Carlos Souto-Vozpópuli
- El recurso político más escaso no es el dinero, ni siquiera el voto. Es la atención
Sánchez ha cambiado. No de principios ni de escrúpulos: ha cambiado de método. No se ha vuelto mejor; se ha vuelto más eficiente. Hasta hace poco le bastaba con sustituir un problema por el siguiente. Cuando una crisis resultaba incómoda, aparecía otra que reclamaba los titulares, las tertulias y la indignación. España vivía bajo una lluvia constante, pero los escándalos caían de uno en uno. Ahora ya no llueve. Graniza.
La novedad no consiste en que el Gobierno acumule problemas. Eso les ocurre a todos, aunque pocos colaboren con tanto entusiasmo en su fabricación. La novedad es que Sánchez ha pasado de la sustitución a la simultaneidad. Ya no tapa una polémica con la siguiente: las lanza, alimenta o aprovecha todas juntas hasta saturar la conversación pública. Una cortina de humo oculta algo. Esto es más sofisticado: todo permanece a la vista, pero nada conserva la atención suficiente para producir consecuencias. La transparencia definitiva: podemos verlo todo y no alcanzamos a mirar nada.
Qué pasó en la frontera
Ceuta habría bastado para arruinarle el verano a cualquier presidente. A Sánchez le alcanzó para comenzar las vacaciones. La crisis convivió con su lista de Spotify, el descanso en La Mareta y el debate sobre por qué el Rey no había visitado la ciudad. Al regresar añadió a Rusia, Israel, Elon Musk y la internacional ultraderechista al reparto de responsabilidades, mientras Marruecos abandonaba el escenario absuelto antes de declarar. Cuando alguien intentaba entender qué había ocurrido en la frontera, ya debía elegir entre geopolítica, monarquía, bulos o música de verano. Faltó recomendar una serie para seguir la trama.
No hace falta imaginar a Sánchez ante una pizarra diseñando cada distracción. Basta con observar el resultado y reconocer su capacidad para explotarlo. El presidente ha comprendido algo esencial: el recurso político más escaso no es el dinero, ni siquiera el voto. Es la atención. Quien administra la atención administra también la memoria, y quien administra la memoria decide qué asunto llega vivo a la semana siguiente. Darwin sostuvo que sobrevive quien mejor se adapta. Sánchez convirtió la teoría en programa de gobierno.
Amnistía política
El resultado tiene algo de prodigio. Begoña Gómez no fue absuelta: desapareció de las portadas. Las causas judiciales no se archivaron: se archivó nuestra atención. Las joyas de Zapatero no fueron devueltas: fue Zapatero quien regresó al joyero. Los juzgados, los sumarios y hasta el Tribunal Constitucional siguen existiendo, pero fuera de plano, como personajes de una serie que dejan de cobrar por episodio. Sánchez ha descubierto una amnistía política más barata que la jurídica: no hace falta borrar los hechos; basta con borrar el tiempo para hablar de ellos.
Ésta es la forma contemporánea del poder absoluto. Los viejos monarcas decían recibirlo de Dios: atravesaba las nubes y terminaba alojado en la corona. Sánchez no necesita derecho divino. Le basta con el control institucional, la dependencia de los estamentos intermedios y su capacidad para fijar el asunto del día. Luis XIV pudo haber dicho que él era el Estado. Sánchez aspira a algo más moderno: ser el Estado, el boletín informativo y la programación completa.
Cada mañana decide el género. Un día drama migratorio; al siguiente, comedia musical; después, intriga palaciega o película de espías. Los españoles pueden escoger el episodio, pero no la serie. Mientras discuten el capítulo recién estrenado, los anteriores desaparecen del menú. El Consejo de Ministros se ha convertido en una agencia meteorológica que emite a la vez alerta por tormenta, granizo, huracán y niebla. Ya no se sabe si abrir el paraguas, esconder la cartera o pedir asilo político.
La oposición política intenta responder. Feijóo se ha mostrado más activo y combativo, y sería injusto negarlo. Pero ningún partido puede contestar a una agenda que abre más frentes de los que admite una rueda de prensa. Si responde a todos, parece disperso; si elige uno, abandona los demás; si calla, Sánchez gana por incomparecencia. La saturación no sólo distrae: desordena a quien debería fiscalizar al poder y convierte cada reacción opositora en publicidad gratuita del siguiente estreno.
El último titular
Por eso España necesita algo más que oposición política. Necesita oposición cívica, no porque la sociedad sea culpable, sino porque el método de Sánchez vuelve insuficientes los controles ordinarios. Hace falta memoria pública para conservar el escándalo del lunes cuando llega la provocación del martes; medios que no confundan novedad con importancia, y una fiscalización que no acepte el último titular como certificado de defunción del anterior. El poder apuesta por el agotamiento: que recordar resulte tan fatigoso como resistir.
Sánchez ha cambiado porque los conflictos sucesivos ya no le alcanzaban. Ahora necesita que se acumulen, se mezclen y compitan entre sí. Ha convertido la crisis permanente en un huracán de muchos frentes y, en medio del ruido, avanza hacia una concentración de poder que se parece menos a un gobierno y más a un régimen. No ha conseguido que los problemas se resuelvan: ha conseguido que desaparezcan antes de resolverse. Antes echaba cortinas de humo. Ahora ha apagado la luz de toda la casa. Y en la oscuridad, el único que sabe dónde están los muebles —y también las salidas— es él.