Teodoro León Gross-ABC
- Sánchez presume de ser el último bastión frente a la extrema derecha, como si él fuese una suerte de Astérix contra el Imperio romano
Quienes más se rasgan las vestiduras ante el resultado espectacular de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt son quienes más evitan preguntarse por qué. Prefieren que parezca una glaciación inesperada o una mutación imprevista de la vieja derecha democristiana, de repente convertida al fascismo. Por supuesto ese es el discurso tramposo de quienes creen que invocar ese «fantasma que recorre Europa» les basta para legitimarse ellos en el poder. Como Sánchez. Y entretanto el fantasma no deja de crecer. Por supuesto es inexcusable preguntarse por qué. Va de suyo que se trata de fenómenos complejos, pero incluso teóricos de la izquierda como Steven Forti o Franco delle Donne, autor de ‘Epidemia Ultra’, ponen el foco en un factor: sentirse «ciudadanos de segunda» (Bürger zweiter Klasse). En su caso frente a la Alemania próspera del oeste. Esa frustración abona el relato fácil contra el extranjero que amenaza el ‘statu quo’ robándoles la prosperidad.
Sucede en Alemania y en toda Europa. Con Meloni o Salvini y Vannacci en Italia, o Le Pen en Francia con su «primero los de casa», igual que UKIP en Reino Unido, el FPÖ austriaco, Fidesz en Hungría, Geert Wilders en Países Bajos, el Vlaams Belang en Bélgica…. Hay muchos matices en esos partidos, no todos ultraultras. Vox, en la línea sistémica de Meloni, no deja de crecer. GAD3 le da ya casi 70 escaños, como la mayoría de sondeos. Y también alentado por ese fenómeno de sentirse ‘ciudadanos de segunda’ en España, aunque con otros matices. El PSOE se está convirtiendo en un partido regional, catalán y vasco, apoyado en los nacionalistas. Fue allí donde resistió en 2023, con casi cincuenta escaños sobre el PP como bloque. El PSOE les ha pagado con privilegios. Desde la amnistía y la salida de los presos de ETA a la financiación con la ordinalidad y el anticipo del cupo, rompiendo la caja única. Eso indigna en la otra España, donde el PSOE se hunde. En este último ciclo ha sido ya catastrófico. En Andalucía, su viejo feudo sentimental, apenas sobre el 20 por ciento.
Sánchez presume de ser el último bastión frente a la extrema derecha, con una retórica ridículamente campanuda, como si él fuese una suerte de Astérix contra el Imperio romano: «Toda la Internacional Ultraderechista atacando a España». Y culpa de esto a «la rendición de la derecha tradicional». Es falso. Tal vez el PP sea el partido de centroderecha que más resiste en Europa. Y ahí está Vivas, en primera línea de fuego. En realidad, la auténtica máquina de fabricar votantes de Vox es el propio Sánchez. Levantó un muro para bloquear cualquier diálogo con el PP y ha jugado a la polarización para movilizar a los suyos con esa amenaza. Para esto sirve Puente a machetazos verbales o Marlaska con sus listas negras de periodistas o hablando de «violencia subjetiva» en Ceuta, esa parte abandonada de España que puede sentirse de segunda. O de tercera.