Ignacio Camacho-ABC

  • Un país serio y unos dirigentes responsables han de tener suficiente coraje para abrir debates sobre reformas estructurales

Un viejo chiste español bromea sobre el raro don de los autónomos para no ponerse nunca enfermos. Enfermar sí enferman, por supuesto; lo que sucede es que sólo cobran a partir del cuarto día de baja y aguantan todo lo que pueden para proteger sus difíciles ingresos. Entre trabajadores por cuenta ajena, nuestra tasa de absentismo por incapacidad temporal duplica la media del espacio común europeo, y no parece picaresca laboral latina porque en Italia y Grecia apenas llega al 0,3 por ciento. El coste supone unos treinta mil millones de euros, de los que algo más de la mitad corresponden a la Seguridad Social mientras los empresarios corren con el resto. Sobre un total anual de casi 370 millones de jornadas perdidas entre 8,5 y 9,4 millones de procesos, cada día del año hay alrededor de 1,3 millones de bajas médicas activas al mismo tiempo. Las mutuas calculan que unas quince o veinte de cien ausencias son de carácter fraudulento. En conjunto, un problema de productividad muy serio.

Plantearlo, sin embargo, y no digamos tratar de arreglarlo, es pura nitroglicerina política, sobre todo en vísperas de la larga campaña electoral que a partir de septiembre se avecina. Se trata de una de esas cuestiones que conviene abordar al llegar al poder, sin previo aviso y en los primeros cien días, pero Feijóo se atrevió a hacerlo esta semana, por las bravas y en términos de muy escasa habilidad comunicativa, y le ha caído encima una tormenta de críticas de la izquierda y de su correlato sindicalista.

El líder del PP se ha tenido que matizar a sí mismo y enviar a sus portavoces a calmar los ánimos. Quizá tarde: el grito de alarma está lanzado y el alcance del asunto es de gran impacto. Hasta Abascal, tan acostumbrado a entrar de frente a cualquier trapo, se ha puesto de perfil y dejado solo a su flamante aliado para que salga como mejor pueda de un debate incendiario. No existen soluciones fáciles ante un fenómeno de origen multifactorial donde entran aspectos como el envejecimiento de la población o la saturación del sistema sanitario, además del incremento de las enfermedades crónicas y trastornos mentales, éstos últimos de creciente importancia entre las causas del colapso por su curso –casi cien días de media– especialmente largo.

Feijóo ha sido valiente a costa de autoperjudicarse. Este hombre no parece tener cerca a nadie que le advierta que en un tema de tan alta sensibilidad social es improcedente usar metáforas de doble filo como la del cáncer. Pero aunque se pueda y se deba elegir mejor la oportunidad y el tono del relato, un país maduro y un dirigente responsable tienen que ser capaces de plantear –y resolver– alguna vez una discusión colectiva de esta clase. Porque uno de los grandes, quizá el mayor defecto del escenario político nacional es la ausencia de coraje para emprender reformas estructurales en las materias de verdad importantes. Eso sí, en el caso de llegar al Gobierno y comprometerse con sus propios planes más vale que se prepare a ver arder las calles.