Dos añitos

DAVID GISTAU-EL MUNDO

LA IMAGEN de los Sánchez junto a los Trump representa un triunfo personal con más voluntad de desquite que el dientes, dientes de Pantoja. Aquel despojado de Ferraz, que se iba a echar a las carreteras secundarias en un Peugeot como un viajante que se vendiera a sí mismo en fascículos, y que ya se dio el gusto de someter en el beso del anillo a los editorialistas orgánicos que antaño lo conminaron a la rendición cuando lo tenían rodeado, ahora aparece en la cima del mundo, incrustado en la fotogenia de la Casa Blanca. Venganza cobrada, ahora sí que sí, con un esplendor mayor que el procurado por el álbum de fotos kennedianas, que era también un dientes, dientes. Como para no estrenar vestido de Primera Dama a la americana. Como para no postergar la lucha contra el fascismo de Trump iniciada en tuiter mediante las técnicas guerrilleras del trol.

Tal era la satisfacción de los Sánchez al verse ungidos como estadistas internacionales que juegan en la misma liga que los Trump que no cabe sino compadecer al asesor que tuvo que susurrar al presidente las noticias provenientes de España. Que tuvo que aclararle que, al otro lado de esa dimensión paralela en la que sonreía feliz, su Gobierno persistía en convertirse en el más calamitoso y prematuramente abrasado de la historia de las democracias occidentales. Y encima ahora, como si Villarejo arrojara bombas fétidas, tenía esparcido por dentro un espantoso olor a hampa y pacharán de sobremesa larga. La magistratura, que había sobrevivido intacta a las erosiones de la crisis e incluso se había arrogado la misión purgante, de repente aparece convertida en un tugurio de exabruptos castizos, odios cruzados, desahogos etílicos y puteros menoreros. Con todos ustedes, la condición humana, perfectamente retratada en los apuntes al natural de la grabadora de Villarejo, naturalista como Zola.

Empiezo a creer que la resistencia de Sánchez se debe a que sabe que está acabado, que no quedará sino como asterisco extravagante propio de una época sin consistencia, y que por ello quiere apurar los dos añitos en los que aún puede sentirse presidente. Aunque sólo sirvan para eso y para reparar humillaciones anteriores y resulten inútiles, cuando no perniciosos, para el país. Amortizar el vestido de Primera Dama. Hacerse unas cuantas fotos más. Sentir todavía en el bolsillo el peso de las llaves del Falcon. Decir, mientras se pueda: «Soy el presidente del Gobierno y hago lo que quiero». La mayoría de la gente no pilla ni esos dos años.