Jesús Cuadrado-Vozpópuli

  • No es que este sea, como dicen, un buen momento, sino que cada día que pase, irremediablemente, será aún peor

Tras las manifestaciones -¡sin una sola bandera de España!- ¿ahora qué? Desde el propio Gobierno, y al modo bolivariano, se fabricó un “estallido social” con el propósito de disimular un fracaso como una catedral en política de vivienda. Tras ocho años al mando, la ministra Isabel Rodríguez subió a la tribuna del Congreso para leer un discurso anticapitalista. Los socialistas, como mercenarios sin bandera propia, asumen así ideas de otros, unen su suerte a quienes hablan de lucha de clases entre caseros e inquilinos y proponen como solución dinamitar el mercado. Mira tú, el PSOE ingresa en la Internacional comunista con cien años de retraso. En fin, Pedro, resígnate: Puigdemot te lo dio, Pugdemont te lo quitó.

Ha dicho este presidente, ya en capilla, que él está “del lado de la gente de a píe”. En un contraste entre qué dicen los ceutíes y qué los acampados en Sol, podría deducirse  lo que entiende por gente normal el Sánchez que abandonó a Ceuta. Más le valdría hacerse cargo de ocho años de gestión en los que se comprometió con solemnidad a convertir el derecho a la vivienda en el quinto pilar del Estado del bienestar -¡ahí es nada!- y a alcanzar el 20% de viviendas sociales, para terminar convirtiendo el problema en la primera preocupación de los españoles y seguir con un raquítico 3% de viviendas sociales. Para calibrar el desastre sanchista, con datos OCDE para este indicador, la media de los países de la UE es del 8% y algunos como Dinamarca superan el 20%. ¿Gente de a píe? Lo que dice el Banco de España es que con esos dos decretos “milagro” disminuiría “la oferta de nuevas viviendas de alquiler” y perjudicaría en primer lugar a los más débiles.

Sermones soviéticos

Ahora intentan ocultar el fiasco de ocho años con el recurso estrella del sanchismo: la mentira. Hace unos días, el portavoz más habitual de Jueces para la Democracia utilizaba como argumento para defender los decretos que en España se protegía demasiado la propiedad privada, más que  en Suecia, remataba. ¡Falso! Como explica el historiador chileno-sueco Mauricio Rojas (Reinventar el Estado del bienestar), en ese país “socialdemócrata” las leyes obligan a indemnizar las expropiaciones con un plus del 25% sobre el valor de mercado para evitar abusos confiscatorios. Si un piso, por ejemplo, se valora en 400.000 euros, debe indemnizarse con 500.000. Es la base del éxito nórdico: apoyo a la empresa y nada que ver con comunistas, como demuestra el  Nobel Daron Acemoglu (El pasillo estrecho). En España, quienes vetan las políticas nacionales, si ganaran las próximas elecciones, mal iban a poner en marcha una política nacional de vivienda. ¡Mentiras y mentiras!

Dejando aparte sermones soviéticos, poner en píe -¡al fin!- una política  de vivienda en serio es imposible sin estabilidad institucional. Nadie negará a estas alturas que, con la mayoría de la que depende Sánchez, la inestabilidad está garantizada. Los medios sanchistas critican las posiciones de los socialdemócratas nórdicos sobre inmigración como una “derechización”.  A los del Muro, les sorprende que exista un consenso básico en políticas de Estado, incluida vivienda, entre centroderecha y centroizquierda. En Suecia, la reforma del sistema de pensiones, convertido en un referente mundial de viabilidad, fue un plan iniciado por los conservadores y seguido y potenciado por los socialdemócratas en los años 90. En España, con el sistema en quiebra, se han desterrado de la conversación pública los debates del Pacto de Toledo, sustituidos por los del cupo catalán.

Vender el país

En una mirada al mapa político actual de Europa, la clasificación más relevante no es izquierda-derecha, sino estabilidad-inestabilidad. En Polonia, la estabilidad institucional depende de un partido de centroderecha; en Dinamarca o Suecia, de la alternancia entre centroizquierda y centroderecha; en Italia, de Meloni en alianza con la derecha moderada; en Alemania, de momento, de una alianza de centroderecha con centroizquierda; en Francia, si gana Le Pen, tendría que pactar con la derecha republicana. En España, descartado un Partido Socialista enrolado sin remedio en la ultraizquierda, la estabilidad pasa, sí o sí, por un gobierno de Alberto Núñez Feijóo, dependiente del apoyo de Santiago Abascal, con el peso que decidan los españoles. Tengas ideas más de izquierda o más de derecha, para el interés general, incluida la sostenibilidad del Estado del bienestar en riesgo, no puedes ignorar que esa será la opción realmente existente de gobernabilidad. Quienes quieran vender al país que se puede implementar alguna política nacional, especialmente de vivienda, desde un proyecto plurinacional, apoyado por Sánchez, Otegi, Junqueras y etcétera, quieren engañarte.

¿Y ahora, qué? Sánchez inició una “reflexión presidencial” de fin de semana, otra, con la esperanza de ver las calles llenas en apoyo a “su persona”. Sigue la senda del comunista Mélenchon en Francia, que apuesta por el caos para lograr un triunfo electoral imposible. Curiosamente, ambos son los políticos que más rechazo provocan en sus países (62% y 67%). Las manifestaciones del pasado sábado fueron una invitación a Sánchez para que convoque a las urnas ya. Si no lo hiciera, el Partido Socialista sufriría una sangría diaria de votos, como saben todos sus dirigentes y candidatos, interesados en salvar los muebles. No es que este sea, como dicen, un buen momento, sino que cada día que pase, irremediablemente, será aún peor. Si no convoca hoy, solo podría explicarse por el pánico que le provocan las investigaciones judiciales. Quien no puede aguantar ni un minuto más es  España.