El contexto y el texto del Plan de Paz de Urkullu

TEO URIARTE, FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 18/06/13

Eduardo Uriarte
Eduardo Uriarte

· El cese unilateral de la violencia terrorista por parte de ETA, sin conquista política que ofrendar a sus fervorosos partidarios y sí un dilatado balance de derrotas ante la policía, ofrece a la sociedad vasca actual un marco de tranquilidad cívica largamente anhelado. ETA ha desaparecido con sus atentados, extorsiones y amenazas, sin que nadie de mentalidad democrática la eche en falta.

El éxito electoral de sus seguidores, conseguido en el seno de la legalidad vigente, celebrando el poder en muchas instituciones guipuzcoanas, no contradice el hecho de que ningún aspecto fundamental del marco jurídico-político haya sido alterado a cambio del cese de la violencia. Ni siquiera los presos que secundan las directrices de la banda, erigidos en colectivo, han visto aliviadas sus condenas.

Esta repentina ausencia de violencia etarra, sin que nadie ose volver a reclamarla, descubre la falta de sentido del que ha adolecido en el pasado, confirmando que sólo la enajenación arbitraria de un exaltado nacionalismo encontraba causa para ejercer la violencia contra otros ciudadanos. Nadie desde un mínimo criterio de humanidad desea su vuelta, porque su desaparición ha supuesto una enorme mejora en las condiciones de vida de la ciudadanía en Euskadi. No había causa para que ETA existiese.

Sin embargo, resulta una constante en la política vasca las propuestas surgidas desde el nacionalismo, que bajo la excusa de alcanzar la paz y reconciliación definitivas, dota de argumentos no sólo exculpatorios, sino también justificativos, a ETA. En definitiva, transforma la búsqueda de la “paz” y la reconciliación, además de en un procedimiento de rehabilitación de ETA, en una plataforma ideológica y política en pro de una hegemonía  nacionalista aún mayor sobre esta sociedad

En la fraudulenta equiparación de ETA con grupos violentos, que hace más de 25 años fueron anulados, propiciados por algún estamento del Estado, o con extralimitaciones policiales, no sólo se intenta exculpar a ETA sino justificarla ante una violencia, la de los otros, que ningún demócrata valora (y menos hacen apología de ella como hacen de la suya los abertzales). Se la justifica ante la violencia del Estado, encontrando en la otra violencia -amalgama digna de Goebels- como grosera formulación victimista del nacionalismo vasco, una causa importante para la existencia de ETA. Su necesidad histórica.

Así pues, ante el Plan de Urkullu, no se corre el riesgo de que se eche al olvido lo que ha supuesto la aberración del terrorismo de ETA, se olvide su culpa, se olvide a las víctimas de ésta con sus anhelos de  memoria, dignidad y justicia, sino que estamos ante un documento en el que se encuentra en la violencia de los otros, y en la histórica opresión, rehabilitada y ensalzada la presencia de ETA. No se olvida el pasado, se justifica. Maniobra que se realiza sin ningún pudor ante la erosión que sus argumentos suponen al Estado de derecho. Erosión hasta límites esperpénticos al solicitar a la Ertzaintza una renovación en su compromiso con los derechos humanos cuando no se le solicita lo mismo a nadie de ETA y su mundo.

La clave que preside el documento del Plan de Urkullu es la teoría del conflicto con España, asumiendo los planteamientos más radicales expuestos por Egibar en el Parlamento vasco, por los que el PNV forma parte del conflicto con España. Por lo que ETA no es el punto de partida para propiciar un plan de pacificación al uso, sino la excusa para redundar en la existencia de un conflicto, del cual surge justificada y ensalzada, cual ave Phoenix, la existencia de ETA. Maniobra ante la que manifiestan su asombrosa miopía política dos instrumentos tan necesarios para la convivencia política como son el PP y el PSOE, por no querer apartarse de esta singular celebración creyendo que se trata de la ceremonia del fin de ETA, pues no quieren dejar de salir en la foto, y no de  la inauguración de la entronización del conflicto.

Como no podía ser menos, las víctimas vuelven a ser humilladas. Son consecuencias del conflicto, no de unas mentes fanáticas, poco escrupulosas con la dignidad humana, que decidieron convertir a personas en chivos expiatorios de su manipulación política. El Instituto de la Memoria “de lo ocurrido” (pues no hay otra manera de denominarlo) se va a erigir en Gernika, villa mártir convertida en símbolo de la opresión que inmemorialmente sufren los vascos por España. Y el Memorial será en memoria del “Conflicto”. No hay riesgo, pues, que se olvide el pasado. Éste, reivindicado, estará dirigiendo el presente.

TEO URIARTE, FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD 18/06/13