Pedro Chacón-El Correo
Los tiempos que vivimos en política tienen una característica esencial: los partidos políticos que los gestionan y que en el País Vasco son mayoritarios, PNV, Bildu y PSE, creen estar enraizados en el pasado de unas tradiciones perfectamente identificables, en particular PNV y PSE, pero que ya no ejercen ninguna influencia en sus políticas del presente. La distancia del PNV respecto de sus orígenes es proverbial: quitándole lo de que Euskadi es la patria de los vascos, todo lo demás es casi lo contrario de lo que ese partido representaba en su origen. En el caso del PSE, tampoco hay ya un proletariado al que defender, de procedencia mayoritaria del Ebro para abajo, enfrentado a cara de perro a los partidos de derecha, tanto autóctona como estatal. Y qué decir de EH Bildu, que ha pasado (o quiere pasar) de representar la mayor lacra autodestructiva que cayó sobre este país en toda su historia a pretender encarnar la sabiduría y la virtud vascas con el añadido de la paciencia del Santo Job: una metamorfosis que ni la del gusano de la seda.
Estos tres partidos, que están ahora negociando en secreto (eso dicen) la renovación del Estatuto de Autonomía, lo que ellos llaman el nuevo estatus, se rigen sobre todo por el principio diferenciador de contraponerse en bloque al otro polo ideológico que en el País Vasco está capitidisminuido pero que en el resto de España es dominante. Hablamos del mundo de la derecha política a la que, desde la Ley de Memoria Histórica de Zapatero (el mismo que ahora anda enredado con sus joyas), se la relaciona indefectiblemente con el franquismo, como si no hubiera habido antes derecha alguna. Bien es verdad que durante cuarenta años la derecha dominó la historia de España. Pero desde que murió Franco ya han pasado cincuenta años. Es lo que tienen los mitos, y el del franquismo es muy útil porque alimenta la diferenciación ideológica: ser de derechas, o sea facha, es lo peor, sin tener que entrar en más detalles.
De modo que hemos llegado a un punto en el que la singularidad vasca (y lo mismo la catalana) ha pasado a ser ideológica más que identitaria. Por mucho que PNV y Bildu recurran a la identidad, eso que ellos llaman identidad es una mera apariencia de lo que fue: una construcción pseudocultural, más voluntarista que real, a base de un idioma que se defiende más que se habla y con el único objetivo de estigmatizar a España. Y el PSE-PSOE se ha sumado a esta tendencia casi por inercia porque tampoco elaboró nunca una idea propia de lo que es España. Los vascos somos diferentes porque somos progresistas y, por tanto, muy poco o nada españoles. Una singularidad tan ideologizada no tiene un soporte firme en la realidad (es el signo de los tiempos) y pretender construir con ella un nuevo estatus para las generaciones venideras se antoja una empresa volátil e inestable como pocas.