Miquel Escudero-El Correo
Dice el Eclesiastés que «no hay nada nuevo bajo el Sol». Pero las historias pasadas nos acompañan, permitiendo interpretar el presente e imaginar el futuro. Vayamos a la población de Minersville (Pensilvania), es 1935 y un niño de diez años se niega a rendir homenaje a la bandera, como es práctica diaria antes de iniciar las clases. La maestra le intenta obligar, pero el niño se resiste. Al día siguiente, su hermana mayor va a hacer el mismo gesto de rebeldía. Sus padres son testigos de Jehová y entienden que saludar a la bandera es idolatría: apelan a que en el Éxodo (otro libro de la Biblia) se dice que no podemos tener más divinidad que Jehová.
Los niños acabaron siendo expulsados del colegio y el homenaje a la bandera pasó a ser de obligado cumplimiento. El Tribunal Supremo refrendó esa medida. Levitsky y Ziblatt, profesores de Políticas de Harvard, resumieron aquellos sucesos: «Se otorgó prioridad a las preferencias de la mayoría de la ciudadanía frente a la libertad individual de conciencia», destacando que las mayorías pueden ser abusivas y peligrosas. Cinco años después, una muchedumbre de Kennebrunk (Maine) prendió fuego a un salón del reino de los testigos de Jehová.
En 1943, el Tribunal Supremo corrigió la decisión que tomó tres años antes, argumentando que los ‘tiranos elegidos por el pueblo’ pueden cometer un asalto contra los derechos en nombre de una mayoría. Y que esto nunca es aceptable.
No puede admitirse la obligación de comulgar con lo que no se cree o se ve discutible, pero, del mismo modo, tampoco es admisible ofender los sentimientos y creencias de los demás, insultando, escupiendo o quemando sus banderas.