Carlos Martínez Gorriarán-Viozpópuli

  • La respuesta a la crisis sistémica de esa gente de orden establecida no es otra que recomendar calma, confiar en ellos

Don Tancredo era una especie de torero de finales del XIX que se hizo famoso con la suerte del inmovilismo: subido a un pedestal y totalmente blanqueado, esperaba al toro confiando en que la inmovilidad absoluta le evitara la embestida del morlaco. Una ocurrencia muy representativa de aquella época, encaminada al desastre del 98, y para la nuestra por parecido motivo. Dio origen a un concepto político, creativo y precioso, para referirse a la absoluta inmovilidad como única estrategia ante las crisis: el dontancredismo.

Dontancredismo y fin de régimen

El establishment conservador español ha sido usualmente dontancredista, aunque también es posible que la lógica causal sea al revés, y que para ingresar en el deseado establishment y permanecer en su cálido establo se deba ser dontancredista, es decir, que una vez ingresado entre los elegidos no se debe hacer mudanza, como en tiempos de tribulación recomendó San Ignacio a los suyos.

Entre los políticos recientes, es indudable que Mariano Rajoy fue el dontancredista más acabado. Que finalmente le pillara el toro del sanchismo sólo demuestra el viejo principio de que nada es ni sirve para siempre. Sánchez también ejerce de hierático Don Tancredo ante el desmoronamiento de su régimen mafioso, así que cabe sospechar que el dontancredismo sea el estadio final y senil de regímenes acabados. Eso explicaría que el establishment patrio de orden -político, mediático, empresarial- sea tan dontancredista: es una señal segura de régimen acabado.

El dontancredismo no es, ciertamente, una singularidad nuestra. La historia es rica en ejemplos universales. Los atenienses de cuando Sócrates perdieron la democracia de la que estaban tan orgullosos por negarse en redondo a cambiar las cosas para acabar con la demagogia. A las riquísimas familias patricias del fin del Imperio Romano se les ocurrió la solución de importar ejércitos bárbaros de más allá del Rin para defender el orden romano, en vez de reformarlo, y ya sabemos cómo acabó aquello. Felipe III aceptó combatir la inflación acuñando moneda de vellón sin valor, y encarcelando a Juan de Mariana por denunciarlo. Y una de las imágenes más poderosas de la cultura popular actual es la de los oficiales del Titanic dirigiéndose impávidos hacia la catástrofe porque despreciaban la amenaza de esos trozos de hielo flotante.

La ‘ley de nietos’

El dontancredismo es la antítesis de la utopía. Los utópicos tienen la loca idea de que algunas mutaciones radicales cambiarán este mundo imperfecto por un paraíso en la tierra. Son incapaces de entender la complejidad de la vida y la total imposibilidad de prever, regular y planificar todo, desde los precios hasta la felicidad, sin cargarse lo que tenías (en efecto, Bruselas está llena de estos tipos). El vicio de los dontancredistas es, naturalmente, el inverso: pensar que cualquier cambio de lo recibido es un peligro a evitar a toda costa. Por eso la comodísima mayoría absoluta de Rajoy de 2011 mantuvo los destrozos de Zapatero sin modificar nada importante, como derogar leyes malas: cambiar los cambios es peligroso, piensa Don Tancredo.

Con la llamada ‘ley de nietos’ estamos asistiendo a una gran fiesta del dontancredismo español. Mientras la paleoizquierda corrupta, amenazada de muerte por su propia gangrena, respira ante la facilidad con la que, suponen, pueden modificar a su favor el censo electoral incorporando a millones de nuevos ciudadanos espurios, tan vinculados políticamente a España como nosotros a ellos -es decir, nada-, el establishment conservador estima que si bien dicha ley, simple disposición adicional de otra, es un error, y que si bien se está tramitando con un fraude de ley escandaloso hazaña de Sofía Puente, la funcionaria hermana del ministro de Adamuz, sus efectos prácticos serán marginales. No hay pues que preocuparse demasiado.

Basan esta conclusión consoladora en análisis acerca del escaso impacto del voto Cera en las elecciones anteriores, debido al abstencionismo generalizado de los españoles residentes en el extranjero, como si esta vez no fuera posible un comportamiento diferente de una masa de votantes que, además, no son españoles residentes en el extranjero, sino extranjeros convertidos en residentes virtuales sin haber residido nunca. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

 La ceguera ante el futuro

El dontancredismo padece una ceguera de futuro similar a la legendaria de los avestruces. Desde que Zapatero se hizo con la presidencia del Gobierno en 2004, año infausto por tantos motivos, el establishment conservador no ha previsto ni anticipado ni uno solo de los desastres en camino, y no porque fueran invisibles. No vio el peligro en la reforma del estatuto catalán, ni en la legalización de Bildu, ni en la colonización partidista de las instituciones, ni en la quiebra de las Cajas de Ahorro, ni en el control partidista de la justicia, ni en… (añada cualquiera de los muchos problemas que pueden citarse).

El miedo al futuro es antiguo. Tenemos un montón de dichos formularios para cultivarlo, al estilo de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Es un modo colectivo o ethos de entender la existencia: no corras, que es peor. Al final la máxima aspiración es aquella de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Pero nada es para siempre.

Es el drama nacional: la respuesta a la crisis sistémica de esa gente de orden establecida no es otra que recomendar calma, confiar en ellos, es decir en instituciones paralizadas o corrompidas, y no moverse para que el toro no embista. El conservadurismo es muy razonable cuando se trata de conservar algo que merece la pena y es difícil de mejorar, pero es dontancredismo cuando actúa como si un vertedero como este en el que nos hundimos es el mejor de los mundos políticos posibles.