Manuel Cruz-El Correo
- Tal vez todos los políticos no sean iguales, pero se comportan de manera demasiado parecida
No sería bueno que la volatilidad de las cuestiones que se plantean en el espacio público provocara que diéramos por amortizadas -y, por tanto, renunciáramos a volver a pensar sobre ellas- algunas de incuestionable gravedad democrática. Por más que la actualidad mande y acapare casi en régimen de monopolio nuestra atención, hay cosas que conviene no olvidar, sobre todo porque constituyen todo un síntoma de la naturaleza profunda de nuestra situación actual. Pienso en hechos como el de que, hasta hace pocos días, pudieran presumir de colaboración con la justicia algunos responsables de formaciones de izquierda investigados por «desestabilizar» causas judiciales (antesala del delito de obstrucción). Sin duda era este un hecho que a un ciudadano ingenuo (o poco maleado) le generaba tanto estupor como el que un partido de la oposición se rasgara las vestiduras por una conducta del gobierno idéntica a la que él tuvo en el pasado, cuando estaba en el poder (el llamado caso ‘Kitchen’, claro está).
No descarto que los políticos que así actúan tengan una difusa conciencia de sus contradicciones, y sea esa precisamente la razón por lo que parecen fiarlo todo a la estrategia de presentarse como un mal menor en comparación con sus adversarios. No parecen ser conscientes estos «minoristas» (o, peor aún, en el caso de serlo no parece importarles gran cosa) de lo que su estrategia comparativa tiene de un reconocimiento de culpa que tan sólo persigue la benevolencia del futuro votante apelando a la atenuante del inferior tamaño del delito. Pero muy benévolo ha de ser dicho votante como para que un planteamiento así consiga el efecto persuasivo buscado. No es de recibo apelar indefinidamente al argumento de que la alternativa sería peor, sobre todo cuando no hay motivos que justifiquen que la propia sea mala. El ciudadano que vota a un determinado partido no lo hace para que este tenga idéntico comportamiento que el partido contrario solo que en menor medida, sino para que no lo tenga en absoluto o, si es posible, para que haga justamente lo opuesto que aquel.
No hemos desembocado aquí por casualidad, sino que, de algún modo, este desenlace puede considerarse una desembocadura del pasado. En especial de ese «todo vale» en el que parece haberse convertido la confrontación política desde hace ya demasiado tiempo, sin más horizonte que el desgaste del adversario a cualquier precio. Pues bien, son los que se comportan en el espacio público con la misma lógica política de confrontación que aquellos a los que declaran sus enemigos irreconciliables los que vienen obligados a rendir cuentas por su semejanza. Endosar el reproche de antipolíticos a los pobres ciudadanos que se limitan a lamentar que todos los políticos se parezcan tanto es lo más parecido a matar al mensajero.