Cristian Campos-El Español
  • Ni el propio ministro de Transportes dimitido habría podido escribir una mejor coda a su lamentable obra que la que le brindó ayer martes Ester Muñoz.

Ciento dieciséis muertos nos ha costado a los españoles que Óscar Puente, claro candidato al título de peor ministro de la historia de la democracia, anunciara su dimisión.

Ciento dieciséis muertos.

Nos podría haber costado sólo cuarenta y seis si Pedro Sánchez, campeón incontestado del título a peor presidente de la historia de la España democrática, hubiera cesado a Puente cuando lo exigía la ética más elemental.

Es decir, tras el accidente de Adamuz.

Pero Pedro Sánchez decidió que le convenía más, mucho más, que Puente continuara al frente del Ministerio de Transportes. Vayan ustedes a saber si por interés personal, electoral, político, penal o crematístico. Probablemente, todo eso junto.

Así que la cuenta de muertos ha ascendido finalmente a ciento dieciséis.

Tenemos suerte, en cualquier caso, de que las encuestas que el PSOE encargó este fin de semana, tras el accidente de Urda, vaticinaran un resultado catastrófico para Pedro Sánchez el próximo 29 de noviembre. Porque si le hubieran dado un resultado «razonable», es decir en el entorno de los ciento diez escaños, hoy Puente seguiría siendo ministro.

Y a saber si la cuenta de muertos no aumentaba durante las semanas que faltan hasta la toma de posesión de Alberto Núñez Feijóo.

El sanchismo ha tensado tanto la cuerda institucional, ha llevado tan al límite las costuras de la democracia, ha forzado tanto la resistencia moral de los ciudadanos españoles, que ya hasta lo indiscutible, que un ministro con más de cien muertos sobre la mesa dimita, nos cuesta a los españoles hectolitros de sangre, sudor y lágrimas.

Todas las victorias de los españoles frente a Sánchez son pírricas: siempre acabamos perdiendo más de lo que ganamos.

Puente ha disfrutado sin embargo, en su última hora como ministro, de un lujo que yo desde luego no le habría concedido: el de que escribiera su epitafio, en vivo y en directo, una espléndida Ester Muñoz.

La portavoz del PP lo hizo con una sola frase: «Qué bien se le da explicar por qué muere la gente en los trenes y qué mal se le da evitar que la gente muera en los trenes».

Que alguien cincele eso en el mármol del mausoleo en el que yace ya la carrera política de Puente, el tuitero llamado a heredar el imperio de basura de Pedro Sánchez, como cantaban Nine Inch Nails en Hurt: «Llevo esta corona de basura, sentado en mi silla de mentiroso lleno de pensamientos rotos. Mi más dulce amigo: todos a quienes conozco se van al final, pero tú podrías heredar todo mi imperio de suciedad».

Puente se va con el epitafio de Ester Muñoz y con alguna que otra mentira de Pedro Sánchez, como la que tuiteó ayer el presidente tras la dimisión de su ministro: «Óscar Puente ha dado la cara, ha dado soluciones y, después, ha dado un paso al lado».

«Soluciones», dice, tras el segundo accidente en nueve meses en el mismo tramo de vía. ¿Qué solución es esa que tras un accidente con cuarenta y seis muertos nos lleva a un segundo accidente con sesenta y nueve muertos?

«Ha dado la cara», dice también Sánchez. La frase me recuerda algo.

En enero de este año, tras el accidente de Adamuz, Carlos Alsina dijo en Onda Cero exactamente lo mismo: «Hombre, al ministro Óscar Puente se le podrán recriminar muchas cosas, pero no que no haya dado la cara».

Lo dijo después de una maratoniana comparecencia de Puente en la que el ministro describió con meticulosa atención al detalle todas aquellas circunstancias del accidente que no decían nada en absoluto acerca del porqué y mucho menos del quién, que era por supuesto él.

Eso sí. Sobre el cómo, Puente, efectivamente, se explayó como se explayaba Fidel Castro cuando torturaba a sus ciudadanos con discursos de hasta cuatro y cinco horas de duración.

Luego, Alsina, dirigiéndose a sus tertulianos, añadió: «No he conseguido que ninguno me expliquéis en qué ha mentido Puente».

La respuesta correcta, en la mejor tradición de l’esprit de l’escalier, era que en el cómo, Puente quizá no había mentido en nada.

Pero que en el porqué y el quién, Puente había mentido como un bellaco.

Porque cuando un ministro se calla información clave y la sepulta bajo una montaña de chatarra verborreica, el ministro está mintiendo exactamente igual que si diera un dato falso.

Cosa, por cierto, que también hizo Puente en su comparecencia, como luego explicamos, entre otros medios, en EL ESPAÑOL. Pero ese es otro tema.

La réplica precisa a la pregunta de Alsina llegó, en cualquier caso, ayer, nueve meses después del accidente de Adamuz, por boca de Ester Muñoz, que se dirigía como portavoz del PP a Óscar Puente en la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados.

«Usted no es ministro para explicar accidentes, es ministro para evitarlos».

Y eso es exacto. El ministro no está para explicarnos por qué nos morimos en sus trenes, sino para evitar que nos muramos en ellos.

No parece tan difícil conseguirlo. Sólo hace falta inteligencia, profesionalidad, competencia y, claro, poner la vida de los españoles por delante de los intereses particulares de Pedro Sánchez.

Pero ahí, en las palabras de Ester Muñoz, está perfectamente explicada cuál es la responsabilidad política de un ministro.

No la responsabilidad penal, que esa está por ver. Sino la responsabilidad política.

Porque si las explicaciones sobre el cómo se produjo el accidente y se troncharon los cuerpos (recordemos que Puente llegó a medir en piernas humanas su responsabilidad por la catástrofe) bastaran para ahorrarle a un ministro la dimisión, Puente sería ministro vitalicio y al final de su vida acumularía varios cientos de españoles muertos sin mayores problemas de conciencia.

«Oiga, yo he dado la cara: por cada español muerto les he concedido una hora de rueda de prensa logorreica».

Claro que para ese tipo de explicaciones no hace falta un ministro, sino simplemente un explicaor. «A ver, que salga el explicaor del Ministerio de Transportes, que se nos han matao sesenta y nueve españoles en las vías», diría el ministro Puente mientras se fuma un Trinidad Vigía de 110 mm.

Y así, entre explicaores ministeriales y agradaores mediáticos, transcurriría plácidamente la vida del ministro Puente mientras las vías ferroviarias se llenan de piernas, brazos y cabezas de españoles. «El ministro que siempre da la cara», titularíamos tras cada nuevo accidente mortal.

El que no se consuela, en fin, es porque no quiere: el Ministerio de Transportes te mata, pero luego el titular da la cara.

Luego, Ester Muñoz dijo cosas como estas:

«Usted confunde la obligación moral de responder por sus actos con la habilidad política para intentar justificarlos».

«Quiero creer que algún día, cuando esté fuera de la política, verá esta intervención y se avergonzará. El ejercicio de cinismo y demagogia ha sido increíble».

«Su forma de hacer política, señor ministro, es nauseabunda. No ha pronunciado la palabra ‘perdón’. Y no lo ha pedido porque implica arrepentimiento y propósito de enmienda, y usted no se arrepiente de su negligente gestión«.

«No es sólo un ministro negligente, frívolo e incompetente, es que además es incapaz de empatizar con el dolor ajeno y demostrar, ni siquiera en estos momentos, un mínimo de respeto».

A Ester Muñoz la conocí en 2017 en el Senado, cuando ella era senadora por León. Me la presentó Pilar Rodríguez Losantos, nos tomamos un café en la cafetería del Senado y hablamos de Cataluña, que en ese momento ponía rumbo a un golpe de Estado que acabaría llevando a la Moncloa a un autócrata que luego ha hecho todo lo que hicieron los catalanes independentistas en su región, pero a nivel nacional.

Luego he comido alguna vez con ella. En una ocasión se toreó a una barahúnda compuesta por algunos de los mejores periodistas de este país con una facilidad que me hizo pensar que Alberto Núñez Feijóo había acertado plenamente al nombrarla portavoz en el Congreso.

Hoy, Ester Muñoz es candidata a ministra en el futuro gobierno de Feijóo.

De pocos «ascensos fulgurantes» me alegraré tanto como del de ella, si los pronósticos se confirman. Será la primera vez desde 2018 que ocupa el cargo alguien que comprende la diferencia entre un ministro que se responsabiliza de sus actos y un explicaor que rellena horas de televisión para aturdir a los semovientes habituales en su camino hacia la papeleta del PSOE.

«Dar la cara», dice el que no se atreve a darle el pésame en persona a las víctimas de su corrupción. En fin.