Raisiel Damían Rodríguez González-El Correo
Profesor de la Facultad de Derecho, Empresa y Gobierno de la Universidad Francisco de Vitoria
- La dinámica de «amigo-enemigo» perpetuada en foros como el catalán impide atender los problemas nacionales al invalidar un diálogo realista con las fuerzas de la oposición
La reciente cumbre progresista organizada en Barcelona por el presidente Pedro Sánchez se proyectó como un manifiesto contra la «ola reaccionaria» y el crecimiento de una «internacional ultraderechista» que, según los convocantes, amenaza la democracia global. Articulada en torno a la Global Progressive Mobilisation, la cita congregó a cerca de 3.000 participantes en una atmósfera de marcada retórica apocalíptica. En este foro, se adoptó un tono de salvación colectiva frente a adversarios identificados como encarnaciones del mal: Donald Trump, Netanyahu, la derecha radical y las dinámicas bélicas contemporáneas. En este escenario, los principales líderes del evento —Sánchez, Lula da Silva, Sheinbaum, Petro y el expresidente Boric— se presentaron como portadores de una misión histórica y referentes exclusivos de una izquierda regional que, supuestamente, se encuentra en plena expansión.
Sin embargo, estos discursos chocan frontalmente con la realidad política de América Latina y el Caribe, pero también de Europa —donde, por ejemplo, el ascenso de figuras como Péter Magyar en Hungría representa más una mutación conservadora que un avance progresista, incluso frente al declive del iliberalismo de Orbán—. En Latinoamérica, una región de 33 naciones soberanas, el bloque de izquierda o centroizquierda se limita hoy a un arco de apenas 8 a 11 gobiernos. Por el contrario, la derecha y la centroderecha ostentan el poder en al menos 13 estados, incluyendo potencias regionales y economías clave como Argentina, Ecuador o Paraguay. Esta distribución es el resultado de un giro sustancial en las dinámicas regionales tras el superciclo electoral 2023-2026, que ha asestado reveses significativos al progresismo. Victorias como la de José Antonio Kast en Chile, el triunfo disruptivo de Javier Milei en Argentina o las reelecciones basadas en la seguridad pública en El Salvador y Ecuador, sugieren que la izquierda ha perdido su capacidad movilizadora al convertirse en un fardo ideológico incapaz de ofrecer respuestas eficaces a los problemas reales de la ciudadanía.
La representación en Barcelona evidenció esta desconexión profunda. De los 33 países de la región iberoamericana, solo cinco contaron con presencia de alto nivel, convirtiendo el encuentro en un foro confinado a una burbuja ideológica ajena a las prioridades geopolíticas actuales. Al excluir deliberadamente a los gobiernos de derecha —que administran a más de la mitad de la población regional y representan algunos de sus principales motores económicos—, la cumbre renunció a ser un espacio de liderazgo global para transformarse en un mero ejercicio de autoafirmación. Un encuentro de esta naturaleza, donde la izquierda se limita a la autocomplacencia, carece de utilidad ante los desafíos de un mundo multipolar y complejo.
Este fenómeno revela, además, una mutación preocupante: la sustitución del análisis riguroso y la transformación programática de la socialdemocracia, por una apología mesiánica de los líderes. En lugar de abordar con profundidad la inseguridad endémica, la inflación persistente, las crisis de acceso para la juventud o los flujos migratorios descontrolados, se privilegia una narrativa binaria que exalta al «pueblo» frente a un «imperio» externalizado. Esta dinámica neopopulista prioriza el carisma sobre la eficacia institucional, eclipsando bajo el velo de discursos y eslogans, el ataque a los derechos humanos en Venezuela, Cuba y Nicaragua; los problemas de seguridad y narcotráfico en México, o el desgaste gubernamental en Colombia o Brasil. Mientras tanto, el ascenso del conservadurismo —que también emplea patrones personalistas— logra movilizar a la sociedad al situar en la palestra pública las urgencias que realmente desgastan la convivencia social.
Sin una autocrítica rigurosa, el progresismo global se enfrenta a una irrelevancia larga
En este contexto emerge uno de los mayores problemas geopolíticos para España: su acelerada pérdida de influencia en Iberoamérica. Pese a mantener inversiones superiores a los 100.000 millones de euros, Madrid asiste con pasividad al avance de China en infraestructuras y minería, al realineamiento de la esferas de influencia de Estados Unidos —nueva doctrina DONROE—, y a la incursión de Rusia e Irán en sectores energéticos y militares estratégicos. España, que por herencia y peso económico debería ejercer como el puente natural entre la Unión Europea y el Atlántico Sur, transita desde hace una década hacia un rol marginal. La excesiva ideologización de la política exterior genera fricciones innecesarias con gobiernos clave y vacía de contenido mecanismos multilaterales como las Cumbres Iberoamericanas. Mientras el acuerdo Mercosur-UE permanece bloqueado, Pekín ocupa los espacios de conectividad digital (5G) y logística portuaria que antes eran dominio de la influencia europea.
En última instancia, la dinámica de «amigo-enemigo» perpetuada en foros como el de Barcelona impide atender los problemas nacionales al invalidar un diálogo realista con las fuerzas de oposición. La derecha gana terreno al evidenciar un enfoque más responsable ante las disyuntivas geopolíticas, mientras la izquierda vuelve a encerrarse en una superioridad moral que no ofrece más respuesta que la construcción de «muros de contención contra la ultraderecha». Barcelona no fue el frente unificador soñado, sino el reflejo de una decadencia política. Mientras se predica una superioridad moral inquisitorial desde los atriles —«estamos en el lado correcto de la historia»» repitió Sánchez—, los electorados globales optan por la eficacia tangible. Sin una autocrítica rigurosa, el progresismo global, y especialmente el iberoamericano, se enfrenta a una irrelevancia prolongada en un tablero internacional cada vez más pragmático, competitivo y desencantado.