JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA-El Correo

  • El amontonamiento intencionado de ‘Catalangate’, hackeo al Gobierno y ‘caso Pegasus’ crea una confusión que pretende dejar al ciudadano perplejo y aturdido

Divide y vencerás’ es uno de los principios de estrategia bélica más antiguos y citados en la historia. Pero no es el de la guerra el único campo al que cabe aplicarlo. De hecho, el del análisis de la actualidad política, o el de la investigación en cualquier ámbito, también agradecería su ayuda. Será, pues, dividir o distinguir el primer paso que habremos de dar, si queremos aclararnos en esta enorme confusión que se ha creado en torno a lo que ha acabado llamándose, tras pasar varios estadios, ‘caso Pegasus’. En tan sugerente y enigmático nombre ha desembocado, en efecto, lo que comenzó llamándose ‘Catalangate’ y pronto se convirtió, mediante intempestiva rueda de prensa del Gobierno, en «hackeo de los teléfonos del presidente y la ministra de Defensa». Tanto cambio de nombre en tan poco tiempo hace ya pensar en el trilero que maneja las tres denominaciones como los cubiletes que se intercambian la bolita para que el ingenuo transeúnte se aturda y caiga en la trampa. Distingamos, pues, para aclararnos.

El ‘Catalangate’ fue el jueves objeto de la declaración de la directora del CNI en la comisión de secretos. Ni ella sorprendió ni fue tampoco sorpresa la reacción de sus oyentes. Atada por el secreto que impone la ley, la directora calló más que dijo y provocó el aplauso entusiasta de los constitucionalistas y el escándalo un tanto farisaico de los escépticos. La razón de Estado estaba en juego y, ante ella, la hipocresía que sostiene el sistema fue el lazo de unión entre los dos grupos, desempeñando cada uno, sin del todo creérselo, el papel que le correspondía en la trama. De reseñar algo en este reparto de papeles, es que volvió a trastocarse el alineamiento de fuerzas que ha regido en la legislatura. Ya no fueron los chicos con los chicos y las chicas con las chicas, sino que apoyaron al Gobierno quienes más lo habían denigrado y viceversa. Vendría, pues, al caso lo del cántaro que tanto frecuenta la fuente, constatando que, a estas alturas de la maltrecha legislatura, el desenlace del dicho resulta más verosímil de cumplirse que la rendición a las insaciables e impertinentes demandas de los que se sienten agraviados. Pero quizá no hayamos visto aún lo peor que puede depararnos la coyuntura.

El hackeo telefónico del presidente y la ministra, siendo grave, tampoco ofrece novedad. Humillante resulta ya no haber sido nunca objeto de hackeo. Si algo sorprende en ello, es su puesta en conocimiento público y el momento elegido para hacerlo. Pero, si Feijóo se ganó el rapapolvo de antipatriota por decir que se trataba de una «casualidad no menor», no me expondré yo a semejante reproche por sugerir que no fue una feliz serendipia, sino una deliberada maniobra de distracción. La denuncia relegó, por un momento, a segundo plano el ‘Catalangate’. Objetivo conseguido, por tanto. Lo que nunca sabremos a ciencia cierta es lo más importante del caso: quién instigó el hackeo. Porque de llegar a saberse y de ser quien se teme, el final abrupto de la legislatura sería mera anécdota. El descubrimiento obligaría a plantearse la ruptura de relaciones con el amigo que tanto había exigido para reanudarlas después de que él mismo las rompiera. La intempestiva denuncia pública habría sido así un tiro en el pie y supuesto una afrenta que el interés de Estado obligaría a tragarse.

Y, por fin, Pegasus, el caballito alado. El mediático nombre ha devenido, no sin algo de razón, epónimo de todo el conjunto. Al instrumento informático se lo trata como a un ser animado que actúa a modo de sujeto activo de los males que causa. El ‘caso Pegasus’, que a nadie designa, hace y deshace desmanes, según rezan los medios. Inventor, propietario y usuario permanecen ocultos, así como sus condiciones de uso. Es como un ser demoníaco que actúa a su antojo. Pero, como la energía nuclear, su fuerza devastadora sólo se activa a instancia de quien lo domina. Albert Einstein pidió perdón por su involuntaria aportación a la bomba atómica. Fue un gesto que le honra. Pero la ciencia es neutra e imparable. El límite a su destino y utilización debe ponerlo el hombre. Pegasus es un sistema de destrucción masiva, capaz de llevarse por delante Estado de Derecho y derechos humanos. Alguien deberá pararle los pies a este nuevo Frankenstein -nunca mejor traído en nuestro contexto- antes de que se les vaya de las manos a quienes nos gobiernan e invada impunemente nuestra inviolable privacidad.