JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS-EL CONFIDENCIAL

  • El PP tendría que pasar de una entendible actitud resistente a otra proactiva recreando un «cuerpo de pensamiento y un proyecto político» para Cataluña

Este viernes ha comenzado la campaña electoral en Cataluña. Y ha coincidido con la sentencia definitiva de TSJC que anula el decreto de suspensión de las elecciones que se celebrarán el 14 de febrero (evitándose así la “cacicada” a la que me referí el pasado 16 de enero); con el CIS catalán –tan poco fiable como el de Tezanos– y con la salida de la cárcel, después de una decisión de perfume prevaricador y a los 50 días de que el Supremo la desautorizase, de los dirigentes políticos y sociales catalanes condenados por sedición. Un prolegómeno intenso a unos comicios en los que hay mucho en juego: si el «efecto Illa» ofrece los resultados que los socialistas esperan y no quiebra el frágil entendimiento con ERC; si los partidos independentistas renuevan la mayoría parlamentaria y se sitúan por debajo –como hasta ahora– del 50% del voto popular o lo superan; y si el PP recupera vigor y propulsa sus aspiraciones de alternativa o sigue en una línea de estancamiento después de la «jugada» de Vox en el Congreso este jueves dando oxígeno al Gobierno «social-comunista». ¡Qué cosas!

De las once elecciones autonómicas catalanas celebradas desde 1980, el peor registro electoral del PP (cuando desde 1992 se presentó con esas siglas) fue el de diciembre de 2017. Obtuvo solo 4 escaños y poco más de 185.000 votos (4,24%), en una cita electoral con una participación extraordinaria y, quizás, irrepetible: 81,94%. Incluso Coalición Popular en 1984 y Alianza Popular en 1988 fueron marcas de la derecha que obtuvieron mejores resultados: 11 y 6 escaños respectivamente. El mejor resultado de los conservadores se produjo en las elecciones de 2012: 19 diputados de 135, pasando a 11 en las de 2015 y a 4 en las anteriores. El PP tiene que volver a los dos dígitos de representación parlamentaria en Cataluña si pretende ofertarse como alternativa al PSOE a nivel nacional. Si no lo logra, o si Vox le supera –o, simplemente, le iguala–, el fracaso tendría consecuencias sustanciales.

¿Por qué el PP se ha descalabrado en Cataluña? Desde luego, es claro que en 2017 por la migración de sus votantes hacia la opción de Ciudadanos que ganó las elecciones con 36 escaños y más de 1.100.000 papeletas. Fue el resultado de la pésima gestión por Rajoy de la crisis causada por el proceso soberanista que perjudicó también al PSC. La resistencia al independentismo se aglutinó en torno a Inés Arrimadas y Albert Ribera en un episodio tan histórico como estéril porque a los naranjas les vino grande una victoria que podrían haber rentabilizado de manera más eficaz. Ahora habrá que ver el porcentaje de votos que pasan de Cs al PP y qué otro lo hace al PSC. Incluso a Vox, que tiene expectativas holgadas de entrar en la Cámara legislativa autonómica.

Hubo un tiempo –en 1996– en el que el PP, con 17 escaños (en 1995) y 12 diputados (en 1999), rompió la barrera de incomunicación con los nacionalistas vascos y catalanes. Con el llamado pacto del Majestic –un hotel en el Paseo de Gracia de Barcelona– los representantes de Aznar y de Pujol llegaron a un acuerdo amplio que incluyó el apoyo a la investidura de aquel. Fueron tiempos de una buena relación entre conservadores y CiU que implicaron, sin embargo, algunas renuncias que, al parecer, han dejado huella en el electorado españolista catalán.

Este episodio lo ha recontado Alejo Vidal Cuadras, presidente del PP de Cataluña en 1996, en un interesante libro titulado “Los años de Aznar” (Almuzara) escrito por Sergio Gómez-Alba, diputado a Cortes por Barcelona entre 1993 y 2004. El autor acredita la idea de que José María Aznar sacrificó a Vidal Cuadras –un político molesto para Pujol y el nacionalismo– para cerrar y mantener el pacto del Majestic. Según el que fuera máximo responsable del PP de Cataluña, su partido era en aquella época «capaz de aglutinar todo el voto de millones de catalanes que querían seguir siendo españoles, que rechazaban el nacionalismo, que querían una Cataluña plural y seguir siendo españoles». Y continúa: «Ese PP […] genera un cuerpo de pensamiento y proyecto político con el que muchos catalanes se identifican […] y si ese PPC no hubiera visto cortada su existencia de raíz, como hizo Aznar, y sin la posterior ausencia de Rajoy, Ciudadanos no habría nacido. Me lo han dicho a mí: ‘Nosotros no habríamos nacido; si aquel PP hubiera seguido estaríamos en el PP, y Ciudadanos no habría nacido’, y lo mismo podría decirse de Vox».

El libro de Sergio Gómez-Alba se editó en noviembre del pasado año y, por lo tanto, las reflexiones de Vidal Cuadras son muy recientes y cobran una actualidad que interpela al PP. Porque los populares –Pablo Casado se la juega– deben recrear ese «cuerpo de pensamiento y proyecto» para Cataluña que estabilice el péndulo entre el pacto del Majestic y la aplicación del artículo 155, dos acontecimientos antagónicos que han marcado las relaciones entre los conservadores y sectores muy amplios de la sociedad catalana. Se trataría de superar la etapa resistente –lógica en una situación como la actual de Cataluña– para ir a otra propositiva en línea con algunas de las reflexiones que este domingo pasado desgranó Casado en una entrevista en ‘La Vanguardia’. El presidente del PP mantuvo que «Cataluña debe tener una financiación que responda a sus necesidades» y aseguró que no se puede tener un proyecto para España sin conocer Cataluña.

Quizás sea necesario superar el síndrome del ‘procés’ en estas elecciones en las que ningún cabeza de lista estuvo implicado en los hechos de septiembre y octubre de 2017, aunque sus protagonistas aparezcan en los mítines como testimonio mucho más de su fracaso que de su perseverancia. Pero el proceso soberanista ha sido finiquitado, entre otras muchas razones, por el relevo de la clase dirigente que lo gestionó. A todos toca pasar página. De lo contrario no será solo Artur Mas el que haya sido arrojado a la papelera de la historia.