Editorial-El Correo
- El presidente logra su cuarto mandato frente a un rival confiado y ahora deberá negociar reformas económicas con un Parlamento conservador
La espectacular remontada de Luiz Inácio Lula da Silva parecía casi imposible después del revés de la primera vuelta de las presidenciales. La ventaja obtenida hace tres semanas por su rival extendió tal exceso de confianza en las firmas de sondeos, los mercados y el equipo de Flávio Bolsonaro que este domingo se demostró fatal para el aspirante. Si el Tribunal Supremo, el Parlamento y líderes latinoamericanos ideológicamente distantes reconocen el triunfo de Lula, el empeño del ultraderechista por alentar sospechas sobre la jornada electoral lo retrata como un mal perdedor. También su candidatura pidió más tiempo para votar por meteorología adversa, mientras gobernadores afines dejaban sin autobuses a los electores. Y las 34.000 papeletas depositadas en la prórroga resultan irrelevantes en una distancia de 4,4 millones de sufragios.
Después de la ronda inicial, Flávio Bolsonaro se creyó ganador pero el equipo de Lula se negó a rendirse. El agradecimiento del presidente a su gurú André Janones subraya el esfuerzo de superar el sesgo de las grandes tecnológicas con una cuenta de Whatsapp que reunió a 10 millones de seguidores, el mismo número de electores que ganó el líder del Partido de los Trabajadores en la segunda y definitiva vuelta. Lula seguirá en Planalto gracias a una participación excepcional de casi el 81%, su avance en las grandes ciudades y el respaldo de las mujeres. El deseo de cambio que se atribuía al electorado quizá se habría materializado con un candidato cuya primera urgencia no fuera librar a su padre de la cárcel; Bolsonaro ofendió además al sector de electores veteranos al burlarse de la discapacidad de un rival de 80 años.
No solo la empatía volcó hacia Lula a los votantes de más edad, atraídos sobre todo por su derroche de promesas sociales, sin respaldo presupuestario claro en un país que con una deuda del 80% del PIB y un insostenible déficit del 10%. El último mandato del presidente no será fácil, las inevitables reformas tendrá que negociarlas con el Congreso más conservador de la historia.
Entretanto, Brasil gana con la continuidad de Lula y refuerza junto a México el muro de autonomía diplomática donde se estrella el patrocinio de Donald Trump a la extrema derecha en el continente. La izquierda brasileña, todavía con el resto pendiente de la desigualdad, dispone ahora de cuatro años para relevar a la figura política que define el último medio siglo de la historia del país.