Quien más quien menos ya se habrá hecho una composición de lugar mucho más reposada de la que le pueda proponer una campaña a cara de perro Yo no puedo. Pero usted sí. Sé que es difícil. Para algunos casi tanto como dejar el tabaco; o el alcohol. Pero se puede. Hace falta una notable dosis de voluntad. Y de disciplina. Por la mañana, al salir de la ducha, emisora musical, de las que no emiten boletines de noticias. En el coche, lo mismo. Por la noche, después de cenar, una serie, o una peli. ¿Y en el móvil? Un podcast de historia. Cuanto más antigua mejor. De romanos, por ejemplo. O de ciencia, que uno descubre cosas asombrosas. Pero abandone esta campaña tóxica. Si descontamos la pandemia, el mes que tenemos por delante hasta llegar el 29 de noviembre a las urnas va a ser uno de los más largos de nuestras vidas. Largo y acibarado, porque ha empezado mal y no hay la menor posibilidad de que no termine peor. No hay la menor posibilidad de que aprendamos algo nuevo en estos treinta días. Al revés, corremos el riesgo de caer en un profundo estado confusional que acabe derivando en depresión. Lo digo en serio. En estos tres años, quien más quien menos ya se habrá hecho una composición de lugar mucho más reposada de la que le pueda proponer una campaña sincopada, a cara de perro, en la que promesas, insultos y mentiras descaradas van a caer como una lluvia de drones sobre las cabezas de un electorado cada vez más escandalizado y perplejo, y sin que exista ninguna contramedida capaz de separar el polvo de la paja y ponerle freno. Debates con el volumen silenciado Las batallas a campo abierto en las redes, la violencia irresponsablemente tolerada como mecanismo movilizador de la ultraderecha y los bochornosos espectáculos de verbena mitinera, dibujan un escenario en el que es imposible el contraste de pareceres y en el que parten con enorme ventaja los más acérrimos. Porque no interesa que haya espacio para la racionalidad, y lo que desde el poder se busca es llevar el debate (el no debate) al exclusivo terreno de las emociones. Hay quien necesita empujar la contienda fuera de la realidad. Que no se hable de verdad de inmigración, de las pensiones, de las razones que han reduplicado el problema de la vivienda, del fracaso en la gestión de aquello para lo que algunos presumían estar más dotados: la redistribución de la riqueza. De ahí el incremento de la tensión, de nuevo el miedo a lo que pueda venir como el único activo electoral para obrar el milagro. Solo que esta vez quien avisa del peligro está más cerca del rol de un Jim Carrey sobreactuado que del de un Che Guevara. Huyan. Háganme caso. Como mucho, si algún día tienen mono, vean un debate entre candidatos. Pero pongan a cero el volumen. Escruten las caras, los gestos. Déjense guiar por la comunicación no verbal. Ahí van a encontrar más verdad que en cualquier declaración pomposa, que en cualquier promesa. Huyan. Se evitarán una más que segura pérdida de tiempo; y unos cuantos sofocos. ¿Otra vez os vais a tapar la nariz? Huyan, porque la incógnita esencial que debemos resolver -y la que más pesará en el voto de la mayoría-, ya sabemos cuál es. Si a Pedro Sánchez le dan los números (o quizá sea más exacto decir si no le dan a Núñez Feijóo) para repetir en el Gobierno, o si le darán al Partido Popular para llegar a La Moncloa gracias al apoyo de Vox. Si las encuestas aciertan, la única duda que van a despejar las urnas es cuál será el peso de los de Abascal. Lo curioso del caso es que quienes pueden ser determinantes para definir la futura trascendencia de esta variable son, en buena parte, los mismos que en 2023, en lugar de quedarse en casa, votaron a Sánchez tapándose la nariz. En las manos de ese millón largo de electores podrían ahora descansar dos consecuencias no menores: el mayor o menor grado de supeditación a Vox de un futuro gobierno de Feijóo y si el resultado de Sánchez es el que se precisa para provocar o no un cambio de rumbo en el PSOE. Yo no puedo, pero usted sí. Aléjese de ruido. Su voto será mucho más racional. Y valioso.
Yo no puedo. Pero usted sí. Sé que es difícil. Para algunos casi tanto como dejar el tabaco; o el alcohol. Pero se puede. Hace falta una notable dosis de voluntad. Y de disciplina. Por la mañana, al salir de la ducha, emisora musical, de las que no emiten boletines de noticias. En el coche, lo mismo. Por la noche, después de cenar, una serie; o una peli. ¿Y en el móvil? Un podcast de historia. Cuanto más antigua mejor. De romanos, por ejemplo. O de ciencia, que uno descubre cosas asombrosas. Pero abandone esta campaña tóxica.
Si descontamos la pandemia, el mes que tenemos por delante, hasta llegar el 29 de noviembre a las urnas, va a ser uno de los más largos de nuestras vidas. Largo y acibarado, porque ha empezado mal y no hay la menor posibilidad de que no termine peor. No hay la menor posibilidad de que aprendamos algo nuevo en estos treinta días. Al revés, corremos el riesgo de caer en un profundo estado confusional que acabe derivando en depresión.
Lo digo en serio. En estos tres años, quien más quien menos ya se habrá hecho una composición de lugar mucho más reposada de la que le pueda proponer una campaña sincopada, a cara de perro, en la que promesas, insultos y mentiras descaradas van a caer como una lluvia de drones sobre las cabezas de un electorado cada vez más escandalizado y perplejo, y sin que exista ninguna contramedida capaz de separar el polvo de la paja y ponerle freno.
Debates con el volumen silenciado
Las batallas a campo abierto en las redes, la violencia irresponsablemente tolerada como mecanismo movilizador de la ultraderecha y los bochornosos espectáculos de verbena mitinera, dibujan un escenario en el que es imposible el razonable contraste de pareceres y en el que parten con enorme ventaja los más acérrimos. Porque no interesa que haya espacio para la racionalidad, y lo que desde el poder se busca es llevar el debate (el no debate) al exclusivo terreno de las emociones.
Hay quien necesita empujar la contienda fuera de la realidad. Que no se hable de verdad de inmigración, de las pensiones, de las razones que han reduplicado el problema de la vivienda, del fracaso en la gestión de aquello para lo que algunos presumían estar más dotados: la redistribución de la riqueza. De ahí el incremento de la tensión, de nuevo el miedo a lo que pueda venir como el único activo electoral para obrar el milagro. Solo que esta vez quien avisa del peligro está más cerca del rol de un Jim Carrey sobreactuado que del Che Guevara.
Huyan. Háganme caso. Como mucho, si algún día tienen mono, vean un debate entre candidatos. Pero pongan a cero el volumen. Escruten las caras, los gestos. Déjense guiar por la comunicación no verbal. Ahí van a encontrar más verdad que en cualquier declaración pomposa, que en cualquier promesa. Huyan. Se evitarán una más que segura pérdida de tiempo; y unos cuantos sofocos.
¿Otra vez os vais a tapar la nariz?
Huyan, porque la incógnita esencial que debemos resolver -y la que más pesará en el voto de la mayoría-, ya sabemos cuál es. Si a Pedro Sánchez le dan los números (o quizá sea más exacto decir si no le dan a Núñez Feijóo) para repetir en el Gobierno, o si le darán al Partido Popular para llegar a La Moncloa gracias al apoyo de Vox.
Si las encuestas aciertan, la duda principal que van a despejar las urnas es cuál será el peso de los de Abascal. Lo curioso del caso es que quienes pueden ser determinantes para definir la futura trascendencia de esta variable son, en buena parte, los mismos que en 2023, en lugar de quedarse en casa, votaron a Sánchez tapándose la nariz.
En las manos de ese millón largo de electores podrían ahora descansar dos consecuencias no menores: el mayor o menor grado de supeditación a Vox de un futuro gobierno de Feijóo y si el resultado de Sánchez es el que se precisa para provocar o no un cambio de rumbo en el PSOE.
Yo no puedo, pero usted sí. Aléjese de ruido. Su voto será mucho más racional. Y valioso.