Javier Zarzalejos-El Correo
- Hay que plantearse una profunda corrección del rumbo del sistema educativo vasco y corresponsabilizar a todos los actores, padres incluidos, en un estado de cosas inaceptable
A la vista está que ni siquiera la minimización de la muestra ha servido para evitar que nuestro sistema educativo se haya despeñado en la evaluación internacional. En Cataluña fueron más directos: las autoridades educativas simplemente sabotearon el proceso para impedir males mayores que, según temían fundadamente, se iban a seguir del análisis PISA. Destituir a un cargo de segundo nivel de la Generalitat catalana haciéndole responsable del desaguisado ha parecido precio muy asequible a pagar por haberse librado del escrutinio.
Entre nosotros la respuesta ha sido variada. El abertzalismo sindical ha acusado a PISA de ser «neoliberal» y para confirmar la finura de su análisis -poniéndose la venda antes de la herida- insistía en que la solución es más inmersión, no menos, aunque sin aclarar en qué consistiría en concreto eso de más inmersión.
Otra forma de salir del trance ha sido la de culpar a las pantallas, los ‘smartphones’ y, en general, a la digitalización indiscriminada que, por un lado, instala en los escolares una distracción adictiva y, por otro, erosiona hábitos esenciales como el de la lectura y la comprensión de un texto que supere la extensión de un post o una historia de Instagram y haya que enfrentarlo sin el entretenimiento de la imagen.
Ha habido ejemplos de la habitual facundia autocomplaciente, muy en la línea de manifestaciones como la del lehendakari que, después de algunas jornadas especialmente trágicas, nos tranquiliza afirmando que «en Euskadi no hay crimen organizado», aunque sin precisar si es porque ETA dejó de matar hace unos años. Pues bien, aquí los niños y adolescentes acumulan retrasos de cursos en comparación con sus pares -por ejemplo, en Madrid- pero sabemos que van a la escuela muy contentos, lo cual es algo, y que somos los que más gastamos en este capítulo.
En una perspectiva más combativa socialmente, a algunos les produce satisfacción malsana comprobar que los ricos tampoco aprenden mucho, ya que según se desprende del informe los resultados de los alumnos en mejor condición económica bajan notablemente, lo cual sitúa a Euskadi ante una progresiva igualación, aunque bien es verdad que solo porque se rasea por abajo.
Lo que es todavía un tabú en el que apenas se ha abierto alguna ligera grieta es el impacto de la inmersión en el rendimiento del sistema y de los alumnos y las enormes dificultades de adaptarse eficazmente a un modelo que sobre todo funciona con buen resultado para los alumnos de entornos familiares euskaldunes. De lo que PISA no habla es de la desaparición del castellano de las aulas vascas en beneficio de una enseñanza de hecho monolingüe en euskera que ignora la composición social de la población vasca, un paradigma cultural del que el castellano es parte integrante y la funcionalidad práctica y los beneficios de un bilingüismo real acorde con la realidad. PISA no habla del efecto de rechazo que generan episodios como el de la Korrika, apropiado por el extremismo nacionalista de imposición monolingüe y el clima hostil que tan bien resume ese «en castellano no te atendemos» de las fiestas de verano.
De lo que PISA no habla es de la incapacidad de las instituciones y de los actores del sistema educativo para establecer una verdadera conversación que sitúe en sus términos el problema, un problema estructural, de esos que definen el futuro del país. La inmersión es un modelo fracasado que ni sirve para favorecer la integración, ni facilita el rendimiento escolar. No, no es el único factor que explica el fracaso, pero, desde luego, es la premisa sin la cual no se explica el descalabro. Y, por cierto, tampoco sirve para crear una identidad vasca modelada según el credo nacionalista. Esa pretensión de hacer nacionalistas en la escuela, típica de los nacionalismos decimonónicos, ya no puede controlar un entorno comunicativo global y digital, radicalmente descentralizado y diverso en contenidos y opciones. Por eso, el fracaso en la escuela se intenta superar con la apelación no ya a aprender en euskera -que no está al alcance de una gran mayoría según hemos podido comprobar- sino a «vivir en euskera», lo que delata el propósito totalizador de los que convierten el idioma en vehículo identitario excluyente.
Hay que plantearse muy seriamente una profunda corrección del rumbo del sistema educativo vasco y corresponsabilizar a todos los actores, padres incluidos, en un estado de cosas que es inaceptable. La educación no es un juego de ingeniería social ni basta con jactarse del mucho dinero que se gasta cuando ese dinero, en vez de resolver el problema, lo está financiando.