Jon Juaristi-ABC
- La grandeza de León XIV en el mundo actual reside en ser el único jefe de Estado que no busca su personal apoteosis
Con la palabra ‘apoteosis’ sucedió algo parecido a lo que ha ocurrido en tiempos más recientes con otras como ‘holocausto’ y ‘genocidio’. Su ampliación abusiva la banalizó y, de significar «divinización, deificación de un mortal», pasó a valer por ensalzamiento público de cualquier baranda. En la política moderna ciertas apoteosis podrían interpretarse como canonizaciones o santificaciones de líderes difuntos. En algunos casos se llega a una especie de cristificación ‘postmortem’, lo que sucedió con José Antonio Primo de Rivera o el Che Guevara, pero también con Sabino Arana Goiri, al que la prensa abertzale mostraba curando a los enfermos. Como Trump, vamos.
El complejo de mesías ha sido una plaga en los fundamentalismos judíos y cristianos. Se puede comprobar en Jerusalén, donde se concentra el porcentaje más alto de pirados de todo el mundo que se creen Jesucristo o el Mashíaj. El zumbe de Trump pertenece a esa categoría.
Pero, ¿es Trump el Anticristo? Ni de lejos. El Anticristo no se disfrazará de Cristo en estampitas horteras creadas con inteligencia artificial. Intentará imitar al Papa, mimetizarse con él para confundir a los fieles de los últimos días y provocar la apostasía de la mayor parte. Esto es, al menos, lo que la tradición cristiana afirma.
La candidaturas más firmes a la condición de Anticristo han partido de los totalitarismos, auténticas religiones de sustitución. Refiriéndose implícitamente al nazismo, Josef Pieper recordaba que en ciertos frescos medievales alemanes el Anticristo aparece llevando bajo el brazo un horno crematorio, pero las principales tentativas de usurpar el papel de Cristo han partido siempre de la izquierda. A los nazis les iba el rollo descaradamente brutal, pagano y vikingo. Se parecían más a Trump que a Jesús, al que odiaban más por judío que por otra cosa.
La izquierda suele proceder de forma diferente: dando supuestas lecciones de cristianismo a los cristianos y mostrándose más papista que el papa. En el fondo, se trata de una perversa imitación de Cristo: si Jesús vino a superar el judaísmo con el cristianismo, pero partiendo del propio judaísmo, la izquierda viene a superar el cristianismo con el comunismo, pero partiendo del cristianismo. Para muestra un botón: el ministro comunista Bustinduy, esta misma semana, ha afirmado que la regulación (léase ‘legalización’) de los inmigrantes ilegales es puro cristianismo y que no se explica cómo los cristianos de derechas pueden oponerse. ¿Es Bustinduy el Anticristo? Ni él ni su jefe de Gobierno, el Puto Amo, lanzando sus proclamas de amor universal al prójimo, son el Anticristo, sino parte del último aspirante a serlo, o sea, de la izquierda misma. Lo que no obsta para que el Saunas, como Trump, aspire a ser Papa. Por el chute de la apoteosis, claro…