Del Blog de Santiago González

Los dos responsables principales del Ministerio de Sanidad en esta hora de la pandemia muestran cada día una cara de tristeza inenarrable, que es un factor definitivo para acabar de amargarnos el confinamiento.  Fernando Simón, que venía precedido de justa reputación después de haber pasado por la crisis del ébola, se muestra tan contrito que cada vez que lo veo  me recuerda una canción que grabó hace más de medio siglo Joaquín Díaz, ‘el pobre Simón’.

Sin embargo, es, el único cargo sanchista que admite errores en su contabilidad funeral después de haberse trabajado tanto las preposiciones: no es lo mismo morirse ‘con’ que fallecer ‘de’ o ‘por’ coronavirus. En realidad, todos los que mueren lo hacen por parada cardiorrespiratoria, aunque con añadidos diversos: puede fallecer con cáncer, en accidente de circulación, aunque ahora mismo ese supuesto sea más raro, bajo un alud que los sepulta, etc.

Algo así debió de pensar Juan Alberto Belloch, el último ministro de Justicia de Felipe, cuando dictó una orden (6 de junio de 1994) que obligaba a los Registros Civiles a borrar las causas de defunción de los inscritos para proteger la intimidad de las personas. Afortunadamente le duró poco la tontuna, porque la anuló con otra orden (21 de octubre de 1994) principalmente por las protestas de familiares de fusilados durante la guerra civil y el franquismo.

El caso es que el pobre Simón quería que los datos fueran ciertos  y no sospechas: “desde el principio hemos dicho que se iban a dar datos de casos confirmados y más cuando hablamos de los casos de fallecidos “. O sea, que todo era para evitar el concepto de casos sospechosos. En un país normal habría una forma de despejar estos, mediante los test a los enfermos que presentan síntomas de coronavirus o mediante la autopsia. Claro que a pesar de las promesas y pujos de Sánchez  sobre que somos el país que más pruebas ha practicado, no parece que sus afirmaciones se ajusten a los hechos.

No hay test, a no ser que se los estén gastando todos en la ninistra de Igualdad, lo que parece a todas luces un dislate. Se compraron aquellos famosos 640.000 test a una empresa china que nos estafó, sin que aún hayan cantado el nombre del intermediario y sin perder las ganas de repetir con la misma empresa para volver a tener  test poco fiables.

Salvador Illa comparece más triste si cabe que el pobre Simón, pero el trance de enfrentarse cada día al espejo de su propia incompetencia tiene que ser una experiencia tremenda: han comprado 20 millones de mascarillas a una empresa investigada por sobornos en Angola. Ha comprado mascarillas a otras empresas, por ejemplo a Garry Galaxy y ha tenido que retirar cientos de miles con urgencia después de haberlas distribuido a las CCAA. Lástima que ninguno de los dos haya expuesto el dato más positivo de la evolución de la pandemia: Bélgica nos quitó ayer el maillot amarillo en el número de muertos por millón de habitantes: 419 frente a los 416 de España. El farolillo rojo en esta siniestra contabilidad lo tiene Grecia con menos de diez, con una sanidad que sí que ha sufrido recortes y no la nuestra.