La virtud de Sánchez es que aunque no tenga un plan lleva la iniciativa. Si la razón asistía a Rivera, ciertamente, había una maquinación en marcha y Sánchez nunca se apeó de su propósito inicial: lograr la investidura con el apoyo de Podemos y el visto bueno de los separatistas. Lo que Rivera no vio es que esa intriga pasaba por desahuciarle, porque con Rivera en la cuneta, Vox crecido y el rodillo mediático a pleno rendimiento, el centro derecha tendría muy difícil gobernar, pues siempre necesitaría de la formación de Abascal, arrinconada por el mainstream. Es decir, en caso de urgencia, Sánchez siempre podría activar la alerta antifascista.

De hecho, si Sánchez tenía un plan, lo dejó escrito y firmado junto con Iglesias en octubre de 2018. Acordaron un programa político, no unos presupuestos, que comenzaba así: «Después de 7 años de recortes y asfixia de los Gobiernos de Partido Popular, nuestro país ha retrocedido en igualdad de oportunidades, en cohesión social, en libertades y derechos, en calidad democrática y en convivencia (…) La mayoría de las y los ciudadanos de este país se han empobrecido mientras se privilegiaba a una minoría, con medidas que iban destinadas a erosionar el Estado del Bienestar». Era el Pacto de Tinell revisitado, con los supremacistas como colaboradores necesarios. Ciudadanos siempre ejerció de corta fuegos; constituía un estorbo porque neutralizaba el cordón sanitario. Sin Ciudadanos, el PP está a la intemperie, al albur de la apisonadora.

Dadas las circunstancias en las que Rivera concurrió a las elecciones, su error no fue vetar a Sánchez en abril –obtuvo los mejores resultados para su formación– sino no incorporarse a España Suma para el 10-N. La corriente de pensamiento dominante insiste machaconamente en lo primero, pero Rivera se da el batacazo sin lo segundo y tras recular.

No obstante, puede que el abrazo entre lobos no obedezca a un plan, ni siquiera a una querencia sino simplemente a una pulsión, la de poder. El golpe de efecto es una huida hacia adelante en el camino de resistencia y perdición de Sánchez, que ha iniciado su declive. El golpe de efecto es una provocación que convierte la investidura en una puja. Sánchez cree que el pasado domingo los ciudadanos ejercimos nuestro derecho a Sánchez, y que la cuestión pendiente es sin quién. Si Casado y Arrimadas no pujan, el derecho de tanteo y turno corre a ERC y Bildu. Sánchez regresa a diciembre de 2015 –cuando planteó en el Comité Federal gobernar con Podemos y separatistas–, con la ventaja de que su partido hoy es un séquito lánguido y obsequioso que se mantiene como férrea estructura de poder.

El escaño que le cae al PP en Vizcaya es un inoportuno imprevisto que complica un poco las cosas. De todos modos, lo esencial no son las cuentas sino la atmósfera viciada y el deterioro moral: justo al cumplirse 40 años del secuestro del embajador Rupérez, su carceleroOtegi pone precio a la investidura de Sánchez. Torra (¡Torra!) se suma ufano a la almoneda a pie de barricada. Sánchez es Sánchez y su contrario, aborrece a Iglesias tanto como Iglesias lo desprecia; sabe que si cuaja la investidura, su Gobierno nace fiambre. Pero es tenaz, no se rinde, no se quiebra, no le importa.