Antonio Rivera-El Correo
Va a tener razón García Page cuando significa esta legislatura por la relación dependiente del Gobierno con Puigdemont. Salvo las que ocurren por accidente, imprevisión o malas costumbres, todas las crisis que ha enfrentado Sánchez tienen que ver con el de Waterloo y su partido. Con ellos empezó este tercer mandato, al sumarles a la mayoría de investidura a cambio de la amnistía. Hace un año, Junts rompió ese acuerdo, pero sin contribuir a otro alternativo, dedicándose a exhibir la debilidad e inestabilidad del Gobierno (y de España). Su negativa a refrendar los decretos de vivienda no se explica porque sea el trasunto del Sindicato de Caseras; la misma posibilidad que el PNV o Coalición Canaria tenía para dejar pasar el primero y más básico. No lo ha hecho para hurgar en esa herida de la actual política española y para seguir mostrándose como los que doblan el brazo al Gobierno (y a España). Que un volantazo de Sánchez haga peligrar el respaldo del Constitucional a la amnistía al alterar el calendario de aplicación de su decisión final no afecta a una formación prisionera de un líder caracterizado por su egoísta nihilismo.
El Gobierno abre un proceso de reflexión y la hipótesis de un adelanto electoral cobra cuerpo. Alguna vez tenía que ser; crisis para justificarlo tiene Sánchez por docenas. Esta puede ser la buena porque focaliza en una justificación y en un debate electoral manejables; el PSOE es el que mejor puede representar una opción de amplio espectro, sin tener que elegir entre inquilinas o caseras. Pero a su izquierda no hay nada todavía: ni candidato, ni sumatorio preciso (Podemos sigue a sus cosas), ni programa, solo otro nombre esquivo (Frente Amplio). Así no sumaría una mayoría de investidura, pero sí que sería ampliamente hegemónico en la oposición a un Gobierno de derecha y extrema derecha, cada vez más inevitable. La posibilidad no es mala, y el calendario achucha porque se camina veloz hacia las municipales/autonómicas de mayo.
En todo caso, lo de Puigdemont y Sánchez tuvo desde sus inicios un aire fáustico que persiste hasta el final. Se cambiaron los votos por una amnistía que extremó la tensión entre una y otra España, la plural y la unitaria, la ocurrente y la de siempre. El catalán le cogió el gusto a contemplar el enfrentamiento entre ambas. El Gobierno y sus adláteres construyeron un relato virtuoso a partir de su particular necesidad, mientras se desangraban humillándose a cada paso y tragando diversas quinas: de un acomodaticio reparto de financiación autonómica a plenos poderes regionales para gestionar una frontera y el derecho de gentes. Todo fuera por la paz y la reconciliación entre catalanes, y por más meses de continuidad gubernamental. Ahora volvemos todos a la casilla de salida y al sempiterno Puigdemont, pero igual la cosa no da más de sí y la ocasión la pintan calva para desdecirse y situar a este personaje y a su partido donde todos sabíamos que estaban. Todos menos la fingida ignorancia del presidente.