Pedro Chacón-El Correo

Vaya por delante algo que para muchos de mis lectores constituirá, probablemente, una sorpresa. Quizás incluso piensen que me lo estoy inventando. Pero a los hechos me remito: la mayoría de mis clases en la Universidad, y hay cursos en que todas, y desde hace bastantes años ya, las doy en euskera. Y me gusta. Y mis alumnos creo que lo notan y a veces incluso hasta me lo reconocen. Es más, pienso que si no fuera por el euskera, a estas alturas mis alicientes serían menores para dar clase. Por el desafío que me supone expresarme en euskera al mismo nivel que lo hago en mi castellano nativo. Esto tengo asumido que nunca lo conseguiré, pero cada nuevo curso lo vuelvo a intentar de la mejor manera y con la mayor ilusión que puedo. Y estoy en que mis colegas lo hacen igual, con esfuerzo y dedicación, salvo algunos que hablan muy bien en euskera, porque lo traen de serie y según de qué zonas del país.

La gente que conoce el euskera sabe –otra cosa es que lo admitan– lo que es este idioma a la hora de expresarse en él partiendo del castellano. Cuesta mucho. Por la estructura de la frase sobre todo. Algunos puristas nacionalistas se empeñaron incluso en aislarlo más todavía y en hacer sus estructuras rígidas, cuanto más rígidas mejor. Pensaban que así lo salvaguardaban del contagio.

La ideología nacionalista ha hecho mucho por el euskera, qué duda cabe, en cuanto a la generalización de su conocimiento. Pero estamos en un punto en el que, como sigamos forzando la máquina (eso del «salto cualitativo» que dicen algunos ahora), la gente, empezando por los más jóvenes, a lo mejor le empieza a dar la espalda definitivamente. Lo digo en serio. El entusiasmo está muy bien para sostener el interés por la lengua, pero si lo llevamos más allá podríamos caer en el hastío y en el rechazo. Y hay síntomas de que algo de eso empieza a haber.

Las estadísticas de uso del euskera lo que no muestran es el amor al idioma de sus hablantes. Y un idioma que se sostiene desde la enseñanza oficial y la Administración lo que necesita es mucho amor. Así que luego, cuando la gente se tiene que jugar los cuartos, no apuesta por hacerlo en este idioma: ¿cuántos juicios por temas serios (económicos, laborales, penales) hay en euskera? ¿Cuántas leyes se elaboran y discuten en euskera desde el principio hasta el final? Por no hablar de la literatura, claro: ¿cuántos libros publicados en euskera surgen de vivencias y pensamientos elaborados en origen en esta lengua?

El principal impulsor del euskera es, al mismo tiempo, su principal problema: la ideologización que lo convierte en algo militante, obligatorio, feo. Es que es una lengua minorizada, dicen. No, perdón: eso lo decía Txillardegi. Otros pensamos que, por muchas vueltas que le demos a esa historia, siempre empezaremos y acabaremos en el mismo lugar: la decisión libérrima de sus hablantes.