El error del presidente Wilson

JOSEBA ARREGI, EL CORREO – 29/07/14

Joseba Arregi
Joseba Arregi

· Es errónea la creencia de que la pureza etnocultural o lingüística es la única base legítima de la estatalidad.

Después de la tremenda experiencia de la Primera Guerra Mundial, cuyo comienzo hace exactamente un siglo recordamos a lo largo de este año, se incluyeron en los tratados de paz de Versailles del año 1919 los principios establecidos por el presidente estadounidense Wilson, entre los cuales estaba el principio de las nacionalidades. La tremenda experiencia planteó a los políticos de los países victoriosos la necesidad de tomar medidas para impedir una nueva guerra parecida.

Esta voluntad de establecer medidas capaces de impedir desde la raíz que una nueva gran guerra pudiera surgir nacía del optimismo del presidente Wilson, que le hacía creer que una de las razones principales de la tragedia bélica se hallaba en que el imperio austrohúngaro era una cárcel para las nacionalidades que se encontraban dentro de ella, y que por ello la solución a largo plazo para consolidar la paz pasaba por facilitar el acceso de esas nacionalidades encarceladas en el imperio austrohúngaro a la estatalidad propia, según el principio de que a cada nación le corresponde un Estado.

El optimismo y la voluntad de impedir por todos los medios una nueva guerra son comprensibles en la situación de 1919. Lo que ya no es tan comprensible es el error del presidente Wilson de creer que en el interior del imperio austrohúngaro existían naciones o nacionalidades perfectamente definidas con territorios homogéneos en los que se asentaban. Ésta era una condición necesaria para que su principio de las nacionalidades pudiera funcionar. Esta creencia era radicalmente errónea, se basaba en un desconocimiento profundo de la realidad del imperio austrohúngaro, de las características de las sociedades asentadas en el centro y el este de Europa, y se basaba, lo que aún es peor, en el mito de que la pureza etnocultural o etnolingüística es la única base legítima de la estatalidad.

Estudios demográficos señalan que tres ciudades centroeuropeas, Viena-Praga-Budapest, eran en 1918 ciudades multiculturales, multilingües, multiétnicas. Las tres además de una forma paralela: con un tercio de la población de habla alemana, un tercio de habla magyar y un tercio de habla eslava. En esos mismos estudios se indica que a partir de 1918 las tres ciudades se ‘limpian’, y pasan a ser homogéneas, Viena como ciudad alemana, Praga como ciudad eslava (checa) y Budapest como ciudad magyar. Para alcanzar esta homogeneidad, que era un desmentido radical a la historia de las tres ciudades, fue necesario proceder a la limpieza étnica.

En Bohemia y Moravia había regiones en las que la mayoría de la población era de lengua alemana. En el reino de Hungría –que incluía Eslovaquia, Croacia y partes de Rumania– había regiones en las que la mayoría hablaba eslovaco, o rumano o serbocroata. Silesia pertenecía en parte a Polonia y después de 1919 la mayoría de los habitantes de la Baja Silesia votaron en referéndum continuar unidos a Austria. Pero fueron adjudicados, en contra de su voluntad a Checoeslovaquia. La Bukowina –repartido hoy en día entre Polonia, Rumanía y Ucrania– también votó en referéndum a favor de su independencia. Fueron repartidos entre los ganadores de la Primera Guerra Mundial.

El historiador Tony Judt expresa con gran claridad lo que sucedió a causa de la aplicación del principio de las nacionalidades de Wilson: los habitantes fueron dejados allí donde tradicionalmente habitaban, mientras que las fronteras fueron movidas de aquí para allá, agrandando estados nacionales existentes, como Rumanía, creando nuevos y multinacionales estados como Checoslovaquia, consolidando y ampliando Polonia, reduciendo a su mínima expresión Austria, aunque también Hungría.

Con este movimiento de fronteras Hungría se encontró con que millones de húngaros se hallaban en estados nacionales distintos a Hungría, Checoslovaquia se vio nacer como Estado nacional, pero profundamente multinacional, Polonia se hallaba con minorías nacionales importantes, y los alemanes de Austria se percibían a sí mismos como nacionales sin patria, puesto que, ya sin imperio, consideraban que su patria era Alemania. Por esta razón, añade Judt, tras la Segunda Guerra Mundial se tuvo que hacer la operación inversa: mover a las gentes de un sitio para otro, dejando las fronteras donde habían sido erigidas en 1919, con la excepción de Polonia. No hace falta decir que este movimiento de gentes tras la Segunda Guerra Mundial supuso millones de muertos.

Como ya se ha indicado, lo peor del error del presidente Wilson era creer, por un lado, que en el imperio austrohúngaro existían espacios territoriales homogéneos lingüística, cultural y nacionalmente, y creer también, por otro lado, que esa homogeneidad era la única condición requerida para constituir estados nacionales. Ni había los supuestos espacios homogéneos, ni puede algún tipo de homogeneidad –religiosa, lingüística, étnica, cultural, de sentimiento– ser la condición exclusiva, ni siquiera la principal, para una unión política. La condición fundamental para la unión política es la de que todos los habitantes de un territorio sean iguales ante la ley, y que lo que les une sea el principio de ciudadanía, gozar de los derechos y libertades ciudadanas sin que para ello sea precisa ninguna confesión, ni de religión, ni de lengua, ni de identidad, ni de cultura, ni de sentimiento.

No es probablemente ninguna casualidad que en todos, o casi todos, los nuevos estados nacionales surgidos en sustitución de la ‘abominable’ cárcel de naciones que era el imperio austrohúngaro se abriera paso con fuerza el fascismo y se hiciera con el poder. Ni es casualidad que Hitler se aprovechara del principio de Wilson para reclamar la vuelta a casa de los sudetes alemanes en territorio checo. Pero es claro que el fracaso del principio de las nacionalidades de Wilson también tuvo que ver con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Dicen que el hombre es el único animal que cae dos veces en la misma piedra…

JOSEBA ARREGI, EL CORREO – 29/07/14