José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • La renuncia sorpresa de Puente tumba la desesperada estrategia electoral de Sánchez y desarbola la campaña del Gobierno

Ya no sufrirá el “calvario” que lamentaba tras los muertos de Urda. Ya no tendrá que seguir gimoteando por las teles, escupiendo por las redes, mintiendo sobre los trenes. Inopinadamente optó por redondear el último intento de supervivencia en la rueda de Prensa tras el Consejo de ministros, donde anunció ayudas improvisadas para las víctimas y medidas de atrezzo para las vías y se sumergió después en la Diputación Permanente del Congreso con la rocosa voluntad de la permanencia. Sánchez le había respaldado durante todo el fin de semana.

La gran farsa se acabó. Su comparecencia en el Congreso parecía un mero trámite. Ponerse el casco y aguantar, ese era el plan. Todos en contra menos Bildu. Reproches muy severos, acusaciones muy duras, quizás menos de lo que se merecía. “Que bien se le da explicar por qué muere la gente en los trenes y qué mal se le da evitar que la gente muera en los trenes”, le espetó Ester Muñoz, del Partido Popular. Un rosario de trompadas implacables, una descarga de verdades para hacer justicia. Luego Pepa Millán, de Vox: “¿Usted puede dormir? ¿Usted puede conciliar el sueño con 116 muertes a sus espaldas?” Todos los socios del Ejecutivo reclamaron su salida. No hubo piedad para el malvado. Sin gestos tibios ni palmaditas en la espalda. Un unánime “váyase”. Sólo recibió el respaldo de los chicos de ETA, los fieles colegas de Sánchez.

Llega 116 muertos tarde

Y se fue. Explicó que no lo hizo tras la catástrofe porque tenía que adoptar las primeras medidas de seguridad. Como si su gestión en Adif hubiera servido para algo salvo para desmadrar los desastres. “Un ministro de Transportes de España no puede continuar en el cargo con dos accidentes de esta gravedad en menos de un año”. Ah pero, ¿con un accidente de la gravedad de Adamuz sí podía? El cinismo hasta la última hora. Ni siquiera un rapto de honestidad en la despedida. Se había defendido contra las tablas toda la tarde, como un toro herido, despachando algún intento de cornada, arrojando falsas verdades por la boca, esgrimiendo teorías recalentadas. Hasta que terminó la sesión y anunció que se iba. Incluso intentó hacerlo con un amago de impostada dignidad con su renuncia a la cabeza de lista por Valladolid para las generales. “Llega 116 muertos tarde”, apostilló la portavoz del PP.

Sánchezno se lo esperaba y, al final, lo ha dejado caer. En Moncloa pensaban que la aviesa jugada de Adamuz serviría también para Urda. Total, no pasa nada. Gritos en la oposición y gorgoritos en los psudomedios. Bueno y una denuncia ante la Fiscalía del Supremo, que también acollona. Muchos muertos son. Mucha  chulería, mucha bravuconada, mucho desplante. Insultar y vocear ha sido su actividad cotidiana, su apestosa rutina. Tuitear a mil por hora contra todo lo que se mueve, sacudir a diestro y más diestro, ofender sin pausa, navajear a modo. Era el encargo del number One tras cederle la palabra en la investidura fallida de Feijóo. Ahí detectó al mejor de sus dóberman, al más implacable de sus fieras rabiosas, al más agresivo de sus peones. Tanto vuelo le dio, tanta cuerda le soltó que incluso se llegó a creer investido para la gloria. Jugueteaba con la posibilidad de la sucesión, con asumir el delfinazgo imposible. Asomaba la patita y se ocultaba. Como un nene travieso: “Yo no he sido, yo no lo he dicho”. No gustan estas bromitas en Moncloa y menos, cuando vienen mal dadas.

La ‘ley de nietos’ de la hermana

Superó la tragedia de Adamuz con la actitud provocadora de un malhechor. Dos días compungido y luego, ya al ataque, ni una deferencia hacia las víctimas, ni un mínimo amago de pedir perdón, nada de autocrítica, un un rictus de compasión. Sólo ataques y mentiras, el eje de su libro de estilo. Todavía hay familiares que no han recibido lo que se les prometió, todavía están esperando por allí su visita y sus palabras. Es el capitán de esta colla de la chusma que ha asumido el griterío del sanchismo en esta etapa postrera, que no ha pestañeado a la hora de cumplir su papelón de la indecencia. Incluso su hermana, toda una señora fiscal, se lio la manta a la cabeza y puso en marcha la instrucción falsaria para mangonear la ‘ley de nietos’. Todo queda en casa.

Sánchez ha asumido la dimensión de la catástrofe. No podía ir a un mitin con Puente a bordo. Hasta sus más fanáticos verían la jeta del ahora dimitido cada vez que subiera el líder al estrado. ¿Alguien puede olvidarse de los 116 muertos porque haya una cita en las urnas? Sólo el gran narciso lo intentó. Mantuvo a Puente en el sillón a la espera de que hablaran las encuestas. Total, nunca pasa nada. Hasta que pasa. El PSOE se iba por el desagüe, por debajo de 90 escaños y bajando. La sombra de la fuga de Prodi en la cocorota, el pavor al gran destrozo entre las cejas. «Una situación irreversible», confesaba un diputado socialista tras la ceremonia de la inhumación del ministro. Los sindicatos de Adif y Renfe habían convocado una huelga para el día 17N contra el ministro y quien lo trujo. Una semana después del ridículo carnaval de los PinyPon de la UGT y CC.OO, esos absurdos semovientes que se la pasan zampando gambas.

Arrastrase sin dignidad

No debió asistir hoy a la reunión del Gabinete. Menos aún presentarse en el Congreso. Mucho menos, abstenerse de dimitir tras la tragedia. “No sacrificaré ni un peón”, había prometido Sánchez antes de los episodios de Ceuta. Marlaska se queda. Margarita no se mueve. Puente, inamovible en la locomotora.  Se acabó. La salida de Puente, a 24 días de las urnas, no sólo es un severo revés para el malvado líder, es quizás el anuncia del gran trastazo. Explicará ahora el caudillo en sus mítines que los socialistas son gentes de honor, que asumen responsabilidades y que actúan como no hizo el PP en Angrois y esas pavadas que ya nadie atiende y a nadie engaña. Salvo a la masa hipnotizada de siempre, que seguirá ahí, ajena al dolor y las patrañas.

“Morir, mejor si es de una vez”, decía Dickinson. No lo entendió así Puente que optó por arrastrarse penosamente por el fango y la infamia confiado quizás en que, en el sanchismo, “no pasa nada”. Demasiadas puñaladas imposibles de cauterizar. Demasiados hechos criminales imposibles de tapar. El engaño y la trampa están allí donde Sánchez va. Puente era uno de sus más fieles monaguillos. El que más ofendía, el que más graznaba. Soñaba con su papel de heredero y se ha apeado en marcha. Quizás le quedaba aún un gramo de dignidad.  ¿A quién le echará la culpa Sánchez cuando el 29-N reciba el batacazo final?