Editorial-ABC

  • España se merece un Gobierno que asuma sus responsabilidades y no se aferre al poder a costa de los intereses de la nación

El siniestro de Urda y la gestión previa y posterior de la crisis suponen el evidente ocaso de un Gobierno que ha permanecido demasiado tiempo en el poder y del relato que Sánchez ha intentado imponer desde su llegada a la Moncloa. Asistimos estos días al colapso de las estructuras narrativas a las que el Ejecutivo ha dedicado ímprobos esfuerzos, muchos más que los destinados a la gestión eficiente, leal y cabal de sus responsabilidades. El peligroso empecinamiento de Óscar Puente y del presidente en no asumir las más mínimas responsabilidades políticas por la catástrofe ferroviaria a la que hemos asistido incide en uno de los principales defectos de este Gobierno: su empeño en no dar cuenta de sus errores y en sostener artificialmente una imagen de éxito y una vanidad impostada cuyo violento derrumbe estamos presenciando.

Sánchez intentó, y por momentos consiguió, dibujar narrativas triunfantes que no se correspondían con la realidad de su ejercicio de gobierno. Pero el truco ha terminado por desvelarse de la manera más cruenta. La realidad siempre acaba imponiéndose a las falsedades y deja al descubierto los mecanismos del artificio. Si durante años el Gobierno se ha erigido en portavoz de la defensa de lo público, el siniestro de Urda, sumado al reciente accidente de Adamuz, pone sobre la mesa la erosión a la que el PSOE ha sometido las infraestructuras y los servicios públicos de nuestro país, hasta volverlos irreconocibles y quebrantar, como el propio presidente reconoció, la confianza de los españoles en su sistema ferroviario. La alta velocidad, que fue motivo de orgullo de nuestra nación, se ve hoy arrastrada por la falta de gestión, la insuficiencia de inversión, el enchufismo y la ceguera del ministro de Transportes y de la Moncloa a la hora de despreciar las señales de alarma y las quejas de profesionales y usuarios que habían advertido del deterioro que precedió a la tragedia. Resulta difícil sostener que el PSOE pretenda erigirse una vez más en defensor de las políticas sociales durante la próxima campaña electoral cuando, en un contexto de bonanza fiscal, ha comprometido el funcionamiento de servicios tan elementales como el ferroviario, hasta el punto de que los ciudadanos ya no tengan la certeza de que sus trenes van a llegar a destino.

El accidente remite a un esquema de degradación de una nación entera por parte de quienes decían venir a defenderla. La Moncloa ha terminado por retratarse en tantas facetas de su labor de gobierno que hoy podemos advertir que ha destruido aquello que prometió proteger. Si el sanchismo se ha presentado como una acción política comprometida con la defensa de los trabajadores, ha terminado señalando a uno de ellos como chivo expiatorio de la tragedia del pasado miércoles. Algo parecido sucedió cuando la ‘ley del solo sí es sí’ terminó por facilitar la excarcelación de agresores sexuales y la rebaja de sus condenas, y caricaturizó la necesaria lucha por los derechos de las mujeres hasta llevarla al borde del ridículo. Si el Ejecutivo llegó al poder con la promesa de combatir la corrupción, terminó convirtiéndose en epicentro de corruptelas a todos los niveles: desde el Gobierno y el partido, su mayores políticos y hasta la propia familia del presidente. Ni un solo ámbito se libra de la sospecha o la condena.

Es hora de asumir que cualquier asunto que la Moncloa incorpora a la agenda pública termina empeorando como consecuencia de las políticas del propio Gobierno. El último ejemplo es la vivienda, un ámbito en el que el Ejecutivo no pudo resistirse a la tentación ideológica de criminalizar al propietario y acabó reduciendo la oferta de pisos, encareciendo los precios y expulsando del mercado a los inquilinos más vulnerables, precisamente aquellos a quienes decía representar. En política internacional, la pretendida defensa de la democracia de Sánchez en el gran escenario exterior terminó situándonos en el ostracismo europeo y alineando a nuestro país con miserables dictaduras y con Estados y movimientos terroristas como Hizbolá, Hamás, Irán o los regímenes bolivarianos. El siniestro de Urda es la gota de sangre que colma el vaso de un relato ficticio que el Gobierno intentó sostener con los recursos de todos los españoles y que ha terminado desmoronándose de la manera más cruel. Asistimos al final de la huida narrativa de Sánchez, alcanzado violentamente por una realidad que ha dejado un profundo dolor en toda la sociedad. España se merece un gobierno que conozca sus límites, asuma sus responsabilidades y no se aferre al poder a costa de los intereses de la nación.