El error de Urkullu

EL CORREO 05/05/14
JOSU DE MIGUEL BÁRCENA, ABOGADO Y PROFESOR DE DERECHO CONSTITUCIONAL

· ¿De verdad cree el lehendakari compatible la ideología nacionalista con el federalismo simétrico e igualitario de Estados Unidos o Suiza?

Hace aproximadamente dos años, comenzó en Cataluña una campaña impulsada por CiU y la Generalitat, con el objetivo de llevar a cabo una gran manifestación el 11 de septiembre, fecha en la que se celebra la Diada. Hasta ese momento, las expresiones independentistas durante ese día habían sido testimoniales. Con la demostración de fuerza se pretendía que la reunión de Mas a celebrar apenas unos días después con Rajoy se convirtiera en un paseo triunfal para el president, que volvería a Cataluña con el ansiado trofeo: un concierto económico a la vasca.

Como todos sabemos, esta estrategia tan irresponsable se le terminó yendo de las manos, porque el creciente independentismo encarnado en ERC aprovechó la posición de fuerza que ocupa en el sistema comunicativo catalán y en el medio asociativo para transformar el 11 de septiembre de 2012 en el primer acto de la futura secesión de Cataluña. Mas no sólo no rectificó, sino que se puso a cabalgar el tigre del independentismo, un fenómeno que ya está fuera de todo control y amenaza con liquidar a CiU electoralmente y acabar por desestabilizar España y la Unión Europea. Como acabamos de ver esta semana con la agresión a Navarro, es cuestión de tiempo que las políticas de división social y enfrentamiento ideológico provocadas por la pretensión de ejercer el derecho de autodeterminación terminen en un conflicto cuya intensidad, lamentablemente, no podemos prever.

Era previsible que la situación catalana tuviera su reflejo en Euskadi. El debate tiene su marco mental en la ponencia que ha i mpulsado Urkullu en el Parlamento vasco sobre el autogobierno. Y decimos marco mental, porque la ponencia no será un examen técnico, riguroso y sustancial sobre los desarrollos del Estado autonómico, la conveniencia de la reforma del Estatuto, la indagación profusa del contexto nacional y global que condiciona el ejercicio de las competencias o la necesidad de transformar la forma de poder para mejorar su democratización, sino un teatro donde se debatirá sobre el derecho a decidir. En Euskadi, desde hace décadas, el orden del discurso lo impone la izquierda abertzale, a la que no le hace falta dirigir la ETB para que la programación informativa y de opinión de la cadena dé cuenta de la necesidad de que todos apoyemos (lo de discutir o reflexionar es otra cosa) la vía seguida en Escocia y Cataluña.

Todo podría reconducirse si el lehendakari dejase claro qué es lo que pretende con la ponencia sobre el autogobierno. Si fuera una reforma del Estatuto como la que un gran número de comunidades autónomas han llevado a cabo durante toda la década pasada, todos sabríamos a qué atenernos. Pero la ceremonia de la confusión empieza a ser patente. Primero se habló de nuevo estatus político. Claro que esta aproximación tenía el problema de poner en primera plana a Ibarretxe, su Estatuto portorriqueño y los sucesivos planes que llevaron al PNV a la oposición. Hace un par de semanas, este periódico desveló que Urkullu era favorable a una solución federal como la de Estados Unidos o Suiza. ¿De verdad cree el lehendakari compatible la ideología nacionalista con el federalismo simétrico e igualitario de los países citados? Los datos empíricos demuestran por el contrario que la actual Euskadi, con su concierto económico y el régimen de derechos históricos reconocido en la Constitución, no podría existir en ningún sistema federal comparado, ni siquiera en el tan citado Canadá. Y es que Lincoln es una cosa muy distinta a Herrero de Miñón.

Mientras el desconcierto crece, ya se han aprovechado los habituales canales mediáticos y políticos, de los que también es protagonista el PNV, para difundir el mantra que acabará con el paro, la pobreza, el envejecimiento de la población o las próximas carencias energéticas de la sociedad vasca: el derecho a decidir. Nada de derecho de autodeterminación, ese es un vocablo desagradable que nos lleva a Crimea, las provincias del este de Ucrania y Rusia. Pronto empezaremos con la retahíla catalana: «votar es la cosa más normal del mundo», «para luchar contra los efectos de la globalización necesitamos más soberanía» o «si no nos entienden tendremos que marcharnos», como no se cansa de repetir en su revival académico el exlehendakari Ibarretxe. Por supuesto, los contraargumentos de la oposición son convenientemente silenciados o directamente manipulados, como ha sido el caso de la atención mediática que se ha prestado a las palabras de Gemma Zabaleta (PSE) apoyando las tesis nacionalistas sobre la secesión.

Los que creíamos que los debates territoriales en España iban a disminuir en el contexto de la decadencia económica estábamos harto equivocados. Los dos últimos años de gobierno en Cataluña han puesto de manifiesto que los que tienen que ejercer responsabilidades políticas han dimitido de las mismas porque no quieren mancharse las manos con los planes de austeridad y las decisiones desagradables, han llegado a la conclusión de que es mejor que el trabajo sucio lo haga Rajoy o la famosa troika comunitaria. A unos se le acusará de centralistas y a los otros se les recibe a pedradas, como recientemente ocurrió en Bilbao. El lehendakari todavía está a tiempo de rectificar y coger el toro por los cuernos, esperemos que lo haga.