Elena Moreno Scheredre-El Correo
- Te pillan desprevenida las campañas, sin saber muy bien qué escudo te protegerá de la matraca y la mentira
Una tiene tendencia a detectar las amenazas días antes de sentir la sombra que proyectan. Hemos aprendido a cuidarnos, a caminar por el fresco, o por el lado soleado de la vida dependiendo de la estación. Ya no llevamos tacones y vestimos ropa cómoda. Somos más sabias y evitamos a los tontos, nos arrimamos a los bondadosos y somos generosas con quien nos hace reír. Finalmente compartimos lo mejor que tenemos con nuestros amigos y tenemos un radar instalado en el sentido común, que nos hace retirarnos a nuestros aposentos cuando las palabras dejan de ser inocentes.
La vida, cuando es larga, impone cautelas, y dosifica la inocencia de tener la tentación de creer en los peces de colores o en los mágicos poderes de los astros. Y es fantástico descubrir que sigue siendo interesante recorrer los caminos, pero a pesar de todas estas sabias adquisiciones y cuidados, las campañas electorales te pillan desprevenida, con la ropa de verano a medio guardar y sin saber muy bien cuál de los escudos que posees te protegerá de la matraca y la mentira de quien codicia el poder.
Estos días se abren las puertas de ese supermercado donde se exhiben los políticos haciendo volteretas para que los elijamos de nuevo, y de toda la ingente y tóxica información que verterán para convencernos de que piensan en el bien común, se colocarán en los escaparates con la ropa de esport, los besos de cartón piedra, las funcionales mochilas y las oraciones de los malvados. Debajo de su ‘outfit’ conquistador, llevarán esas corazas que los romanos se ponían para la batalla, petos a prueba de ataques de humanidad, una ‘lorica squamata’ o musculada como la que llevaban Ben Hur y Mesala para no contagiarse con la verdad de los ciudadanos.
Ya conocemos el reparto, si bien hay delicadas sorpresas como la de Irene Montero, que anuncia su vuelta al ruedo. Llevábamos un tiempo sin verle fruncir el ceño, sin que nos amonestara por ser idiotas, desinformados y desconocedores de cómo era la vida para las mujeres. Resultaba tranquilizador no esperar sus consignas, que se empeñara en rescatarnos de la ignorancia. Desde su retiro dorado en la Unión Europea se le había pasado aquel empeño de madre superiora con el que se paseó por nuestras vidas. Sin ella, habíamos seguido viviendo sin tener que caer sobre su enfado congénito, sin su tenacidad a lo Juana de Arco dando la vara como si no hubiera un mañana. Pero no hay paz para el impío, o la impía en este caso (que soy yo) y mi heroína aparece sonriendo en un cartel, con cara de no haber roto un plato, como si el tratamiento fotográfico la hubiera convertido en una inglesa dispuesta a servirnos un té con pastas.
Miraba estos días el mapa europeo con ganas de escapar del dulce noviembre, pero las calles no admiten paseos y lo que más bien conviene es meditar sin prisa a quién entregaremos las llaves del reino.