Manuel Marín-Vozpópuli

  • Se está empezando a producir una rebelión ética, no ideológica, por puro hartazgo, por la desafección que se ha granjeado el sanchismo, por sus embustes.

España es un país peculiar en el que no vas a poder echarte un cigarro en una terraza, en el que puedes insultar a Ferrán Torres o al jefe del Estado, pero no a Vinicius porque lo primero es libertad de expresión y lo segundo es odio, y en el que eres un agresor sexual por un estúpido beso robado. Pero a la vez España es un país en el que las autoridades quedan atadas y sin capacidad de imponer la ley al inmigrante que entra ilegalmente, que se instala en un asentamiento ilegal, y que realiza actividades ilegales por las que cualquier español sería sancionado de inmediato (desórdenes públicos, hurtos y robos, venta ilegal…). Invocamos la sacrosanta ley, naturalmente, exigimos su cumplimiento, naturalmente, la cumplimos, naturalmente, y acatamos la famosa sentencia del Tribunal Supremo sobre las fronteras físicas, pero en aras de no contribuir a un agravamiento de cualquier conflicto que afecte a la seguridad nacional, la legalidad se arrumba cuando conviene.  Eso sí, cuidado con pescar una dorada en la costa, con no pasar la ITV o con retrasar el pago trimestral del IVA si eres autónomo porque la presunción de culpabilidad y la vitola de moroso te están garantizadas.

Es la ley, gritan. Y la ley es la ley. Respeto total y cumplimiento. Pero con Ceuta las equivalencias fallan, la coherencia deja de existir y la desigualdad se ejecuta con apariencia bienqueda de justicia social. El sanchismo bonito de 2018 nos dijo tantas cosas lindas, nos vendió tanta convivencia, tanta luminosidad y tanta paz interior mientras realmente nos inoculaba la falsedad de una quimera ideológica y la crudeza de un muro en busca de odiadores, que ahora, cuando el hartazgo colectivo ha decidido derribar esos ladrillos en legítima defensa frente a abusos y mentiras, a este sanchismo feo solo les queda rellenar el formulario del argumentario. Entonces repiten su letanía de que España es xenófoba, ultra, intransigente, fascista, peligrosa. Con una diferencia: antes se creían lo que decían. Hoy ya no. Las caras de los diputados socialistas la pasada semana lo transparentaban todo mientras Sánchez pontificaba desde la tribuna del Congreso con su fado patético. Pero el argumentario sigue. Dicen que en España se está produciendo un golpe de Estado por fases para derrocar por lo civil o lo criminal a Sánchez. Un ‘golpismo en evolución’, lo llaman de manera apocalíptica. Pero la única certeza es que esta izquierda está desbordada y desnortada. Desconoce cómo ha llegado a esto. Vaya, pero si la cosa no iba tan mal. Bueno, sí, hay corrupción y tal. Pero eso no penaliza tanto como antaño. ¿Qué nos ha pasado? Si todo estaba bajo control con Sánchez…

De repente la izquierda se topa consigo misma. Sus jefes solo han retratado la contradicción en que la izquierda legítima lleva viviendo desde hace ocho o diez años. Ya no saben sin son pro saharauis o pro marroquíes. No saben si son pro iraníes o no. ¿No saben que el populismo woke se ha desvanecido no por falta de fortaleza, que la tuvo, sino por su inutilidad demagógica, su escaparate falsario y sus propios miedos a la congruencia? Esta izquierda no tiene ningún miedo atávico ni real a la ultraderecha internacional. Eso es solo la coartada. Tiene miedo a asumir la realidad de que toda la chasca ideológica con la que los lobotomizaron, aquel chip artificial de una progresía de corcho, les falla porque todo eso está vacío. El mensaje de aquella izquierda que Sánchez y Podemos nos trajeron siempre fue rutinario y sin sustancia. El mensaje venía envuelto en el celofán de la concordia, la justicia universal y tal. Pero ya saben que todo se ha disuelto sencillamente porque era mentira y no era sostenible. Porque en el fondo no es cierto que naveguen en una superioridad moral sobre nadie.

Les ha fallado tanta vacuidad y ahora les falta el oxígeno. Porque la realidad no es como la ansían con sus mensajes buenistas, sus retóricas migratorias y sus deseos utópicos. Las fronteras existen y en todos los países se protegen. La soberanía nacional es un concepto claro, conciso, basado en la historia, la legalidad, la diplomacia y los acuerdos internacionales. La vida no es happy flower y la debilidad frente a Marruecos o frente a cualquier otro chantajista no conduce a ninguna parte más que al caos y la degradación. Por eso mantener el mensaje como hace Pedro Sánchez es contraproducente para el bien común. Tanto como para él, con su pasividad e indolencia, como para su propio partido. En las manifestaciones los españoles invadieron España, así de sencillo. Gritaban que Ceuta será la tumba del sanchismo. Ni idea de lo que ocurrirá. Pero es que hasta los sanchistas más sanchistas, como esta izquierda agotada y nerviosa, han empezado a entender que la mentira, la mentira más obscena, no puede mantenerse permanentemente como argumento válido, ni puede hacer apología de la obscenidad contra la verdad en su ideario.

Se está empezando a producir una rebelión ética, no ideológica por más que el sanchismo lo confunda, por puro hartazgo, por la desafección que se ha granjeado, por sus embustes. El pueblo invoca al pueblo en los directos de las televisiones, y se encara con Sánchez, y a los policías les empieza a resultar indiferente que los expedienten… Hay una suerte de dignidad de nación recobrada sin complejos, con banderas, sentimiento de pertenencia y orgullo patriótico. Son conceptos que producen erisipela a mucho izquierdista que venía con esa pátina de la superioridad moral, del tablero inclinado y de la posesión de la verdad eterna. Ver a familias enteras con una bandera de España anudada al cuello y exhibida como una capa con satisfacción les recrea la caspa, lo rancio, lo grotesco y lo cortijero. Pero la realidad es que desde el mes de julio, con tanto desprecio de Sánchez al sentido común, el vuelco ideológico en España se ha reforzado. Ha emergido una sensibilidad social con los ceutíes que de tanto ser anulada por la gelidez de un Gobierno incapaz y demagógico les ha estallado en las manos.

No hay nada más desgarrador que contemplar a alguien que implora ayuda porque se siente abandonado y ver cómo lo ignoran. Ahí los complejos desaparecen. Lo de Sánchez ya no es ni siquiera el menosprecio ciudadano creciente a un tipo arrogante y sin empatía que decidió seguir sesteando mientras invadían su territorio. Es la demostración de que quienes llegaron para escuchar al pueblo y resolver los problemas del pueblo a la hora de la verdad han recurrido al viejo adagio ‘todo por el pueblo, pero sin el pueblo’. Y eso a menudo, cuando la inmensa mentira queda al descubierto y te desnuda, se convierte en un error irreversible.