Gorka Maneiro-Vozpópuli
- Esta vez he visto un sentimiento a favor de España mucho más amplio, plural y diverso
España ha vuelto a quedar campeona del Mundo, por segunda vez en su historia, por méritos propios y a pesar de las patadas y el juego bronco de la Argentina de Leo Messi, e incluso del árbitro, que a punto estuvo de ser decisivo con sus errores; como en tantos aspectos de la vida, cada cual emplea los recursos de los que dispone: unos, el físico, la garra, el enfrentamiento al límite del reglamento o la bronca; otros el talento, la técnica individual, los argumentos (futbolísticos) y el juego colectivo. Hasta aquí todo normal en el mundo del deporte: uno gana y el otro pierde, aunque haya quien no sepa ni una cosa ni la otra; unos celebran el éxito y otros se lamen las heridas. Unos celebran sus éxitos y otros, ay, se mueren de envidia. Normalmente, terminado el partido o al cabo de unos días, las aguas vuelven a su cauce, y las personas, siempre con excepciones, terminan comportándose como personas normales: celebran su triunfo o lamentan la derrota a la vez que reconocen el esfuerzo del adversario; saben, o deberían saberlo, que no hay contienda sin adversario ni éxito posible sin oponente.
Ni necesidad ni demanda
En política, en demasiadas ocasiones, debemos soportar las anormalidades de algunos, envilecidos en sus obsesiones y dispuestos siempre a llevar la contraria al sentido común y a las buenas prácticas ciudadanas y convivenciales: no aspiran a desplegar el mejor juego posible sino a mantenerse en sus puestos, para lo que, a veces, todo les vale. El alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, del PNV, se negó a colocar una pantalla gigante para que sus vecinos pudieran animar a la selección española… a pesar de que jueguen en ella vecinos suyos. El odio a España lo condiciona todo. Según el regidor bilbaíno, que nunca fue un lince de la política y al que le basta con ser nacionalista y del PNV para mantenerse en su poltrona, no había «necesidad ni demanda» para colocar la pantalla y en sus doce años de mandato no ha puesto ninguna. Menudo argumento, cuando llevábamos dieciséis años sin ser campeones del mundo.
Al parecer, negarse a atender los deseos de una gran parte de los bilbaínos es algo de lo que vanagloriarse, mientras que gobernar sólo para los de su parroquia, la nacionalista, es modelo de gobierno y de convivencia; es la síntesis de lo que ocurre en Euskadi pero también en otras partes de España: los gobernantes no gobiernan para todos los gobernados sino para satisfacer sus propias necesidades, atender a sus propios votantes y, de paso, no molestar a los más sectarios y violentos de su posible electorado, por si algún día les votan. En Bilbao pudimos verlo: los más intolerantes, en lugar de quedarse en su casa o dedicarse a otra cosa, trataron de atacar a los que sólo pretendían disfrutar de la victoria de España, justo aquello que no respetan ni soportan.
En San Sebastián nunca vi tanta gente con camisetas y banderas españolas, presta a animar a la Roja, especialmente gente joven, a pesar de los intolerantes, los envidiosos, los amargados y los violentos, que casi siempre vienen del mismo lado. Ya hace 16 años, cuando logramos la primera estrella, se produjo una explosión de efusividad y sentimiento nacional que puso nerviosos a los que sólo respetan su propia bandera y atacan a la ajena, a pesar de que esta es la de todos y aglutina a un mayor número de ciudadanos y no se enarbola contra nadie sino para aglutinar a la mayoría. Esta vez he visto un sentimiento a favor de España mucho más amplio, plural y diverso y, además, naturalizado, en el sentido de que la gente lo hacía porque ya es normal que se haga, sin tener que mirar de reojo ni dar explicaciones. De hecho, algunos, los más jóvenes e ingenuos, ni saben que antes no podía hacerse lo que ellos hacen de manera natural y despreocupada, que es la mejor forma de hacer las cosas. Al fin y al cabo, ¿cómo no vas a querer que la selección de tu país quede campeona del mundo? Lo raro es negarlo o disimularlo, no vayan a llamarte fachas los más fachas de la clase. Desde luego no hay libertad completa, como hemos comprobado nuevamente, pero la gente tiene menos ganas de dar explicaciones e incluso ni percibe que deba darlas, lo que nos acerca a la normalidad definitiva, aunque no la hayamos alcanzado del todo.
Que nos dejen en paz
Estos días, un jovencísimo familiar cercano que acaba de cumplir los veinte nos reconocía que cuando se ponía la camiseta de España, hace tres o cuatro años, se sentía violentado. Ya no se atreve. Cada vez que lo hacía corría serio peligro su integridad física. Y cuando menos se lo esperaba se le acercaba algún imbécil a insultarlo o a decirle cualquier cosa contra España y a favor, cómo no, de Euskal Herria, como si uno no pudiera defender a su país o a su equipo de fútbol al margen de las obsesiones particulares de quienes piensan que sus sentimientos son obligatorios para el resto. No hay cosa que más me repugne: que a la gente se la obligue a hacer lo que no quiere bajo amenaza violenta o que no se le permita expresar sus sentimientos pacíficamente sólo porque no son los sentimientos que el intolerante de turno tiene. Cada cual que lleve la bandera que considere, con más sentido si la que lleva es la camiseta del país donde reside y que es el suyo propio, por nacimiento, adopción o sentimiento. A nadie se le exige desear el triunfo de España ni alegrarse cuando se ha producido ni participar en los festejos. No es, desde luego, obligatorio. Pero lo que sí cabe exigir a los intolerantes es que nos dejen en paz al resto y se metan sus dedos amenazantes donde les quepan.