitido final, ya habíamos salido a la calle a celebrar la hora de la gloria y del fútbol, ya habíamos escuchado a Rodri dar vivas a España y el rey.

Tocaba guardar la bandera hasta la Eurocopa de 2028.

Pero en este país nuestro las cosas suceden muy deprisa, y en verano nos invadieron desde Marruecos.

Entraron por Ceuta, sí, pero invadieron España.

Golpearon el orgullo de todos y la paz de una ciudad pequeña, que vive desde hace más de un mes en una especie de pesadilla sin esperanza de que suene el despertador y pueda decirse que la distopía era un sueño.

Vista general de la plaza de Cibeles y la manifestación con motivo del Día de Ceuta en Madrid.

Vista general de la plaza de Cibeles y la manifestación con motivo del Día de Ceuta en Madrid. EFE

Ochenta mil personas reventaron de repente la ciudad y las vidas y haciendas de sus habitantes, mientras quien debía velar por el territorio y las personas se encerraba en un palacete, menos preocupado por sus obligaciones como líder que por dejarnos la banda sonora de su verano feliz.

Nos tragamos la indignación, porque casi era mayor la sorpresa.

Nos costó reaccionar, porque no es tan sencillo sacudirse la incredulidad de que el presidente de tu país esté tomando el sol cuando violan su integridad territorial.

Pero cuando llegó el momento de protestar, la gente buscó la bandera.

Fui testigo directo: por las calles de Madrid había las mismas enseñas nacionales que el día del triunfo de la selección, y en Cibeles se agitaron al viento cuando sonaba el himno con ínfulas de orgullo patrio.

Nuestra bandera llevaba mucho tiempo asociada popularmente a los goles de la victoria, las medallas de oro, el primer puesto en la meta, pero de pronto resulta que van mucho más allá.

Invaden nuestro país (no, no invadieron Ceuta, invadieron España) y sacamos la bandera a la calle como para recordar mejor lo que somos, lo que fuimos y lo que queremos seguir siendo.

Esa tela amarilla y roja que llevan nuestros barcos, nuestros aviones, y los uniformes de hombres y mujeres dispuestos a dar su vida por España (y a los que, en Ceuta, Margarita Robles entrega un fusil a repartir entre cuatro) es un salvoconducto de nuestra propia conciencia.

Y por eso la hemos rescatado del armario, donde dormía el sueño de los justos esperando la próxima alegría futbolera: para que nos sirviera, ya que no de arma, sí de escudo ante la traición y el abandono.

Si hemos descubierto que la bandera es, más que un avío de celebración, un instrumento de unidad, algo bueno habrá salido de esta desvergüenza.