DAVID GISTAU-El Mundo

LAS APELACIONES de Vox al Siglo de Oro, su política de morrión, han terminado por deparar un resultado consecuente con la historia de la cual se pretende una continuación purificadora, sólo que de un modo imprevisto. La Conquista y su época no sólo contuvieron hazañas de dimensión alejandrina y versos de poetas/guerreros como el Hernando de Acuña al que cita Ortega Smith con un tono que sugiere la inminencia de un salto en paracaídas. También es la historia de algunas de las más sórdidas rebatiñas entre españoles: el mismo Pizarro, captor de Núñez de Balboa por orden del infame Pedrarias, sucumbió después a las puñaladas bien españolas de los almagristas mientras dibujaba con sangre una cruz en el suelo.

De igual forma, y a pesar de haber enardecido a sus huestes fantaseando con primeras líneas de defensa de la civilización comparables a las Navas de Tolosa, al final Vox sólo alcanzó para protagonizar uno de estos ajustes de cuentas entre iguales escindidos tan de los matachines de Reverte. Ha sido un suceso endogámico, una interna de la derecha, como diría un argentino, donde no se atisba fuelle para esa llamada a la almena como la de los campanarios medievales.

Luego están las consecuencias contrarias a las buscadas. Entre las cuales la más grave tal vez sea la autoliquidación de la derecha española que aspiraba a revitalizarse, fajada en sus reyertas, en el momento en que más falta hace como contrapeso serio, sin señores que juegan con un casco puesto ni tratan al votante de vuesa merced. El vértigo de los patriotas ha terminado siendo el de aquellos que encontraron en su advenimiento un motivo para movilizarse atendiendo el No pasarán de Sánchez: quién puede desaprovechar la oportunidad de ganar por fin la Guerra Civil un domingo cualquiera por la mañana con el único esfuerzo de votar. De igual forma, la otra alarma atendida ha sido la de los nacionalistas, victoriosos en sus feudos gracias al estímulo concedido por una flamante lucha que actualizó la chapuza fatigada del Proceso. A Vox bien podría llenarlo de melancolía el descubrimiento de que el argumento que logró colocar en campaña terminó sirviendo para que el electorado acreditara todo aquello que amenazaba España en términos apocalípticos. Va a ser difícil restaurar al discurso constitucionalista un tono que no parezca folclórico, anacrónico y superado por los tiempos y por las urnas.