Pablo Martínez Zarracina-El Correo
- Además de metáforas, el fuego callejero en Francia genera advertencias
Las multitudinarias protestas contra la carestía de la vida se saldaron el sábado en Francia con un muerto, casi dos mil detenidos, miles de comercios saqueados y el ayuntamiento de Limoges en llamas. Como el fuego en París siempre es simbólico, medio mundo vio en lo ocurrido la confirmación de sus ideas.
Ayer Donald Trump instó a Francia a cerrar sus fronteras a la inmigración de «personas de un mundo completamente diferente, personas con odio en sus corazones». El Kremlin presumió de estabilidad mientras difundió que Francia vive una guerra civil: «esperaban a los rusos a las puertas de París, pero resulta que sus enemigos están en otra parte». La televisión de los ayatolás denunció la represión de los llamados demócratas contra unos escolares que solo quieren ir a clase y ver respetados sus derechos. Bukele aseguró haber resuelto en un año «un problema cien veces más grave», así que Francia podría lograrlo en una semana, se supone que haciéndole caso a él, que sabe de estas cosas.
La violencia es salvaje y acapara los focos, pero no debería ocultar que cientos de miles de ciudadanos pacíficos han salido a protestar porque cada vez les cuesta más llegar a fin de mes. Ese descontento puede cruzar fronteras, avivado oportunamente por el periodo electoral que atraviesa el continente. Además de metáforas, Francia genera advertencias. Sus élites parecen petrificadas y perfectamente incapaces ante un fenómeno recurrente.
Sabemos que María Antonieta nunca dijo aquello de los pasteles a falta de pan, pero también que en 1774 circuló la noticia de que un criado se lo había advertido a Luis XVI: «Hagáis lo que hagáis, no os amarán mientras el pan sea caro». Lo anota Robert Darnton en su libro canónico sobre la construcción emocional de la Revolución, donde también señala que el «estado de euforia epistemológica» no dura mucho y que, tras la revuelta, el paisaje no tarda en recuperar «el aspecto de la inmutabilidad». Hace ya veinte años que Jacques Chirac habló a la nación de «una crisis de significado, una crisis de identidad» ante las primeras imágenes de escuelas ardiendo y tiendas saqueadas.
Puede que lo inmutable en Francia sean los edificios públicos en llamas, los escaparates destrozados y los enjambres de encapuchados con un adoquín en una mano y un móvil en la otra. También los primeros ministros efímeros, intercambiables, los discursos imponentes e inanes del presidente y la certeza de que falta menos para que Marine Le Pen llegue a París bajo arcos triunfales, solo que construidos esta vez sobre cenizas y cristales rotos.
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29-N
La fuerza del amor
Sánchez y Begoña se besaron en Fuenlabrada y el PSOE lanzó la campañita: «La fuerza del amor». A idéntica velocidad, yo recordé la canción de Huey Lewis, la de ‘Regreso al futuro’. Fallo mío: el acontecimiento exige precisión y aquel tema no hablaba de fuerza sino de poder. El poder del amor. Lo hacía para celebrar que un hombre, quizá un candidato, pueda pasar de ser un halcón a ser «una pequeña paloma blanca». Sin embargo, el lema socialista quería sonarme exactamente. No tardé en encontrar la razón. La primera obra de teatro de Azorín es ‘La fuerza del amor’.
Es tirando a ilegible, pero lleva un prólogo en el que Baroja —eran todos veinteañeros en 1901— define la escritura de su amigo como la de «un fraile casto y sañudo que viviera en una llanura clara de La Mancha». También hay telenovelas con ese título. Y canciones. La más relacionable con unas elecciones es quizá ‘La fuerza del amor’, de Carlos Vives, el del vallenato, al no ser su intención romántica sino automovilística. Se trata de un tema de apoyo al piloto Juan Pablo Montoya: «Juancho, mandarria, / Schumacher va a perder / cuando dices a correr / no te alcanza / ni pindanga». Sí, yo también me he enterado de que la referencia buena de ‘La fuerza del amor’ es una campaña de Cristina Kirchner de 2011, pero estaba intentando evitarlo, ignorarlo, esquivarlo por elevación. Resulta imposible. En los carteles peronistas, Cristina abrazaba a Néstor. En los nuestros, Sánchez besa a Begoña. Imagino que los estrategas habrán recurrido a Argentina para refutar eso que dicen por ahí: lo del populismo.