Clavelitos

ABC 29/06/17
IGNACIO CAMACHO

· La Transición no ha caducado. Su mérito es el de la continuidad que ha permitido superar otras experiencias de fracaso

EN la clase dirigente y en la opinión pública española se ha instalado desde hace tiempo un error dramático que consiste en considerar la Transición como un asunto del pasado. Una especie de proceso de arqueología histórica que recibe el tratamiento de un fenómeno remoto y queda despojado así de su verdadero valor como soporte del orden democrático. Esta visión inconsciente del hecho fundacional de nuestro régimen de libertades contribuye a abrir la brecha del revisionismo con que la extrema izquierda cuestiona la legitimidad del marco vigente al presentarlo ante las nuevas generaciones como el vestigio caduco de un tiempo lejano. El origen del desprestigio del sistema está en el olvido general de que la Transición no ha caducado porque las bases de la convivencia siguen intactas a través de los principios constitucionales consagrados en aquellos años. Y su mérito es precisamente el de la sostenida continuidad que ha permitido superar otras experiencias condenadas al fracaso.

Esa continuidad se expresa, como resaltó ayer el Rey, en la permanencia de las leyes; cuestionarlas o transgredirlas, como hacen los secesionistas, equivale a violentar los derechos y la voluntad del pueblo soberano. La misma que ha permitido a lo largo de cuatro décadas un altísimo nivel de autogobierno basado en una mutua lealtad que el nacionalismo no ha respetado. La defensa de ese pacto de concordia es una prioridad nacional que no concierne sólo a las autoridades sino al conjunto de los ciudadanos. Por eso el discurso de Felipe VI ante las Cortes recorrió una desgraciada Historia salpicada de descalabros para subrayar que España nunca ha tenido un período de libertad tan próspero ni tan largo. Un ciclo ante el que sobran, por cierto, los remordimientos: el hombre que lo hizo posible merecía estar presente para recordarlo.

El mayor elogio que se puede hacer del mensaje real es que no gustó ni a los nacionalistas ni a Podemos, que son los que plantean la ruptura con este modelo de éxito. Los que han aprovechado los estragos de la crisis para crear un frente de descontento. Unos han hecho de la secesión la vía escapista para culminar su viejo empeño y los otros impugnan la legitimidad de la democracia liberal animados por la distopía neocomunista de un orden nuevo. Los dos proyectos plantean una enmienda a la reconciliación que hace cuatro décadas logró evitar el enfrentamiento; quieren una revancha retroactiva contra el más palmario de los aciertos colectivos, el único que ha conducido al país a una escalada histórica de tolerancia, modernización y progreso.

Frente a esa doble amenaza rupturista, edulcorada con clavelitos, es menester reivindicar la Transición como un proceso que no declina ni remite, como un curso continuo, como un acuerdo esencial que debe transmitirse de padres a hijos. Aunque ellos, los de entonces, ya no sean los mismos.