Una de las cuestiones más interesantes de este tiempo es prever en qué manera acomodarán su ser algunos conciudadanos a los tiempos venideros, cuando la realidad se haya manifestado contra los gobernantes del presente. Tiene que ser duro recordar que uno fue sanchista cuando sea un clamor lo que por ahora solo parece evidente para una parte de los españoles. ¿Cómo lo explicará Muñoz Molina? No tengo manera de saberlo. De momento, me conformo con la razonable predicción que hacía ayer en estas páginas mi querido Andrés Trapiello. ‘Esto sucederá’ titulaba una muy buena columna que comenzaba invocando la Ética de Spinoza y terminaba con Étienne de la Boétie, un amigo de Montaigne que nos dejó un monumental ‘Discurso sobre la servidumbre voluntaria’, por breve no menos grande y especialmente interesante cuando señala que los tiranos solo pueden ejercer como tales cuando la mayor parte de los siervos lo desean.

Ábalos es un sujeto peculiar y totalmente autodidacta, no sería justo atribuirle influencias de la Boétie. Intelectualmente hablando es muy justito, como corresponde a los hijos (y a las hijas, naturalmente) del sanchismo. El líder los ha seleccionado conforme al patrón de su imagen. El número tres en el partido, solo un escalón por debajo de esa intelectual alternativa que es el número 2, digamos Adriana Lastra, a la que también ha distinguido con el cargo de portavoz del Grupo Parlamentario. Por si acaso, Sánchez ha nombrado a otros dos portavoces de altura: Montero para el Gobierno, Oscar Puente para la Ejecutiva Federal, por si algo está claro para que lo oscurezcan, como pedía Eugenio D’Ors a su secretaria.

Ábalos acaba de expresarse como suele, es decir, mal, y se ha indignado con el intento del Tribunal de Cuentas de exigirle las citadas a Andreu Mas-Colell por la munificencia con que él y otros (Artur Mas, Puigdemont, Junqueras) han tirado de fondos públicos para subvencionar el procés. El Tribunal, ha dicho Ábalos, “está poniendo piedras en el camino del diálogo” y ellos van a desempedrarlo. También pudo decir que el Tribunal de Cuentas ha puesto palos en las ruedas y que su misión, la del Gobierno, es tirar del carro, arrimar el hombro para desempalar y que están dispuestos a dejarse la piel en ello.

Lean sus palabras y luego busquen su discurso en la moción de censura contra Mariano Rajoy, 40 minutos prietos de lugares comunes y falsedades, su canto a la sentencia de la Gürtel, con citas de los dos párrafos-morcilla que insertó el juez amigo José Ricardo de Prada y desautorizados por el Tribunal Supremo a causa de su condición espuria.

Ayuno de sintaxis, como su jefe supremo, que ayer mismo decía: “hay momentos en lo (sic) que lo útil es el castigo y hay momentos en que lo (otro sic) útil es el perdón”. Mi recomendación más ferviente es que busquen el video de su intervención en la moción contra Rajoy, batiburrillo inenarrable de imposturas y de promesas improbables. El tipo que tejió inextricables mallas de mentiras para ocultar las razones de la visita de Delcy Rodríguez y de los 53 millones de subvención al Plus Ultra lo había dejado claro en sus últimas palabras del discurso contra Rajoy: “Solo les quiero decir que somos un partido de palabra”. Ábalos avala el porvenir. ¿Les había dicho ya que me gusta la aliteración?