Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli

  • Francia no necesita partidos populistas porque todo el país es populista

Hay tópicos ciertos, como que Francia es uno de los mejores países del mundo por sus bellas ciudades y campos, su riqueza económica y cultural, y lo que llaman joie de vivre, alegría de vivir. O lo llamaban. Desde hace años Francia se esfuerza por desterrar esta imagen envidiable y ofrecer la de una caldera a punto de explotar. Las imágenes muestran una sociedad indefensa, un Estado incapaz y bandas juveniles barbarizadas (con mucho hijo y nieto de inmigrantes, pero con no menos francesitos puramente galos) capaces de incendiar institutos y ayuntamientos, saquear e intentar prender fuego a bomberos, policías e incluso a peatones que osan recriminarles. Todo esto con pretextos políticos absurdos: el abandono de la educación y el alto coste de la vida, que al parecer soluciona el saqueo de tiendas de lujo.

Algunos problemas franceses son comunes a toda Europa, y otros son más idiosincrásicos. Por eso mismo el peligro de contagio es, a la vez, probable e improbable. España, por ejemplo, se parece en muchas cosas, pero en otras no pueden ser más diferentes: centralismo y descentralización del Estado, o gasto militar y peso internacional.

La tradición estatista e insurgente

El brillo de la civilización francesa ha eclipsado su muy lamentable historia política, cuna de un fenómeno muy suyo: la exigencia de que el Estado se ocupe de todo, y la simultánea aversión a la autoridad pública. Desde 1789 intentan constituir un Estado fuerte, centralizado y unitario hasta el absurdo. A la vez, la sociedad francesa ha sido educada en el principio de que la voluntad del pueblo, no la Constitución política, es la única fuente de legitimidad, como sostuvo Danton para legitimar las matanzas jacobinas (hasta que perdió su propia cabeza).

Esta ideología populista reaviva las revueltas que asolan Francia cada generación. También el paradójico desafecto a un Estado al que, a la vez, se le exige todo y de la mejor calidad posible, haciendo imposible una política no ya de austeridad, sino de puro realismo: la república debe ser una superpotencia militar (grandeur), sostener la ley laboral más paternalista y anticompetitiva del mundo (jubilación antes de los sesenta y semana laboral de 35 horas), la seguridad social más despilfarradora, y la educación pública más laica, mimada y republicana, capaz de asimilar cualquier minoría: un fracaso explosivo. De cada 100 € producidos en Francia, una de las grandes economías del mundo, 57 € se van a ese Estado elefantiásico que todo el mundo detesta: agricultores, funcionarios, estudiantes, inmigrantes, clase media… todos subvencionados con una inmensa y expansiva deuda pública.

El país no se la puede permitir, ni podría sin el sostén de la Unión Europea; está al borde de la quiebra, como la Grecia demagógica de Tsipras en 2009. Francia no necesita partidos populistas porque todo el país es populista: ningún político que defienda un plan de recorte de la deuda y gasto público realista tiene la menor oportunidad, porque se supone que el Estado debe y puede sacar dinero del aire, según demagogos izquierdistas como Piketty y Mélenchon. En fin, Francia es el Edén del radicalismo pequeño-burgués que pretende ser anarquista o comunista sin dejar de vivir por todo lo alto.

La alianza extrema izquierda – islamismo

Para entender el peso de la extrema izquierda y el odio irracional al capitalismo conviene recordar que Francia es el país donde se inventaron. Los primeros comunistas fueron franceses, del Babeuf jacobino a las Comunas de París de 1848 y 1871. El lema podría ser: todo del Estado, pero contra el Estado. Desde entonces Francia no ha pasado treinta años seguidos sin amago de revolución, rebelión o guerra civil. La última vez que casi estalla fue a propósito del fracaso de la Argelia francesa, origen del problema inmigrante: millones de míseros musulmanes que la metrópoli necesitaba para las fábricas y el ejército, pero que nunca trataron como a verdaderos franceses pese a la retórica republicana de igualdad y fraternidad.

Poco antes del derrumbe de 1940, los miles de exiliados europeos refugiados en Francia desde el centro, este y sur de Europa coincidían en algo: las clases altas y medias francesas odiaban más a los refugiados que a la amenaza nazi, lo que explica el hundimiento: no querían luchar por la república, sino rendirse para seguir su vida en los cafés y restaurantes de París. Lo relata a la perfección Suite francesa, de Irène Némirovsky, y las historias de maltrato y odio que contaba mi abuela de cuando en 1937 metieron en un tren cerrado ruinoso, de Burdeos a Barcelona, a cientos de familias españolas que huían de la guerra civil.

Una extrema izquierda con pedigrí de heroísmo -las viejas revoluciones, la resistencia al nazismo y otros mitos- ha encontrado en el fracaso con los nietos e hijos de inmigrantes africanos y magrebís la ocasión de renovar el asalto al poder. A falta de proletariado insurgente, las bandas juveniles de saqueadores crónicos de la banlieue marginada (barriadas para inmigrantes) pueden ser lanzadas contra el Estado, empeñado en no reconocer un fracaso de difícil remedio: jóvenes nacidos en Francia que nunca se reconocen como franceses y adoptan el islamismo como identidad propia y alternativa a la odiada francesa.

El Podemos francés de La France Insoumise, mucho más poderoso que el español, aspirante a ganar las elecciones a los fachos de Le Pen, explota a fondo la oportunidad. La imagen que resume todo son las banderas islamistas y palestinas en manifestaciones, saqueos e incendios. El islamo-izquierdismo también es invento francés (con precedentes en Estados Unidos: el movimiento de las Panteras Negras y Malcolm X).

Peligro de contagio

Detrás de todo esto hay también años y años de agitprop, en redes sociales e industria cultural, de origen ruso, iraní y seguramente chino. Francia no sólo es fácil de desestabilizar, sino pieza maestra de la Unión Europea y Occidente. El incendio francés puede propagarse a sus vecinos. Y atención: España es el único que, además, sufre un Gobierno que desea un incendio a la francesa (véase Ceuta, Puerta del Sol, facilidades a la extrema izquierda e islamistas), pero contra la oposición y controlado por ellos, vana estupidez.

La paradoja final es que el gran beneficiado puede ser el Rassemblement National de Marine Le Pen, superando por fin el cordón sanitario de los otros populistas. Pero prometen expulsar millones de musulmanes inasimilables en vez de recortar deuda y gasto público, el gran tabú. Sin embargo, son franceses, aunque no quieran, y nadie los va a acoger. Es otra vía al fracaso crónico.